GRATITUDES


En el Corán, Surat VIII 57-60, se lee… “Las peores bestias, ante Dios, son los ingratos, pues ellos no creen; (…) Dios no ama a los traidores”. Ya el Dante se lamentaba de la ingratitud en el exilio. En su Epístola XII, dirigida a su amigo Feruccio de Manetti Donati, el autor de la Comedia se lamenta de las indignas condiciones que las autoridades florentinas exigían a los desterrados para regresar a Florencia. ¿Es ésta la graciosa revocación con que es llamado a su patria Dante Alighieri, que ha sufrido exilio durante casi tres lustros? ¿Esto ha merecido su inocencia a todos manifiesta? ¿Esto el trabajo continuo y el estudio? (…) ¡Lejos esté de un hombre que predica la justicia que, habiendo padecido injurias, pague de su dinero a quienes le injuriaron como si fuesen [ciudadanos] beneméritos! (…) No es éste padre mío, el camino de vuelta a la patria (…) Jamás entraré en Florencia.(…) seguro estoy de que no ha de faltarme el pan”.


La ingratitud golpea el corazón de todos; en algunos, aquellos de sensibilidad adusta, la herida se escara en poco tiempo; en otros, esas llagas permanecen imborrables a través de los años, como una ortiga amarga que de vez en cuando hinca nuestra memoria con su hiel ponzoñosa. No he sido ajeno a estos golpes, he recibido muchos y de gran calibre, pero, a pesar de ello, nunca he cerrado la mano a quien me la ha solicitado.


Quiero expresar mi gratitud a tres personas que han hecho posible la creación de este blog, libro de la modernidad que me permite llegar a un gran número de lectores que se resisten a vivir en las sombras de la ignorancia, esa asesina de mentes libres que durante mil años esterilizó el pensamiento del hombre medieval. “Nada hay más espantoso que una ignorancia activa”, sentencia Goethe.


Mi agradecimiento a Tatiana Vega Valencia, que tuvo la paciencia y la tenacidad, propia de su juventud, para batallar durante tres arduos años entre manuscritos, apuntes, fichas y estantes abarrotados de libros para poder consolidar en la computadora, parte del trabajo intelectual que me ha ocupado por más de cuarenta años; ella también es la responsable de un gran número de fotografías que conforman este blog.


A Sergio Villanueva Valdivia, inquieto, creativo y generoso como una mano extendida hacia el cielo, quien fue el gestor de este blog, fue él quien me impulsó (tan reacio yo) a entrar al mundo de la informática (así podrás llegar a un gran número de lectores) me dijo una tarde de esas en que la amistad se reviste de fraternidad y cariño inefable.


Por último, a Milagros Mora, quien hasta hoy, cual empecinado Sancho quijotesco, me acompaña en esta cruzada cultural con la que sueño día a día. Sus frecuentes desvelos y trasnochadas hacen posible que semana a semana se incrementen las páginas de este blog. Sus palabras de aliento, su amistad inmarcesible y, hasta sus frecuentes regañinas, levantan mi ánimo cuando me siento oprimido por este mundo de modernidad asfixiante, por este acontecer tan ajeno al de mi niñez tan llena de aventuras y ficciones que en mi mente introdujeron hombres como Salgari, Dumas, Verne o Dickens y otros tantos creadores de historias, verosímiles o inverosímiles, que hasta hoy perduran en mi vida.


Wolfsschanze, marzo 27 del 2011.


Guillermo Delgado.

lunes, 25 de octubre de 2010

LIBRO AGUA QUE NO HAS DE BEBER


Primera Edición
1995




Segunda Edición
1998

    


 A Luis Bacigalupo, el Bachi,
hermano queridísimo de toda una vida.



“Donde quiera que haya niños, existe una edad de oro”.
                             Novalis



PRÓLOGO

La sabiduría coloquial fluye decantada en esta hermosa selección de frescas historias que ilustran este primer refranero infantil escrito con magistral didactismo por el poeta Guillermo Delgado.

“Agua que no has de beber…” apertura para el quehacer pedagógico y la lectura infantil un fecundo camino para incorporar las vertientes de la sabiduría popular a los cánones de la literatura infantil.

Martha Isarra
San Miguel, 11 de enero de 1995.




A CABALLO REGALADO NO SE LE MIRAN LOS DIENTES

(Las cosas que nada nos cuentan pueden admitirse sin inconvenientes, aunque tengan algún defecto o falta, siempre y cuando no sea o esté relacionado con algo deshonesto).

El señor Julio Blotte recibió el día de su cumpleaños muchos regalos. Su color preferido es el azul, lo cual parece que su novia no sabía, pues, cuando el señor Blotte abrió el regalo que ésta le había traído, vio que era una hermosa camisa de seda de color rojo. Si bien no era éste su color preferido, el señor Blotte agradeció el regalo con sincera sonrisa. Cuando su hermano Renzo le comentó que había tenido muy mala suerte por el hecho de que no le habían regalado una camisa del color que al él le hubiera querido, el señor Blotte le dijo sonriente: “Querido hermano, debes saber que a caballo regalado no se le miran los dientes”. Y para celebrar el regalo, se puso a bailar con su novia.



NO DEJES PARA MAÑANA LO QUE PUEDES HACER HOY

(Con estas palabras se recomienda la actividad y se censura la holgazanería. Muchas veces dejamos para después lo que podemos hacer en el momento, cuando tenemos el tiempo para hacerlo, sin pensar que quizá después no lo tengamos).

Uno de los recuerdos más tristes de mi niñez, pero quizá el más importante, es aquél que está relacionado con la llegada del “Circo Morales” al pueblo de San Juan, donde yo vivía en compañía de mis abuelos. Recuerdo este hecho como si hubiera ocurrido recientemente, y esto debido a que me quedó una sola sabía enseñanza que nunca he olvidado.
Tendría yo unos nueve años. Era sábado y mi abuelo Ernesto desde muy temprano me andaba persiguiendo para que hiciera mis tareas de fin de semana, pues, de lo contrario, me decía mi abuelo, cuando el profesor me revisara el cuaderno se daría con la ingrata sorpresa de que no había cumplido con mis deberes. Lejos de hacer caso a mi abuelo me fui a jugar pelota con mis amigos, diciéndole que los haría el domingo por la tarde. Mientras me iba, mi abuelo alcanzó a decirme: “Recuerda siempre, Guillermito, no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy. Ahora tienes tiempo, nadie sabe si mañana lo tendrás”. La tentación de jugar a la pelota con mis amigos fue mayor que mi responsabilidad así que como se dice, lo que mi abuelo me dijo me entró por una oreja y me salió por la otra. El domingo por la tarde, mientras hacía mis deberes, un viejo automóvil con un potente altoparlante en el techo pasó cerca de mi casa anunciando la única presentación que daría el “Circo Morales” – un humilde circo abundante- en el pueblo de San Juan. ¡Se imaginan! La única presentación sería aquel domingo y yo no podía asistir, pues, debía cumplir con mis tareas escolares. Me puse muy triste y pensé que había sido un tonto. Acaso no podía haber jugado a la pelota otros tantos días. En cambio el circo sólo estaría ahí una sola vez. Comprendí que en la vida se aprende a través de la experiencia aunque ésta muchas veces viene con su dosis de amargura. Cuánta razón tenía mi abuelo Ernesto al decirme no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy. Siempre se lo agradeceré.



A OTRO PERRO CON ESE HUESO

(Se emplea para rechazar al que nos propone algo incómodo o deshonesto, o nos cuenta algo).

