GRATITUDES


En el Corán, Surat VIII 57-60, se lee… “Las peores bestias, ante Dios, son los ingratos, pues ellos no creen; (…) Dios no ama a los traidores”. Ya el Dante se lamentaba de la ingratitud en el exilio. En su Epístola XII, dirigida a su amigo Feruccio de Manetti Donati, el autor de la Comedia se lamenta de las indignas condiciones que las autoridades florentinas exigían a los desterrados para regresar a Florencia. ¿Es ésta la graciosa revocación con que es llamado a su patria Dante Alighieri, que ha sufrido exilio durante casi tres lustros? ¿Esto ha merecido su inocencia a todos manifiesta? ¿Esto el trabajo continuo y el estudio? (…) ¡Lejos esté de un hombre que predica la justicia que, habiendo padecido injurias, pague de su dinero a quienes le injuriaron como si fuesen [ciudadanos] beneméritos! (…) No es éste padre mío, el camino de vuelta a la patria (…) Jamás entraré en Florencia.(…) seguro estoy de que no ha de faltarme el pan”.


La ingratitud golpea el corazón de todos; en algunos, aquellos de sensibilidad adusta, la herida se escara en poco tiempo; en otros, esas llagas permanecen imborrables a través de los años, como una ortiga amarga que de vez en cuando hinca nuestra memoria con su hiel ponzoñosa. No he sido ajeno a estos golpes, he recibido muchos y de gran calibre, pero, a pesar de ello, nunca he cerrado la mano a quien me la ha solicitado.


Quiero expresar mi gratitud a tres personas que han hecho posible la creación de este blog, libro de la modernidad que me permite llegar a un gran número de lectores que se resisten a vivir en las sombras de la ignorancia, esa asesina de mentes libres que durante mil años esterilizó el pensamiento del hombre medieval. “Nada hay más espantoso que una ignorancia activa”, sentencia Goethe.


Mi agradecimiento a Tatiana Vega Valencia, que tuvo la paciencia y la tenacidad, propia de su juventud, para batallar durante tres arduos años entre manuscritos, apuntes, fichas y estantes abarrotados de libros para poder consolidar en la computadora, parte del trabajo intelectual que me ha ocupado por más de cuarenta años; ella también es la responsable de un gran número de fotografías que conforman este blog.


A Sergio Villanueva Valdivia, inquieto, creativo y generoso como una mano extendida hacia el cielo, quien fue el gestor de este blog, fue él quien me impulsó (tan reacio yo) a entrar al mundo de la informática (así podrás llegar a un gran número de lectores) me dijo una tarde de esas en que la amistad se reviste de fraternidad y cariño inefable.


Por último, a Milagros Mora, quien hasta hoy, cual empecinado Sancho quijotesco, me acompaña en esta cruzada cultural con la que sueño día a día. Sus frecuentes desvelos y trasnochadas hacen posible que semana a semana se incrementen las páginas de este blog. Sus palabras de aliento, su amistad inmarcesible y, hasta sus frecuentes regañinas, levantan mi ánimo cuando me siento oprimido por este mundo de modernidad asfixiante, por este acontecer tan ajeno al de mi niñez tan llena de aventuras y ficciones que en mi mente introdujeron hombres como Salgari, Dumas, Verne o Dickens y otros tantos creadores de historias, verosímiles o inverosímiles, que hasta hoy perduran en mi vida.


Wolfsschanze, marzo 27 del 2011.


Guillermo Delgado.

jueves, 16 de septiembre de 2010

LIBRO LA FURIA DE LOS APUS







A OTRO GALLO CON ESE CANTO



A Nicomedes Santa Cruz,
quien siempre vislumbró
la poesía en el corazón
del pueblo.


Durante la colonia surgieron en el norte y sur de Lima numerosas haciendas, y con ellas vinieron un gran número de esclavos negros para trabajar en las plantaciones. Estos hombres y mujeres de raza oscura y de fortaleza envidiable para las labores del campo, serían reemplazados por chinos cuando sobrevino la abolición allá por 1854.

En la que fuera la hacienda “Arona” trabajaba un negro de nombre Francisco Holguín que, enamorado de una bella mulata llamada Joaquina, hacía gala de su noble apellido, el cual había heredado de su amo. La negra era casada con un negro leñatero, Indalecio Bardales. Dicen quienes conocieron al negro Francisco que él había jurado que de una u otra forma conquistaría el corazón de la desposada.