La señora Martha González Cava se encontraba realizando sus compras en el mercado, cuando se le acercó un hombrecito de ojos saltones y mirada inquieta, ofreciéndole unas pequeñas sortijas que el hombre decía que eran de oro puro. La señora Martha observó minuciosamente las pequeñas joyas y llegó a la conclusión de que estás eran de fantasía y que para hacerlas pasar por oro las habían bañado con este preciado metal. Lejos estaba de imaginar aquel hombrecito que el esposo de la señora Martha era joyero y que por lo tanto ella se había dado cuenta de que el hombre buscaba era engañarla: a otro perro con ese hueso, pensó la señora González mientras continuó haciendo sus compras.



A QUIEN MADRUGA, DIOS LO AYUDA

(Para tener éxito en la vida, hay que trabajar y ser activo).

El pequeño Miguel había cumplido siete años aquella mañana y aun así, se había levantado temprano como todos los días – junto con el gallo-, como le decía cariñosa y orgullosamente su tía Cefelina, dando a entender que cuando Miguel se levantaba aún el cielo no clareaba. Como de costumbre, Miguel colocó en la pequeña cesta de mimbre los panecillos de manteca que vendería en los alrededores del mercado de Comas. Sus padres lo vieron descender la cuesta del cerro rumbo al mercado. Sabían que regresaría al mediodía para almorzar, ponerse su uniforme y dirigirse a su colegio. Al ver que cierta nube de tristeza se reflejaba en el rostro de la madre, el papá de Miguel, dándole una palmadita en el hombro, la consoló diciéndole: “A quien madruga, Dios lo ayuda, mujer. Ya verás cómo nuestro Miguelito va a triunfar en la vida. La mujer sonrió y se abrazó a su marido.



A RÍO REVUELTO, GANANCIA DE PESCADORES

(Hay personas que del desorden de las cosas suelen sacar provecho).

El fuerte temblor que sacudió ayer la ciudad de Casma, provocó el pánico entre los pobladores de aquella ciudad norteña. El sismo se registró a la siete de la noche, hora en que muchos parroquianos se hallaban comiendo en los más importantes restaurantes de la ciudad. Como era de esperar, los comensales abandonaron los locales como almas que lleva el diablo buscando los lugares más seguros para salvaguardar sus vidas. Pasado el susto, los dueños de los negocios vieron con sorpresa que la mayoría de los clientes no retornaban sus mesas. ¿Qué había sucedido? “Muchos de los asustadizos” ya habían terminado de comer así que aprovecharon del inesperado movimiento sísmico para marcharse sin pagar. Entrevistado por la prensa el señor Roberto Céspedes, dueño del restaurante “Don tito”, uno de los más afectados comerciantes, manifestó: “qué le vamos hacer: Así es la vida. Algunos se aprovecharon de las circunstancias. A río revuelto, ganancia de pescadores. ¿Acaso usted no hubiera hecho lo mismo?”.



LA MONA AUNQUE SE VISTA DE SEDA, MONA SE QUEDA

(Ni las riquezas ni las mejoras personales que podamos tener, podrán ocultar las bajas pasiones o nuestros malos modales si los tenemos).

Chela siempre demostró ser una mujer poco aficionada al estudio, y esto se reflejaba siempre en su manera de actuar y expresarse, el tono vulgar y la falta de temas para comunicarse era algo que todos quienes la frecuentaban notaban de inmediato. Todos quienes la conocíamos nos alegramos cuando Chela se casó con un hombre adinerado, pues, creíamos que su pobreza había sido factor influyente para que ella fuera así. Pero nos equivocamos. La pobre Chela siguió siendo la misma persona carente de cultura y delicadeza que antes fue. No se equivocó aquel señor que en la boda de Chela le dijo a su mujer, al oído, muy despacito como para que nadie oyera: “Acuérdate, querida, aunque la mona se vista de seda, mona se queda



CRÍA CUERVOS Y TE SACARÁN LOS OJOS

(Muchas veces realizamos buenas acciones en provecho de alguien y éste después nos paga mal).

Doña Lucrecia había trabajado duramente en estos últimos años para darles una buena educación a sus tres hijos. Los tres muchachos, lejos de retribuir el sacrificio de la madre, traían malas calificaciones en la libreta de notas y a cada rato eran amonestados en la escuela por su mal comportamiento. Profesores y amigos de doña Lucrecia aconsejaban a ésta que pusiera mano dura con aquellos chicos, pues, aún estaban en edad de cambiar. Pero ella, lejos de corregir esas conductas, seguía consintiéndolos. Amante de la lectura, doña Lucrecia poseía una hermosa biblioteca la cual era, según ella, el don más preciado que poseía luego de sus hijos. Nunca pensó doña Lucrecia que después de su muerte sus hijos venderían sus preciados libros, aquel tesoro que para ella carecía de valor material. Don Joaquín, el hermano de la difunta, le había dicho en reiteradas oportunidades: “Recuerda hermana, Cría cuervos y te sacarán los ojos”. Y Don Joaquín no se equivocó.



DONDE MANDA CAPITÁN, NO MANDA MARINERO

(Nos señala que, a pesar de la iniciativa propia que podamos tener, debemos obedecer a los que tienen más autoridad, siempre que esta autoridad esté respaldada por la razón y el criterio justo).

Durante casi todo el año habíamos estado preparando la "Fiesta de Promoción". Teníamos previsto hasta el más mínimo detalle: la ceremonia de fin de año, los regalos que íbamos a intercambiar, el conjunto musical que amenizaría la reunión y el número de parejas que participarían en este evento que prometía ser el acontecimiento del año para nosotros. Yo había ofrecido, con el consentimiento de mis padres, la casa de campo de la familia, por ser la más adecuada para dicho suceso. Llegado el día, los grandes jardines y salones de la casa se hallaban colmados de una juventud ansiosa de divertirse a más no poder. Todo marchaba sobre ruedas. Todo había sido planificado al milímetro. A pocos minutos de haber comenzado la fiesta, un grupo de compañeros llegó con una buena provisión de licores para, como según dijeron, "sazonar el ambiente". Aquella forma de "sazonar la fiesta" me alarmó, pues, la única objeción que mi padre me había impuesto para prestar los ambientes de la casa era "nada de licor ni cigarros, eso no hace más que malograr a la juventud, hijo mío". Como yo no bebo ni fumo no alegué nada en contra de aquella prohibición, pero había olvidado lo más importante: poner al tanto a los demás. Ante la presión de algunos amigos que habían puesto el grito en el cielo ante lo que consideraban una gran injusticia, tuve que poner en conocimiento de mi padre la petición. Él volvió a ser tajante y se mantuvo en sus cuatro. "Donde manda capitán, no manda marinero, muchachos", nos dijo. Al comienzo algunos no pudieron ocultar su disgusto, pero después comprendieron que el viejo tenía razón. Mi padre, sabio y ejemplar, nos permitió sólo una copa para el brindis final. Todos se marcharon al final de la fiesta repitiendo, como para no olvidarse nunca, que donde manda capitán, no manda marinero.



DEL ÁRBOL CAÍDO, TODOS HACEN LEÑA

(Todos procuran sacar utilidad de la desgracia de aquél a quien la suerte le ha sido contraria).

La bodega del chino José siempre fue dentro del vecindario el punto de reunión de nuestros padres. Allí se agrupaban a jugar a las cartas o a charlar sobre los viejos tiempos. Hombre trabajador, el chino José había hecho de su negocio uno de los más prósperos del vecindario. Una noche, un cortocircuito provocó un incendio que rápidamente arrasó con toda la mercadería y muebles dejando al chino José en la miseria. Lo más triste de esta tragedia vino después. Todos los acreedores que tenían letras por cobrar pretendieron hacerlas efectivas con la venta de la escasa mercadería que se logró salvar de las llamas. Lo más sensato hubiera sido esperar que el pobre chino José se recuperara de aquel infortunio. Mi padre tuvo razón en decir que muchas veces la gente actúa de la forma más inhumana que se pueda imaginar. “Del árbol caído, todos hacen leña”, sentenció.
Ese fue el fin de aquel oriental que siempre supo extender una mano a quien la necesitó, pero en aquel momento de desgracia, nadie atinó a extendérsela a él. Vanamente el chino José esperó la mano amiga que nunca llegó.