Y la verdad es que no tuvo que hacer mayor esfuerzo, pues la fama de la mujer del negro Indalecio de ser una fémina coqueta y de “las que fácilmente daba entrada a cualquiera que se fijara en sus redondeces”, era muy mentada entre los negros de las plantaciones.

- ¡Cocorocó...Có!, cacareó el negro Francisco, muy entusiasmado. Había practicado el canto del plumífero durante varios meses y al fin había alcanzado la perfección. Daban fe de ello los gallos vecinos quienes confundidos en el horario por el falso gallo mulato, comenzaban sus cantos a cualquier hora del alba.

Puesto de acuerdo con la negra Joaquina, Francisco Holguín comenzó a fingirse gallo en las madrugadas y, bien colocado en la cima de un frondoso sauce que se hallaba al pie de la ventana de su pretendida, cantaba a voz en cuello antes del amanecer:

- Levántate ya, haragán, no sientes acaso al gallito. Vamos, rápido. Toma tu machete y échate al campo.

Los cocorocó de Francisco Holguín se hacían más continuos, como surgidos de la impaciencia y la angustia de disfrutar de las duras curvas y la apretada mota de la amante. Indalecio se levantaba cada día lanzando maldiciones y anatemas al gallo madrugador.

- Qué extraño me parece, decía el negro. Todavía está oscuro y hay muchas estrellas. Pero en fin, gallo es gallo y al campo nos vamos. Adiós mi negra linda, decía el negro Indalecio mientras besaba la mejilla embetunada de la esposa.

Cuando el engañado marido pasaba frente a los socavones camino al campo, ya el gallo mulato se había descolgado del sauce y había ingresado al cuarto de su amante por la ventana que daba al árbol; cuando el pasaba frente al trapiche camino a la jornada, ya el negro Francisco se repantigaba entre las sábanas de su cama.

Así fueron transcurriendo días, semanas y meses, hasta que el diablo se aburrió de su maldad y decidió cambiarles la suerte a los amantes y al marido cornudo. El negro Francisco, arrastrado por la pasión incontrolable de aquel cuerpo divino, fue adelantando sus cantos y aumentando las ojeras en los ojos de Indalecio. El fingido reloj aumentaba el malhumor de Indalecio, quien un día se enteró que era víctima del engaño.

Así se enteró que la Joaquina se quedaba en casa con aquel gallo sin plumas, mientras él tumbaba espinos, rajaba leña, desgranaba maíz y curtía sus manos morenas con el machete y la guadaña durante largas horas allá por Saplán o por la Cruz de las Ánimas.

Dale que dale al machete por un jornal miserable y el maltrato y todo para qué. Para que esa negra infiel comprara pañolones de seda, enaguas de encaje, zapatos de cordobán, zarcillos de figurete y hasta finos lápices de labios para embadurnar esa jeta de la cual él no disfrutaba.

Tanto sacrificio semana a semana para juntar real tras real para comprar un terrenito, un “nidito de amor” como decía esa negra traidora. Pero ahora sentirían el azote de su venganza. Sí, claro que había ahorrado, pero lo que compraría sería un pedazo de tierra para enterrar a la negra y mandarla al infierno. Fue una mañana de sábado en que Joaquina comenzó con la cantaleta:

- Vamos, negro flojo, levántate ya si no quieres que te eche agua hervida en la bemba.

Indalecio escuchó impávido el cocorocó de Francisco, y las represalias de su mujer. Los interminables e impacientes ¡Cocorocó! Aumentaron su furia. Eran por lo menos las tres de la mañana. La audacia de Francisco Holguín había traspasado los límites de lo permisible. Indalecio lanzó la cobija que lo cubría y sacó el machete que estaba debajo de la cama y se echó fuera de la casa.

De dos trancazos se detuvo bajo el sauce, de aquel árbol que había servido a Francisco para robarse la gallina de corral ajeno.

- Oye, negro malagradecido, qué le vas a hacer al pobre gallito que tan bueno ha sido dándote las horas, gritaba la negra Joaquina al ver que su marido ceñía entre sus dedos la fina hoja de acero.

El negro Indalecio Bardales de un salto felino trepó al árbol y después de talar algunas ramas tuvo ante sí al causante de su desgracia, quien, semidesnudo y tembloroso, vio la figura de la muerte en el brillante metal que el negro Indalecio blandía muy decidido a acabar con la vida de aquel falso plumífero semicalato.