EN CASA DEL HERRERO, CUCHARÓN DE PALO

(Donde hay facilidad de hacer y conseguir alguna cosa, suele descubrirse la falta de ella. A veces pretendemos exigir a otros aquello que nosotros no somos capaces de hacer).

El gerente de la empresa tuvo una reunión con los empleados y entre otras cosas se mencionó el hecho de que muchos de ellos tenían por costumbre llegar tarde, lo cual se comprobó por las tarjetas de control que el Jefe de personal presentó al gerente a solicitud de éste. Grande fue la sorpresa del gerente al comprobar que entre los empleados que más tardanzas tenían durante el mes de marzo estaba el señor Carlos Rodríguez, es decir, el mismo Jefe de personal. “¿Cómo es esto, señor Rodríguez. En casa del herrero, cucharón de palo? Siendo usted quien debe dar el ejemplo, por el contrario es unos de los empleados cuyo récord de tardanzas es uno de los más alto”. Bastante avergonzado, el señor Rodríguez comprendió que el gerente tenía toda la razón al llamarle la atención delante de todos, y que realmente no se podía exigir al personal subalterno lo que el jefe encargado no cumplía. Han pasado varios meses y el señor Rodríguez no ha vuelto a llegar tarde. Los empleados han comprendido a su vez que es impropio llegar tarde al centro de trabajo. La llamada de atención del gerente, hecha con mucha inteligencia y en el momento preciso, dio buenos resultados.




CADA UNO EN SU CASA Y DIOS EN LA DE TODOS

(Refrán que recomienda no meterse en los asuntos ajenos, sino que cada uno se ocupe de los propios)

Se hallaban discutiendo acaloradamente dos hombres en una calle, donde por casualidad transitábamos por ella mi primo Lucano y yo. Siempre he considerado a mi primo una persona entrometida, de aquellos que gustan intervenir gratuitamente en asuntos que no son de su incumbencia, pero por más que he tratado de hacerle ver que el ser así puede acarrearle muchos problemas, siempre ha hecho caso omiso a mis sanos consejos. Más de una vez lo he visto salir mal parado por entrometerse en problemas ajenos, pero en fin, hay personas que no escarmientan. Bueno, aquel día mi primo no quiso dejar pasar la oportunidad de hacer gala de sus dotes pacificadoras y en un santiamén ya estaba ubicado entre los dos contendientes, pronunciando sus habituales palabras: "Calma, señores, calma, calma'. Ambos hombres lo miraron extrañados, como diciéndose "y a éste quién lo invitó". Uno de ellos, el más alto y fornido, cogió a mi primo por las solapas del saco y le dijo con una voz nada amigable y bravucona que anunciaba malos temporales al pacificador: "¿Sabes, tú, quiénes somos nosotros? ¿Nos conoces acaso? ¿Sabes de qué estamos discutiendo? ¿Alguien te ha llamado o te ha dado voz para que participes? Mira hermanito, cada uno en su casa y dios en la de todos”. Cuando ya nos alejábamos y a mi primo se le estaba amoratando el ojo derecho por el puñetazo recibido por su gratuita participación, vimos que aquellos hombres se iban discutiendo en forma amena, bien abrazados, como si nada hubiera acontecido.


EL HÁBITO NO HACE AL MONJE

(El exterior de una persona no siempre corresponde a su naturaleza interior. Muchas veces representamos ante otros lo que en realidad no somos).

El señor Alfredo Pérez era un empresario próspero en su comunidad, vistiendo siempre elegante y luciendo ropa muy cara. Acostumbraba frecuentar los lugares más distinguidos y su imagen, sonriente y vanidosa, salía cotidianamente en los periódicos de la localidad. Pasado el tiempo, la policía, tras un constante seguimiento, descubrió que las riquezas acumuladas por el “distinguido” empresario, provenían en su mayor parte del contrabando de licores y cigarrillos extranjeros, negocio ilícito penado por la ley. Con este hecho quedó demostrado que muchas personas aparentan lo que en realidad no son. Siempre será bueno tener presente que el hábito no hace al monje.



CUANDO MENOS SE PIENSA SALTA LA LIEBRE

(Las cosas suceden muchas veces inesperadamente cuando uno menos lo imagina. En algunos casos nos toma por sorpresa provocándonos un gran malestar).

Estábamos en el salón de clase, y la profesora Isabel Ochoa nos estaba hablando de lo importante que era estar siempre prevenidos, pues, muchas veces "cuando menos se piensa salta la liebre", nos dijo. Muchos de nosotros no entendimos qué es lo que nos había querido decir con eso. Cuando se disponía a explicarnos, sentimos que el piso comenzaba a moverse, primero despacio, suavemente, pero a los pocos segundos el movimiento se hizo más violento. Las lunas de las ventanas empezaron a sonar como si alguien las estuviera golpeando con los dedos: era un temblor o por lo menos eso pensamos durante los primeros treinta segundos. Pasado el pánico de aquel sismo que estuvo muy cerca de convertirse en terremoto, volvimos a nuestras aulas, pues, casi todas las secciones de primaria habían abandonado los salones. Todo había sido tan rápido que muchos de nosotros aún no salíamos de nuestro asombro. Minutos antes del sismo nadie de seguro había pensado en la posibilidad de que algo ocurriera. Ahora comprendíamos lo que la señorita Isabel Ochoa, nuestra profesora, nos había querido decir con aquello de que "cuando menos se piensa salta la liebre". Ahora entendíamos que muchas veces las cosas podían acontecer tomándonos desprevenidos, que los hechos en algunos casos -como en los sismos- surgen en forma imprevista, por lo cual es necesario siempre estar alerta o preparados para ese tipo de situaciones desagradables.



EL GATO MAULLADOR, NUNCA ES BUEN CAZADOR

(Dícese de las personas que hablan mucho y poco es lo que hacen).

Mi abuelo y yo habíamos asistido al mitin que habría en la Plaza de Armas, donde hablarían los cuatro candidatos a la alcaldía de la ciudad. Mi abuelo, gran conocedor de este tipo de eventos, me había pedido que lo acompañara para que viera cómo los hombres muchas veces prometían lo que no iban a cumplir, sobre todo aquellos que siempre estaban tras un puesto político. Los futuros alcaldes hablaron de instalar agua potable y luz eléctrica donde no hubiera, de mejorar los servicios de alumbrado público en toda la ciudad, la basura ya no sería un problema porque bla, bla, bla, bla, bla. Es decir, prometieron hasta más no poder. Yo observaba que mucha gente se mostraba incrédula ante tantos ofrecimientos y esto se reflejaba en sus rostros, donde la sonrisa asomaba a cada momento. La multitud algo enardecida comenzó a gritarles una retahíla de frases mordaces llenas de comicidad. Cuando empezaron a aflorar los tomates y las cáscaras de naranjas y otras frutas que impactaban en el escenario, los contendientes se unieron en aquel momento para poner los pies en polvorosa. Cuando ya nos íbamos, mi abuelo me dijo: "Así son todos, hijo, prometen, prometen y nunca cumplen. El gato maullador, nunca es buen cazador".



MÁS SABE EL DIABLO POR VIEJO QUE POR DIABLO

(La larga experiencia lograda por los años vale mucho).