Machetazo a machetazo, el negro comenzó a descolgar hojas y ramas, limpiando el camino hacia su víctima. El grito desgarrador y agudo del traidor reemplazó aquella madrugada al dulce cocorocó de la negra Joaquina.

- Ahora vas a ver gallito despertador. Puntualito eres, toma para que veas lo que es bueno, gritaba el engañado marido mientras con fuerza incontenible lanzaba el machetazo sobre su víctima, como buscando en ese gesto furibundo arrancarse los cuernos con que la mujer había adornado su frente.

El negro Francisco cayó del árbol como higo maduro. En vano trató de huir de las garras de aquella pantera herida en su amor propio. Corte tras corte, como tajo venido del mejor cirujano, los dos amantes sucumbieron bajo el brazo vengador del ofendido.

Quienes llegaron al otro día muy temprano nunca pudieron describir con exactitud la truculenta escena que encontraron bajo el sauce, en cuyo tronco anchas hendiduras de machete eran mudos testigos de la macabra venganza. Dicen también, aunque esto nunca su pudo comprobar, que vieron al asesino tomar hacia el Monte de Nazareno. Lo cierto es que en una acequia cercana al monte fue encontrada el arma vengadora cuya hoja había sufrido las inclemencias del castigo infligido a los audaces amantes.

Lo último que se supo es que en los alrededores de la casa hacienda no quedó gallo vivo, pues, ningún marido, enterado de los entretelones del asesinato, quiso arriesgarse a sufrir los insomnios de otro gallo desinformado.

Wolfsschanze, 3 de octubre del 2001.





LA FURIA DE LOS APUS


En tiempos muy remotos, un ave que volara por la región del altiplano no hubiera visto porción de agua alguna, pues, en ese entonces el lago Titicaca no existía, y en lo que hoy es su lecho, florecía un hermoso valle donde hombres y animales vivían en comunión con la naturaleza. Eran los tiempos en que pumas y venados retozaban mansamente por los prados; la época en que el cóndor y la paloma volaban desplegando y batiendo sus alas al unísono y los osos y las vicuñas jugueteaban cerca de los pequeños arroyuelos que nacían de los ríos.


Eran los días de bonanza en que las plantas crecían sin necesidad de que alguien las cuidara; eran los atardeceres de prosperidad en que los frutos de los árboles eran tan cuantiosos que caían como rocío matutino. Era entonces cuando los hombres y los animales se saciaban hasta el hastío sin necesidad de remover el suelo para hallar el alimento.

En este verdoso paraíso no existía el odio, ni la mentira, ni la malicia, ni la ambición, ni el egoísmo, ni siquiera la muerte. Es este ambiente edénico se desarrolló la cotidianidad del hombre del altiplano, quien protegido por los Apus, dioses tutelares que habitaban en las cumbres más álgidas de las montañas, veía transcurrir su vida en apacible monotonía.

Nada les estaba prohibido, excepto trepar los cerros, pues, en la cúspide florecía en ardor eterno la sagrada flor del fuego, cuya visión sólo les estaba permitido a los Apus.

Nadie se atrevió a desobedecer aquel mandato divino. Después de todo ¿Qué más necesitaban en el mundo que no les fuera dado por sus dioses protectores? Pero como siempre la bondad ha tenido su contraparte en la maldad, llegó el día en que ésta se manifestó a través de Awqa, el espíritu malvado que había sido condenado a vivir entre las tinieblas y envidiando la concordia que reinaba en el reino de la luz.

Fue así que el Awqa se las ingenió para entrevistarse con los hombres, conquistarles el corazón y sembrarles allí la semilla de la ambición y la desconfianza.

- ¿Por qué la prohibición de subir a las cumbres?, susurró el Awqa en aquellos ingenuos oídos.

Los hombres se miraron interrogantes. Fue entonces que el Awqa consideró que las puertas de esas mentes se habían abierto para escuchar atentos todo aquello que se les dijera.

- Ármense de valor, no sean cobardes y trepen esos cerros que ahí encontraran lo que los hará tan poderosos como los Apus. Ellos son egoístas y no quieren que ustedes tengan poder sobre el universo.

Fue entonces cuando uno de los hombres interrogó a Awqa.