Mi nombre es Silvana Meza, y era una de las tantas niñas que la mayoría de las veces desobedecían lo que sus mayores les ordenaban. Y digo que "era", porque ahora siempre hago caso de lo que me dicen mis padres y abuelos. ¿Qué me hizo cambiar? Escuchen con atención lo que les voy a contar. Desde que tenía cinco años mi gran ilusión era que mis padres me compraran una bicicleta. Mis progenitores son de condición económica modesta, de ahí que para poder comprarme la bicicleta tuvieron que ahorrar durante mucho tiempo. Cuando cumplí los ocho años no pude contener mi emoción al ver que me regalaban la tan ansiada bicicleta. Era de color rosada como una bella rosa, de aquéllas que vemos en los jardines de las casas. Desde ese día acostumbraba salir a pasear al parque en compañía de mi abuelo, pues, según me decía él, hay mucha gente mala que se aprovecha de los niños indefensos para robarles sus bicicletas o sus pelotas de fútbol cuando ven que no están acompañados de un adulto. Cierto día mi abuelo se sentía adolorido, pues, había tenido fiebre la noche anterior por lo que el paseo al parque se interrumpió aquel día. Yo estaba muy triste. Por la tarde llegó mi amiga Chirrín en su bicicleta y me dijo que nos escapáramos, total nadie se daría cuenta y tendríamos tiempo de regresar sin que lo notaran. Aprovechando que mi abuelo dormía, cogí mi bicicleta y me fui con mi amiga. Recordar lo que pasó, aún ahora, después de dos años, me llena de tristeza. Dos desconocidos se nos acercaron y, después de darnos un empujón, huyeron velozmente con nuestras preciadas bicicletas. Aquella noche mi abuelo no cesaba de repetir: "Yo le advertía Silvanita pero no me hizo caso. Más sabe el diablo por viejo que por diablo". Recién, después de aquella amarga e ingrata experiencia, he llegado a comprender que los adultos poseen una gran experiencia acumulada por los años que es conveniente escuchar y tener siempre presente.



MÁS VALE PÁJARO EN MANO QUE CIENTO VOLANDO

(Aconseja no dejar las cosas seguras, aunque sean pequeñas, por la esperanza de alcanzar otras mayores que son inseguras).

Siempre he considerado a mi amigo Renzo un muchacho afortunado. Por eso cuando salió elegido para participar en un concurso de televisión donde habrían muchos y valiosos premios, no me extrañó que de los miles de inscritos fuera él el llamado por la fortuna. Ya en pleno concurso, llegó el momento en que Renzo había acumulado gran parte de los premios: una bicicleta, un televisor de colores, una licuadora, una máquina de coser y hasta una hermosa lavadora. Todos quienes lo acompañábamos no cabíamos de felicidad y satisfacción. Llegado el momento más emocionante, el animador le propuso cambiarle todo lo que había ganado hasta el momento por dos cajas, una de las cuales tenía las llaves de un automóvil último modelo. Todos los asistentes nos comíamos las uñas de nervios, pues, nos imaginábamos estar en el lugar de mi larguirucho amigo. ¡Se imaginan!, un hermoso y elegante automóvil marca Volvo, y rojito todavía. Nunca pensé que Renzo podría mostrarse tan sereno ante una situación así. Pero, ¡oh, sorpresa! Renzo dijo que prefería quedarse con los premios que ya había obtenido y no participar en la posibilidad de obtener el carro. Todos nos sentimos decepcionados, pues, compartíamos nuestras preferencias entre las dos cajas. El animador lo siguió tentando pero él se mantuvo en su decisión, como si alguien desde arriba le diera fuerzas para mantenerse firme. Fue entonces cuando el animador le dijo que si esa era su determinación, los organizadores del concurso la respetaban, pero para darle emoción al programa le pidieron que escogiera una de las dos cajas para ver que hubiera sucedido en caso de que hubiese aceptado. Renzo tomó la primera caja donde no estaban las preciadas llaves. Si aceptaba el trueque hubiera perdido todo lo que había ganado. La razón que Renzo expuso a todos los asistentes nos satisfizo. "Más vale pájaro en mano que ciento volando", dijo sonrientemente. Recién pudimos comprender que en aquellas palabras dichas por aquel querido amigo, había todo un mundo de sabiduría práctica.



EL PERRO DEL HORTELANO, QUE NO COME NI DEJA COMER AL AMO

(Se dice de los que no aprovechan las cosas ni dejan que otros hagan uso de ellas).

Mi padre estaba muy contento después de recibir su diploma de carpintero. Estudió durante dos años en un instituto y obtuvo excelentes notas, así como el aprecio de sus compañeros y maestros. Somos una familia modesta, de ahí que con mucho esfuerzo, mi padre, fuera comprándose las herramientas necesarias para instalar un taller en una pequeña habitación de nuestra casa. Un martillo, una garlopa, un formón, un serrucho y una tenaza fueron las primeras herramientas con que mi padre comenzó a hacer sus primeros trabajos para la calle. Había maquinarias de carpintería que eran muy costosas por lo que mi padre, con mucho sacrificio, tuvo que empezar a ahorrar con la finalidad de poder adquirirlas algún día. Un día, visitando a un hermano de mi padre, nos dimos con la sorpresa de que en casa de éste había un hermoso taladro eléctrico. Los ojos de mi padre se iluminaron porque desde hacía varios meses estaba ahorrando para comprarse uno, pues lo necesitaba para hacer muebles más sofisticados. Como mi tío es un hombre de posición económica holgada, llegué a pensar, y sin duda mi padre también, que se lo obsequiaría y no aceptaría el dinero que mi padre pensaba darle en parte de pago. ¡Qué tan lejos estaba yo de la realidad! Mi tío dijo que aquel taladro se lo habían dado por una deuda que le tenían pero que no le interesaba venderlo y que mejor permaneciera allí, en ese rincón del olvido donde seguro terminaría sus días, como un artefacto inútil. Cuando regresábamos a casa aquella noche yo no podía ocultar mi enfado al ver el egoísmo de mi tío para con su propio hermano. Mi padre, al verme tan triste y compungido, me consoló diciéndome: "No te preocupes, hijo mío, ya verás cómo dentro de poco podré comprar un taladro tan bueno como ése. Lamentablemente tu tío siempre ha sido muy egoísta, es como el perro del hortelano, que no come ni deja comer al amo. No va a usar el taladro ni deja que quien lo necesite lo use". Aquella noche calurosa, como todas las del verano, mi padre me llevó a comer helados. Aquella deliciosa bola de chocolate me borró el sabor amargo de la boca.



QUIEN CON LOBOS ANDA, A AULLAR APRENDE

(Debemos cuidarnos de las personas malas, pues, éstas tienen fuerte influencia para pervertir, para volver malos a los que son buenos).

Mi madre siempre iba a la escuela para preguntar a mi profesora cómo marchaba mi rendimiento y mi conducta. ¡Sabia preocupación la de mi madre! Mi aprovechamiento, sobre todo en lenguaje, era muy bueno y así se lo hizo saber a mi madre la profesora. Pero mi conducta no era muy buena que digamos, pues, según el director del colegio, yo andaba con algunos niños mayores que no gozaban de buena reputación ni estima. Niños acostumbrados a mentir, a faltar a la escuela para quedarse merodeando por los parques, a pelear constantemente sin razón alguna y sobre todo, a hablar palabras vulgares y soeces con una naturalidad que espantaba. "Cuide a su hijo, señora Haydeé Lago, recuerde siempre que quien con lobos anda, a aullar aprende", le dijo el director a mi madre. La verdad es que no entendí aquello de lobos y aullidos, pero algo tendría que ver conmigo, pensé, puesto que mi madre me prohibió que andará con esos chicos que según ella tenían "malas mañas". El tiempo pasó, terminé mis estudios secundarios e ingresé a la universidad donde actualmente estudio medicina. Hace pocos días, mientras leía el diario, me quedé pasmado al ver una noticia en las páginas policiales. Habían atrapado a una banda de ladrones que se especializaba en robar automóviles por los alrededores del centro de Lima, y ésta estaba encabezada por aquel muchacho que dirigía a aquel grupo de niños de "malas mañas" que mi madre me prohibió frecuentar cuando estaba en el colegio. Sólo ahora, en que ya soy un hombre de bien, me vienen a la memoria las palabras del director del colegio cuando manifestó a mi madre que me cuidara de andar con aquellos que ahora tendrían que pagar sus culpas con la sociedad. No lo dijo con esas palabras, pero al mencionarle que quien con lobos anda, a aullar aprende, lo estaba diciendo todo.