- Y si es cierto lo que dices, por qué tú no has escalado las montañas y te has apoderado de aquella sagrada flor que según tú nos hará iguales a los Apus.

El Awqa no dudó un instante en contestar.

- Lo intenté, pero como era yo sólo contra tantos Apus, me vencieron y luego me arrastraron a viva fuerza para lanzarme a la oscuridad del abismo en que vivo.

Convencidos, los hombres se agruparon y se lanzaron a la conquista de todo cerro que encontraron. Como pequeñas hormigas se les vio cubrir las faldas de los cerros con gran entusiasmo. A poca distancia de las cumbres fueron sorprendidos por los Apus quienes sin mediar palabra alguna decidieron exterminarlos por haber desobedecido sus órdenes.

Para consumar su venganza, los Apus liberaron los instintos naturales de las fieras, quienes libres de toda amarra, atacaron sin piedad alguna a los animales y hombres que encontraron a su paso, tiñendo de sangre lo que antes fue verde. A partir de ahí el puma fue agresivo, la serpiente engañosa y el zorro se volvió astuto para aprovecharse de los más indefensos.

Desesperados y horrorizados, los hombres fueron a pedir ayuda al causante de sus desgracias, el Awqa, quien no dudó en llevarse a todos los que lograron escapar de las fauces de las fieras. Hasta hoy, los que antes disfrutaron de las delicias de un paraíso, viven ahora en las profundidades donde reina la noche más oscura Ciegos son ahora; cuando asoman a la luz son lanzados por ésta a sus infiernos.

Sólo una pareja humana logró salvarse de la destrucción, y esto, gracias a la benevolencia del dios Sol, el Inti, quien al contemplar desde el cielo, tanta desolación y muerte, sus ojos se anegaron y unas copiosas lágrimas cayeron en aguacero sobre el valle llenándolo de abundante agua.

Cogidos del tronco de un sauce, el hombre y la mujer permanecieron así hasta que el cielo límpido y fulgurante dejó ver la inmensidad de un lago hermoso. Flotando cerca de ellos, un gran número de fieras, principalmente pumas, yacían inertes patas arriba dejando ver sus panzas hinchadas. Es por eso que el hombre y la mujer bautizaron al lago con el nombre de Titicaca que significa el lago de los pumas de piedra.

Wolfsschanze, Junio 2 del 2001.





LAS ESTATUILLAS DE ORO DE AUQUICANCHA


En el cerro de Auquicancha, en los tiempos en que la lluvia cae constantemente, afloran sobre el suelo abundantes pastos que son la delicia de venados y vicuñas, animales que por otro lado abundan en la zona atrayendo a los cazadores. Una vez subió al cerro un inexperto cazador, quien por atender el hambre de su numerosa prole, se arriesgó por aquellos lugares siendo atrapado por la oscuridad de una fría y silenciosa noche. El viento fuerte que parecía arrancar los hierbajos de raíz, pusieron más tenso aún el ánimo del asustado cazador quien afanosamente buscaba refugio.


Cuando ya el viento gélido calaba sus huesos, una pequeña sombra se apareció frente a él. Era una niña muy bella, una indiecita de rostro angelical y muy graciosa. Sin mediar palabra alguna, la niña tomó de la mano al cazador y lo llevó hasta una cueva cuya entrada estaba casi cubierta por una enorme roca que la tupida vegetación mantenía oculta. El lugar era acogedor. El cazador no pudo ocultar su asombro al ver que las paredes de la cueva, la cual estaba metida en el corazón del cerro, eran de oro.

La brillantez del ambiente no le impidieron al cazador ver unas estatuillas, cuyas formas humanas, lo dejaron estupefacto. “Pero sí parecen reales, sólo les falta hablar”, dijo el cazador.

Al amanecer, el hombre salió de la cueva llevando en su poncho, bien envuelto, un gran puñado de oro. El hombre desapareció dejando a la niña dentro de la gruta. Cuando el cazador regresó a su casa y contó a su mujer lo sucedido, esta no lo pudo creer. – Lo único que te pido, mujer, es que no cuentes a nadie lo que te he dicho. La niña me lo pidió así y creo que debemos respetar su decisión. Con este oro tendremos lo suficiente para nosotros y nuestros hijos; nunca más pasaremos hambre.

Todo marchó bien, hasta que la lengua comenzó a picarle a la mujer quien no tardó en contárselo a una amiga quien le dijo que su pecho sería una tumba. Bueno, pues, las tumbas se fueron multiplicando de boca en boca y de promesa en promesa hasta que todo el pueblo se enteró.