TANTO VA EL CÁNTARO A LA FUENTE, QUE AL FIN SE ROMPE

(El que repetidas veces se expone a situaciones peligrosas, termina por sucumbir en ellas).

En el verano acostumbrábamos ir a la playa de Punta Negra, playa que por lo común es de aguas tranquilas y con algunas olas grandes que los corredores de tabla hawaiana aprovechan para hacer sus piruetas y volteretas buscando impresionar a las lindas muchachas que asisten a las playas para lucir sus encantos. Aquel verano mis padres y hermanos preparamos unos olorosos y suculentos emparedados y dos galoneras llenas hasta el tope de una deliciosa chicha morada con lo cual pensábamos calmar el feroz apetito que deviene siempre después de dos chapuzones en el agua salada. Aquel día mi primo Javier se había unido a la comitiva a disgusto de mi padre y a insistencia de mi madre. Gran nadador, Javier pecaba de pedantería introduciéndose en el mar más allá de lo que la prudencia nos permite, de ahí que mi padre mostrara su desacuerdo en que aquel "delfín humano" nos acompañara, pues, él no quería correr el riesgo de que aquel muchachito impertinente nos aguara la fiesta en la que nadie lo invitó. En fin, muchas veces las madres saben imponer su criterio y la mía no fue una excepción. Ya en la playa, Javier se afanó en lucir su bienhadada musculatura y su destreza para cortar y sumergirse entre las olas, que aquel día, para nuestra mala suerte, estaban muy elevadas. Ante la amenaza de aquel mar tan picado, mi pobre padre echó a perder su día de descanso empecinado en perseguir a Javier recomendándole que no se introdujera tan adentro, pero él, o no escuchaba o le importaba un bledo los sabios consejos del tío. Como al mediodía, cuando el astro rey parecía abrasar al mundo, escuchamos los gritos de una multitud congregada a la orilla del mar. ¡Un ahogado, un ahogado!, gritaban aterrorizados. Un sólo nombre nos asomó a los labios quitándonos los emparedados de la boca: ¡Javier!, gritamos al unísono. Felizmente todo no pasó de un terrible susto y, aunque la tarde agradable que pensábamos pasar se frustró, Javier fue rescatado de las garras del mar y de la muerte gracias a la oportuna intervención de un valiente salvavidas. "Tanto va el cántaro a la fuente, que al fin se rompe, muchacho", le dijo mi padre a Javier. No lo he vuelto a ver, pero algunos amigos me han contado que sigue haciendo de las suyas.


HOMBRE PREVENIDO, VALE POR DOS

(Nos indica que aquel que obra con prevención lleva ventaja en cualquier empeño).

Todos los domingos, cuando la familia se prepara para partir al campo, mi padre comienza a renegar porque mi hermano mayor siempre demora la partida de la misma. Ricardo, que así se llama mi hermano, no sale de la casa hasta no estar seguro de llevar con él todo aquello que considera primordial para un paseo de esa naturaleza. Mi padre y casi toda la familia consideramos que muchas veces exagera en cuanto a lo que lleva consigo, como si se tratara de una mudanza más que de un paseo al campo. Pero el último domingo Ricardo nos dio una lección a todos de la cual hasta ahora nos sentimos avergonzados. Habíamos pasado un día maravilloso recorriendo los viñedos y los naranjales de una tía de mi padre ubicados cerca de la ciudad de Huaral. Como el sol aún era apremiante, mi padre sugirió que fuéramos hasta Chancay para bañarnos en la playa. Así lo hicimos y todos disfrutamos del agua salada y de aquel sol que doró nuestros cuerpos. Cuando ya habíamos preparado todo para iniciar el camino de regreso a Lima, mi padre se percató de que la llave del auto no estaba en ninguno de sus bolsillos. Búsqueda desagradable e infructuosa. De seguro la había extraviado en la playa, pensamos todos, así que, rastreando en la arena como sabuesos, iniciamos la inevitable pesquisa. Ya oscurecía y nosotros persistíamos en encontrar la llave a como diera lugar. Fue entonces que mi hermano extrajo de su bolso un manojo de llaves viejas e inservibles y comenzó a introducirlas en la cerradura del automóvil de papá. Cada vez que probaba una, todos depositábamos nuestra esperanza en aquel muchacho que había tenido la ocurrencia de portar un pesado manojo de llaves consigo. ¡Oh, felicidad! La puerta se abrió y todos estallamos en una algarabía indescriptible. Mi padre abrazó a nuestro héroe quien orgulloso de su hazaña se limitó a decir que el hombre prevenido, vale por dos. Desde ese día todos nos demoramos en salir de casa, pensando en todas las cosas útiles que podemos llevar con nosotros para un día de campo. Muchas veces el sol de mediodía todavía nos sorprende en nuestra búsqueda de "cosas útiles".



ZAPATERO A TUS ZAPATOS
(Los entrometidos deben limitarse a sus asuntos o a sus ocupaciones y hablar sólo de lo que verdaderamente conocen o entienden)

Rafael era un gran artista y un hombre de talento, que no sólo rehuía a las críticas sino que las aceptaba con gran humildad y era en este hecho, donde radicaba la grandeza de su arte.
-      Un hombre debe corregir siempre sus errores, decía, y más aún si es un artista, pues, de ahí estriba la perfección que su arte pueda alcanzar.
Y quien mejor podía juzgar las imperfecciones de una creación era el pueblo, pensaba este gran pintor, de ahí que gustara exponer sus cuadros en la vía pública: en los parques, en las plazas, en los mercados e inclusive en las calles más transitadas.
Proveído de un papel y un lápiz, trataba de pasar inadvertido entre la gente que observaba sus cuadros, tomando nota de cuanto se comentara sobre sus pinturas.
-      La opinión más simple puede ocultar una verdad muy grande, decía con toda humildad.
Cierta vez entre los curioso, observó a un zapatero remendón que miraba con detenimiento un cuadro, donde una graciosa muchacha vestida con una túnica púrpura y coronada de laureles, tañía una lira. La bella jovencita lucía unas graciosas sandalias se cuero repujado.
-      El cuadro es muy bello, dijo el artesano, pero hay imperfección en estas sandalias.
Y quienes lo escuchaban, lo oyeron dar una sarta de argumentos que sustentaban su opinión. Todos quedaron admirados al ver que un simple hacedor de zapatos diera tan acertados juicios.
Rafael, lejos de molestarse por el hecho, tomo minuciosas notas de aquellas observaciones. Durante muchos días y noches hizo y rehízo el cuadro hasta alcanzar un fino acabado.
Al poco tiempo, el zapatero volvió a aparecer y al ver que el cuadro había sido rectificado, se mostró tan envalentonado por lo que consideró que había sido una demostración de su talento, que empezó a disparar críticas a otros detalles de otros cuadros sin ninguna razón ni sentido.
Quienes lo escuchaban, más ignorantes que aquel atrevido zapatero, se quedaban admirados de sus juicios, aun cuando no entendían ni jota de lo que decía.
Y como la tolerancia tiene un límite, Rafael, que escuchaba atento los descabellados juicios, enojado y despectivo, encaró al artífice y le dijo:
-      Mire usted, presuntuoso, lo de las sandalias se lo acepto, pude haberme equivocado y quien mejor que usted para hacerme ver mi error, pero de ahí a aceptarle las tonterías que dice, eso ya es otra cosa. Zapatero a sus zapatos, señor mío, así que hágame el favor de callarse la bocota.
El zapatero, caído de su endeble pedestal, se perdió entre la gente disimuladamente.

jueves, 7 de octubre de 2010

LIBRO EL ANGELITO DE LA GUARDA




ü  LA RAZÓN DEL ÁRBOL
ü  LA CAMA MÁS CÓMODA
ü  EL VIOLÍN DEL DIABLO
ü  BONITO E CHICOTITO
ü  PAAZUMA, DIOS DE LA LAGUNA
ü  EL ANGELITO DE LA GUARDA





LA RAZÓN DEL ÁRBOL



Viéndose amenazado por un elefante, un árbol gigantesco le increpó su actitud.

-No es justo que por alimentarte con algunas de mis hojas frescas, tengas que arrancar mis raíces valiéndote de tu fuerza descomunal.

-No encuentro en tus palabras razón alguna que me haga cambiar de opinión, así que seguiré en lo mío, dijo el elefante dispuesto a traerse abajo al árbol.

-Pues, yo te daré una muy convincente, dijo el amenazado.

Fue entonces que narró al paquidermo la siguiente historia.

En una isla muy lejana vivía hace muchísimos años un monarca que debido a su vida disipada, fue castigado por la ira de sus dioses quienes dispusieron que su reino fuera destruido. El monarca poseía una paloma a quien acostumbraba contarle sus alegrías y sus tristezas.

-Todo será destruido, querida amiga. Debo afrontar las consecuencias de mi desenfreno, ya es tarde para arrepentirse. Pero como no quiero que mi reino desaparezca para siempre, quiero que lleves contigo esta semilla y la dejes caer en terreno fértil. La paloma abandonó la isla y luego de recorrer miles de kilómetros, dejó caer la semilla en un lugar boscoso. La simiente rodó por una pendiente y fue a parar en la madriguera de una libre.

-Sabroso fruto, dijo el roedor, qué lástima que recién haya comido. Pero lo esconderé en lugar seguro y después lo mandaré a la panza.

Un mono que descansaba en la copa de una acacia vio a la liebre esconder su tesoro y no vaciló un instante en apoderarse de la semilla. De regreso a su lugar de descanso, el mono decidió echarse una siesta y colocó la simiente en el hueco del árbol. Una ardilla que merodeaba por allí encontró aquel manjar delicioso por lo que se apresuró a tomarlo.

El mono despertó y persiguió a la ardilla, quien para protegerse, buscó la parte más alta del árbol, aquella donde las ramas delgadas no podrían sostener el peso del mono.

Viéndose libre de su perseguidor, la ardilla se dispuso a engullirse la semilla; pero en ese instante una sombra plumífera cortó el aire y tomó a la ardilla con sus poderosas garras.

Un águila de cabeza blanca había visto a la ardilla mientras huía del mono. En su inútil lucha por zafarse de aquellos garfios que penetraban su frágil cuerpo, la ardilla dejó caer la semilla que fue a dar a este lugar dándome la vida.

El elefante quedó atónito ante aquel final inesperado y no esperó escuchar una palabra más. Toda aquella odisea para dar vida a aquel árbol justificaba su existencia.

Wolffschanze, Abril 15 del 2001.





LA CAMA MÁS CÓMODA


Un hombre enviudó muy joven y quedó solo al cuidado de su hijo al cual, ante la ausencia de la madre, prodigó de amor y de cuidados.

- A partir de hoy, hijo mío, dormirás en esta cama que es la más cómoda. Yo dormiré sobre esas tablas, dijo el padre al muchacho que recién salía de la pubertad.

Desde ese día el niño disfrutó de buenas mantas y de un placentero jergón en el cual pasaba echado casi todo el día. Pasaron los años, uno tras otro, hasta que el padre fue envejeciendo, pero siempre cumpliendo con el duro trabajo de herrero. El hijo, dedicado a la vida disipada y a la holganza, había entablado relación con una muchacha de la cual tuvo un hijo. Como la chica decía no amar al padre, lo dejó plantado y se marchó dejando al niño con su padre.

Así quedaron en la casa el padre, el hijo y el nieto. El niño fue creciendo y adquiriendo las mismas artes de holgazanería del padre, provocando la ira del abuelo.

- Todo el día estás echado en esa cama, dijo el anciano, vas a cumplir cuarenta años y nunca has trabajado, ese es un mal ejemplo para mi nieto.

El hijo ni se inmutó y seguía echado en su cómoda cama, pero como el anciano continuó reprochándole su actitud, le contestó:

- Pero para qué voy a trabajar, padre, si con lo que usted gana nos alcanza para vivir cómodamente: Usted, yo y su nieto.

El muchacho, que ya había cumplido los quince años, escuchaba atento la discusión sin intervenir. Al poco tiempo el anciano, minada su salud por el excesivo trabajo, falleció, dejando la herrería en manos del hijo.

- ¡Mal rayo me parta! Ahora tendré que pasarme todo el día dándole a la fragua y al yunque, dijo el padre del muchacho.

Cuando regresó a la casa después de los funerales del anciano, el hombre encontró a su hijo echado en la cama que durante más de cuarenta años le había servido a él de reposo.

- Desde mañana irás conmigo a la herrería. Cuatro brazos servirán mejor que dos, díjole al muchacho.

- Para qué, contestó el hijo, con lo que ganes nos alcanzará para vivir con holgura, mientras tanto podré disfrutar de la cama más cómoda y tú de tus tablas.

Agosto, 17 del 2001.






EL VIOLÍN DEL DIABLO

En una feria de pueblo, un gran número de personas se habían aglomerado alrededor de un vendedor de baratijas quien poseía un violín que, según él, había pertenecido al mismo diablo.


- ¿Y a cuánto vende el diablo ese violín?, preguntó en son de broma uno de los parroquianos.

El vendedor sin inmutarse por las bromas de que era víctima, siguió hablando sobre aquel instrumento.

- Yo lo heredé de mi padre y éste de mi abuelo quien a su vez lo recibió de mi bisabuelo y así ha sido siempre por generaciones que se pierden en la memoria.

- ¡Bah!, ese violín no tiene nada de mágico, es sólo un violín y nada más, gritó un hombre canoso quien parecía ser un experto en música.

El vendedor lo miró fijamente y luego dijo:

- Se equivoca usted amigo. En mi pueblo lo llamaban el Violín del Diablo porque cada vez que la luna aparecía tocaba solo. Cuando eso sucedía los habitantes de mi pueblo se llenaban de espanto y las mujeres se encerraban en la iglesia a rezar sus Padres Nuestros y Avemarías.

Luego de varios minutos en que el vendedor no cesaba de discursear sobre el instrumento en cuestión, un hombre de aspecto mesurado preguntó:

- ¿Cuánto quiere por ese violín, amigo?

- No está en venta, señor, dijo el vendedor.

- Le daré lo que usted pida y no se hable más, dijo el hombre en tono decidido.

Ya con el violín en la mano, el nuevo propietario dijo a todos los ahí reunidos.

- Hoy día hay luna llena y les aseguro que este violín no sonará a menos que alguien lo toque. Todos ustedes me conocen, yo no creo en ningún tipo de supersticiones y eso de que el violín toca solo no son más que supercherías de este farsante, así que vayan a sus casas y duerman tranquilos que yo sabré guardar este violín.