Una mañana más de una docena de hombres provistos de palos obligaron al cazador a que los guiara hasta el lugar donde estaba el oro. A riesgo de su vida, el cazador subió hasta el cerro de Auquicancha seguido por su mujer y aquellos hombres codiciosos. Cuando llegaron hasta las puertas de la cueva ya había oscurecido y un viento fuerte y frío, como cuchillos comenzó a soplar.

Los hombres y la mujer del cazador corrieron hacia el interior, el cazador fue detenido por la niña, quien se hallaba escondida detrás de la roca de entrada para no ser vista. Una mano pequeñita, como tórtola, lo detuvo con firmeza impidiéndole que entrara a la gruta. Adentro los gritos eufóricos, entre ellos los de la mujer del cazador, parecían retumbar en las paredes de la cueva: “quiero oro”, “más oro”, “no agarres, es mío” “sólo mío”

Lentamente el resplandor que emanaba de la cueva fue desapareciendo a medida que la roca que cubría la cueva iba cerrando la entrada. El cazador comprendió entonces de donde habían salido aquellas estatuillas de oro que tanto lo habían asombrado la noche anterior.

Pausadamente descendió por la falda del cerro. Una lágrima cayó de sus ojos por el recuerdo de su mujer quien ahora estaría disfrutando de todo el oro del mundo.




EN LAS BUENAS Y EN LAS MALAS





Miraba un león cómo dos bandos enemigos se mataban entre sí. Luego de una semana de batalla, los pocos hombres que sobrevivieron se hallaban tan heridos que no tardaron en ser víctimas de buitres, hienas y otros carroñeros. A los pocos días, sólo unos cuantos huesos se hallaban expuestos al sol, mientras que el castillo donde se había llevado a cabo la contienda se hallaba desolado. Toda suerte de animales comían de un lado a otro, subiendo y bajando escaleras, husmeando por todos los rincones en busca de algo con qué llenar la panza.

- Aquí hay que poner orden y esta corona no me queda nada mal, dijo el león colocándosela sobre la desgreñada melena.

Un par de rugidos bastaron para detener aquel desenfreno. El león dictó sus condiciones exigiendo ser reconocido como monarca absoluto.

- Para mí será fácil gobernar y mantener el orden, dijo. Total... soy el más fuerte..., el más vistoso..., el más grande..., el más temido..., el más inteligente... ¡Y el más abusivo!, gritó la zorra.

El león carraspeó, Una fría y felina mirada de desagrado recorrió aquel grupo de animales tan disímiles. La zorra escondió la cabeza como mejor pudo.

- Cobarde, le gritó un zorrino.

La raposa le propinó una contundente patada. El silencio fue tomado como una aprobación y así el león, coronado de la forma más arbitraria, se retiró a sus aposentos porque según él tenía mucho “trabajo” que hacer. La zorra iba detrás llevándole la cola de la capa. Entendía que era mejor estar en buenas migas con aquel nuevo soberano y que permanecer junto a él sería lo más conveniente a la hora de recoger las sobras.

No bien el león había cogido el sueño, cuando tocaron a la puerta. La zorra, presurosa, abrió.

- ¡Queremos hablar con el rey! Era un grupo de ratones quejándose de la persecución de un gato.

El nuevo monarca dictó un edicto por el cual se prohibía la persecución de roedores.

Al poco rato volvió a sonar la puerta.

- Es el gato, mi señor. Se queja de que el perro lo acosa constantemente.

Un nuevo edicto ponía al perro en jaque favoreciendo al gato.

No bien el león se acomodaba nuevamente y la puerta que volvía a sonar.

- ¿Y ahora quién es?, gritó malhumorado.

Un grupo de gallinas se quejaban de la comadreja y de sus continuas incursiones en el gallinero. El león mandó llamar al gallo.

- ¿Y tú no sabes defender tu recinto?, interrogó el monarca.

- Pero qué puedo hacer si no soy más que un plumífero entre ese alambrado. Desde que usted se convirtió en el amo absoluto ninguna de estas “gordas” me hace caso. Sí hasta han colgado un retrato suyo en el portal.

Tocado en su vanidad, el león despidió al gallo refunfuñando.

- ¡Hum! Bien... bien, ya veré cómo solucionar eso.