Aquella noche ninguno de los habitantes pudo pegar los ojos invadidos por el temor de que los acordes del Violín del Diablo rompiera el silencio sepulcral que se había apoderado de las calles del pueblo. El único que dormía plácidamente era el nuevo propietario del tan controvertido instrumento.

Unos pasos más allá, el violín descansaba encerrado en un armario bajo llave y sin ninguna de sus cuerdas puestas.

Wolffschanze, Marzo 29 del 2001.





BONITO E CHICOTITO

Las últimas remesas de esclavos llegaron al Perú provenientes de ultramar hacia 1816. La abolición de la esclavitud negra se produciría treinta y ocho años después, exactamente en diciembre de 1854. De ahí que los propietarios y hacendados tuvieron que resignarse a contar sólo con los esclavos que ya tenían y cuidarlos como oro.


Ya en 1821, el General José de San Martín había decretado que toda persona introducida subrepticiamente como esclavo en el Perú sería automáticamente libre.


También los chinos tuvieron que sufrir la ignominia que representó la esclavitud, pues, sabido es que no sólo eran obligados, al igual que los negros a trabajos forzados, sino que también debían sufrir los severos castigos que les infringían sus amos.

Aquellos negros cuando eran capturados, debían ir preparando la espalda para sentir la mano castigadora del amo. Para un esclavo que hubiese fugado por tres días, el castigo previsto era de cien azotes y un día en el cepo. En casos peores se preveía la castración e incluso la muerte. Pero, no todo fue crueldad, pues, algunos negros y chinos disfrutaron del aprecio de sus amos, guardando, eso sí, las distancias del caso.

Tal fue el caso del chino Kochoy y del negro Diómedes Domingo, esclavos ambos de don Nicanor Josefo Sánchez Calderón de Romero, joven rico y agraciado que había heredado una gran fortuna de un tío lejano que no teniendo heredero conocido, optó por endosar todas sus riquezas al afortunado Nicanor.

El muchacho, inmaduro y algo libertino, no tardó en despilfarrar una buena parte de aquello que había obtenido sin esfuerzo alguno. No había garito ni burdel en Lima en el cual Nicanor no hubiera puesto los pies. Su vida disipada era observada con discreción por Kochoy y Diómedes Domingo: encargado de preparar los mejores manjares para el amo, el primero, y servirle de cochero y paje, el segundo.

Pero de un momento a otro la vida de Nicanor Josefo dio un giro tremendo y de la noche a la mañana se convirtió en un santo. Dejó de beber y de timbrar y desapareció de las casas de placer llegándose a pensar que había muerto. Se había enamorado de una linda españolita que no hacía más de un año que había anclado en Lima, en busca, según decían las malas lenguas, de un buen partido con quien echar raíces.

Una noche en que el negro y el chino se echaban unas agüitas aprovechando la ausencia del amo, sintieron un terrible portazo y luego unos gritos que provenían de labios de Nicanor. Los ojos inyectados y los hilillos de baba que emanaban de su boca por las comisuras evidenciaban el estado furibundo en que se hallaba.

- Qué se habrá creído esa chapetona, venir a vapulearme por otro español igual que ella, vociferó Nicanor ya fuera de sí, mientras de un puntapié hacía volar la mesa donde Kochoy y Diómedes Domingo habían estado libando.

- ¡Ajá! Así que chupándose mi vino no, ahora van a ver mugrosos.

Ya con el rebenque en la mano, Nicanor la emprendió a latigazo limpio con los desesperados esclavos que sólo atinaban a dar vueltas como leones de circo. Después de unos minutos, agotado por la persecución y el azote, el decepcionado galán cayó rendido. El negro y el chino lo miraban aterrados mientras trataban de calmar las partes afectadas por el castigo. De repente, Nicanor se puso de pie y dijo con estentórea voz.

- Tráiganme una soga, carajo.

Al escuchar aquella orden el negro se puso pálido y al chino se le cerraron más los ojos, esa soga no podía tener otro fin que el pescuezo de aquellos que se habían atrevido a beberse el vino del amo. Ambos condenados se miraron sin saber si escapar de aquel lugar o resignarse a su mísera suerte. Otro grito tan fuerte como el primero pero en el que ahora se hacía mención a la madre de Diómedes obró el milagro de que el chino apareciera con la cuerda solicitada.

- Cuelga esa soga de la viga del techo, le ordenó Nicanor al chino.

Diómedes Domingo se pasó la mano por el cuello. No había nada que hacer. El colgamiento empezaría por él y de seguro seguiría con el pobre chino quien ya se mostraba lloroso. Para sorpresa de ambos, Nicanor comenzó a vociferar que la única forma de arrancarse a la española que lo había rechazado era...

- A golpes, carajo, a golpes me la van a arrancar. Así que átenme las manos de una vez y a meterme chicote.

Como ninguno de los dos esclavos estaba decidido a llevar a cabo aquella orden que consideraban de lo más absurda, Nicanor les dijo:

- O ustedes o yo, escojan.

Esas palabras resultaban convincentes a oídos de la mula más terca y más para ellos acostumbrados al calor de las cuerdas del rebenque. El chino, experto en atar caballos del amo al carruaje, hizo un nudo tal que ni el propio diablo podría desatar.

- Lamo ta loco, dijo el chino en su media lengua.

- ¡Uyuyuy, contestó el negro lamiéndose los belfos.

Firme y rígido como un palo y con los brazos en alto, Nicanor ordenó:

- Vamos, negro, toma el látigo y dame doce latigazos con toda tu alma.


- No, no, no, no, señó, dijo Diómedes Domingo.

- Mira, negrito, si no me haces caso te juro que te torceré el pescuezo con mis propias manos. Así que mejor obedeces de una vez, dijo rabiando Nicanor.


El negro miró al chino como buscando su aprobación. Este se encogió de hombros y Diómedes Domingo comenzó a latiguear. A cada azote el negro blanqueaba los ojos y miraba al techo. Uno, dos, tres...doce latigazos y el negro seguía dándole con la fuerza con que le daba al caballo.


- Ya, para negro, dijo Nicanor, es suficiente.


Pero Nicanor se había olvidado que el negro Diómedes Domingo no había pisado jamás una escuela y que por ende no sabía contar, de ahí que siguiera estirando el brazo con mucho entusiasmo.


- Basta negro, basta te he dicho, repitió Nicanor quien ya daba muestras de dolor.


Non, señó, bonito e chicotito, dijo el negro esbozando una pícara sonrisa, y la solfa continuó con mayor alegría de parte de los verdugos.


- Ya la mano dei nerito etá carientita. Rico chicotito, rico.

Y el látigo cortaba el aire y como cola de diablo impactaba en la espalda del pobre y dolorido Nicanor cuya camisa amenazaba rasgarse por acción del látigo. Los gritos, maldiciones y amenazas de parte del amo a los esclavos resonaban en la habitación donde ya pequeños coágulos de sangre manchaban las paredes.


- Rico chicotito, rico chicotito, gritaba Diómedes Domingo sumamente sudoso y extenuado.

- Chinito quiele chicote, musitó el chino Kochoy en la oreja del negro Diómedes Domingo.


Cuando el chino gritaba eufórico “Uno, do, tle” y azotaba sin piedad, ya Nicanor había perdido el conocimiento y todo su cuerpo, bañado en sangre, oscilaba de un lado a otro, siguiendo la dirección del golpe lanzado. Cuando descolgaron a Nicanor Josefo Sánchez Calderón de Romero, los vecinos se convencieron que hacía horas que había muerto como consecuencia de la azotaína recibida. Diómedes Domingo y Kochoy fueron ahorcados a las pocas horas sin juicio alguno.


Contaban algunos negros esclavos en los socavones que Diómedes Domingo hasta el último momento seguía pronunciando la famosa frase “bonito e chicotito”.




            PAAZUMA, DIOS DE LA LAGUNA

 
En los primeros tiempos de la creación el lecho donde yace el lago Titicaca fue un valle fértil donde las frutas colgaban de los árboles atrayendo no sólo a los hombres sino también a los pájaros, quienes con sus picos macizos y agudos se las ingeniaban para gozar de la miel deliciosa que brotaba en cada picotada. Desde ese paraíso terrígeno el viejo dios Paazuma dictaba los destinos del Universo. Pero llegó el día en que los hombres se olvidaron de las leyes que los regían y sus conductas cayeron en desgobierno provocando la furia de Paa zuma, quien veía en esas acciones una notoria rebeldía a su autoridad.


Una tenue lluvia fue aumentando progresivamente hasta desencadenar en un diluvio incontenible. Cuando el sol asomó, ya el hermoso y fructífero valle yacía sepultado bajo las aguas. A los pocos días veíase flotar unas pequeñas islas entre las aguas turbulentas que aún se resistían a permanecer encerradas entre las montañas que rodeaban el valle. Largos juncos se habían desprendido por efecto del agua que había podrido sus raíces. Por efecto del vaivén de las aguas, los tallos de estos juncos, flexibles y livianos, habían ido entretejiéndose hasta formar amplias bandas que dieron forma a la isla. Sobre aquel cúmulo de juncos sobrevivió una estatuilla en la cual se apreciaba la figura de un puma en toda su belleza.


La figura totémica del animal, protectora de los hombres que sucumbieron al desastre, hubo de convertirse en piedra para no morir. Los hombres venideros bautizaron al inmenso lago con el nombre de Titicaca Cocha, que en la lengua de los hombres de hoy significa el Gran lago del puma de piedra. Y los hombres que vinieron después de los hombres venideros cuando se internaban en el lago, veían una ciudad en las profundidades ayudados por la tenue luz lunar. Pero sólo cuando los hilos de oro del astro se sumergían en las límpidas aguas del lago, los audaces balseros podían ver la ciudad en su majestad fantasmagórica. El tañido de una campana era el preámbulo de un espectáculo que los curiosos no podían desdeñar. Era el momento en que con toda claridad se podía percibir las figuras de extraños seres transitando por las rugosas calles. Los más osados, aquellos que se atrevieron a sumergir sus cabezas en el interior del agua para ver mejor, sostuvieron titánicas luchas con los habitantes acuáticos que intentaban sumergirlos en aquel reino de muertos.


Algunos no tuvieron suerte ni fuerzas para contrarrestar aquel poder misterioso y se perdieron en la inmensidad del fondo lacustre. En vano trataron de rescatar sus cuerpos, pues, la visión de la ciudadela duraba muy poco y en breve tiempo el agua se cristalizaba entre el paso del sol y la llegada de la luna. Un rugido nocturno anunciaba el duelo de los afligidos deudos.

Wolffschanze, Octubre 2 del 2000.





EL ANGELITO DE LA GUARDA
Cuando Maguito se fue a dormir, ya Gabrielito, su Angelito de la Guarda, lo estaba esperando. Maguito no podía verlo, por eso cuando su madre le pidió que dijera sus oraciones él no miraba a los pies de la cama donde se hallaba el angelito sino hacia arriba, donde el blanco techo semejaba, en su fantasía, el cielo matutino.

- ¿Cómo dices que se llama mi angelito, mamá?, preguntó el niño ya algo somnoliento.

- Gabrielito, contestó la madre. Y tiene dos bellas alitas rosadas y su cabello es rubio y ensortijado.

El Angelito de la Guarda se quedó sorprendido, pues, sin explicarse cómo, la madre lo había descrito como en realidad era.

El niño comenzó de nuevo. Ahora su voz cantarina se unió al susurro de la madre que buscaba que el hijo se durmiera de una vez.

- Gabrielito, estrellita de mi suerte, cuida que cuando yo duerma, mi sueño sea tranquilo y nadie me despierte.


No bien el niño terminó sus oraciones, la madre lo besó y apagó la luz de la habitación al salir.

Maguito permaneció en silencio durante algunos minutos. Cuando el Angelito de la Guarda lo vio profundamente dormido, tomó uno de los cuentos que había en un librero cercano a la cama y se puso a leer. Apenas había leído tres páginas, cuando vio que su protegido se movía de un lado a otro.

- Vaya, parece que tenemos problemas, dijo el angelito dejando el libro y colocándose al lado de la cama del niño.

- Fuera de aquí, lárgate, no me dejas dormir.

El Angelito de la Guarda retrocedió unos pasos, sumamente contrariado; pero después se dio cuenta que el niño no se dirigía a él, sino a alguien con quien estaba soñando.

- Bueno, habrá que investigar, dijo el ángel.

Envuelto en una nube que bajó del cielo, el Angelito de la Guarda penetró en el desconocido mundo de los sueños.

- ¡Ajá!, dijo el ángel, ya en el sueño del niño, lo que imaginaba.

Maguito se hallaba discutiendo con un gato blanco. Ubicado en la parte alta de un tejado vecino, el minino no cesaba de emitir sus insoportables maullidos, provocando la desesperación del niño, cuyos ojos enrojecidos, reflejaban el sueño que lo embargaba.

- No te preocupes amigo, yo me encargaré de este gato, dijo Gabrielito.

El niño lo miró sorprendido.

- Oye, y tú quien eres. Y esas alas rosadas y esos cabellos rubios ensortijados...

- Ya, ya, después contestaré todas sus preguntas, pero primero habrá que deshacernos de ese gato antipático. Por ahora sólo te diré que soy tu Angelito de la Guarda. Me llamó Gabrielito.

Luego de darse un abrazo, ambos guerreros se prepararon para el combate. Muñecos de trapo, cubos de rompecabezas, restos de carritos, soldaditos de plomo y todo lo que estaba al alcance de Maguito y el ángel, fue a estrellarse contra la verja donde el inoportuno gato trataba de esquivar los proyectiles. A pesar de la improvisada artillería, el felino no desistió.

Fue entonces que, ante el asombro del niño, el angelito agitó sus alas y en un instante se plantó frente al gato quien huyó lo más rápido que pudo.

La fuerte impresión de ver a aquel pequeño alado que agitaba las alas como una gigantesca mariposa fue demasiado para sus ímpetus.


A pesar que la sorpresa del niño fue como la del gato, el sueño lo venció y no tardó en quedarse dormido.

Al otro día, muy temprano, la madre regresó al cuarto del niño y encontró todo un alboroto. Soldados de plomo retorcidos, cubos de rompecabezas, muñecos de trapo y un sinnúmero de juguetes se hallaban desperdigados por el suelo. Ligeras huellas en las paredes eran el mudo testimonio de una batalla descomunal donde dos de los participantes se habían desvanecido durante la noche y el otro descansaba plácidamente envuelto entre sábanas blancas.

La madre, sumida entre el espanto y el asombro, recogió uno a uno los juguetes; cuando terminó aquella ardua labor, no salía de su desconcierto.

Cuando Maguito despertó, preguntó a su madre por el paradero del angelito con el que había combatido al gato.

- Le lanzamos con todo, mamá, pero tú crees que se marchó, nada, fue sólo cuando Gabrielito voló hasta la reja en que el gato se marchó.

La madre se sentó al lado del niño y lo apretó contra su pecho.

- Claro, hijito, claro. Tu Angelito de la Guarda siempre cuidará de ti, dijo la madre mirando las ralladuras largas y paralelas que sobre la pared del cuarto subían desde la parte baja hasta el techo como si un gato hubiera trepado por ahí.

Wolffschanze, Diciembre 24 de 1999.