- Pero cuanto antes, su majestad, sino mañana no habrá huevos para hacer esa tortilla que tanto le gusta, gritó la gallina más vieja.

El león se revolvía en su lecho, malhumorado, con los ojos vidriosos e inyectados por la falta de sueño. “Y yo que pensaba dormir todo el día y vivir de lo que estos tontos me dieran”, se dijo entristecido.

Los portazos continuaron día y noche con una zorra enflaquecida por el trajín y con un león a punto de enloquecer en sus frustrados sueños de gloria. Un barullo incontrolable y un monarca ajeno a la realidad encontró a la zorra agazapada en un rincón de la puerta. La aldaba no cesaba su retintín; los gritos de melenudo incompetente, rey de los imbéciles, grandazo para nada y otros calificativos resonaban entre las paredes del castillo como granadas. Cuando la puerta cayó por la presión de los reclamantes, ya la zorra corría como una loca buscando donde refugiarse y la corona del monarca disidente se hallaba sobre la suntuosa cama que al león más que descanso, le había parecido una cámara de tortura.

Al otro día, la discusión, los gritos, los chillidos seguían resonando en aquel viejo castillo como una hecatombe incontenible.

El león, que ya había dado cuenta de una gacela, se hallaba tendido plácidamente sobre la húmeda matutina.

- Dejemos que la naturaleza siga su curso y que cada uno disfrute de su propio reino y vele por sí mismo, dijo el león.

La zorra lamía un trozo de costilla, arrancando de vez en cuando algún pellejo de las sobras que su majestad le había dejado y sólo se limitaba a asentir con la cabeza a todas las brillantes ideas que brotaban de esa enorme cabeza.

- En las buenas y en las malas siempre estaré con usted, majestad, interrumpía la zorra de vez en cuando.

Diciembre, 23 del 2002.






UNA LUZ EN LA OSCURIDAD
Habían andado durante tres largas horas y cayeron en la cuenta de que estaban perdidos.

-         La nieve ha borrado el camino, es inútil seguir buscándolo. Ya anochece y esta tormenta se vuelve cada vez más persistente, dijo el muchacho.

Su padre se sacudió la nieve que cubría su tupida barba y miró de un lado a otro con desesperanza.

-         Será mejor deshacernos del venado, es muy pesado y será un estorbo. La nieve se hace más espesa, nos hundimos en ella, se hace más peligrosa a medida que transcurren las horas, dijo el padre.

Deambularon sin rumbo fijo, de aquí para allá como un velero perdido en un mar tempestuoso. Buscaron cobijo al pie de un abeto, el frío se intensificaba y un fuerte viento, gélido, cortaba el aire provocando un ruido aterrador. El padre, postrado en la nieve, abrazaba a su hijo en su regazo; el tintineo de sus dientes y el cuerpo aterido y tembloroso parecían anunciar una muerte por congelamiento. Así transcurrían los minutos que parecían horas, el rostro amoratado del hijo parecía ser el preámbulo de una muerte anunciada. El padre, fruto del cansancio, quedóse dormido. Unos instantes. Cuando despertó, divisó una luz que zigzagueaba a poca distancia; entonces gritó con tanta fuerza que la luz de dirigió al lugar de donde provenía el grito. La oscuridad en el bosque era total.

-         Buen hombre, por favor ayúdenos, mi hijo se está muriendo, dijo el padre entre sollozos y voz entrecortada.

El recién llegado, que llevaba anteojeras para protegerse del frío, extrajo de su morral un termo con café caliente. Padre e hijo bebieron con fruición. Algo recuperado, el hijo, apoyado en su padre, siguieron al hombre de la linterna que parecía conocer perfectamente los senderos cubiertos de nieve de ese bosque. Ya en la cabaña del desconocido, padre e hijo comieron y bebieron hasta hartarse. De pronto, el muchacho se percató que el extraño era ciego.

-         ¿Para qué un ciego como usted necesita una linterna, no le parece ridículo?
El ciego, lejos de ofenderse, se sonrió. El muchacho, confundido, buscó la mirada de su padre.

-         La luz de esa linterna no es para él, sino para gente como nosotros que andábamos perdidos en esa fría oscuridad, hijo mío.

El muchacho no encontró palabras para corregir su error. Se cubrió con una manta y se quedó dormido. 




/

martes, 7 de septiembre de 2010

LIBRO EL ARCA DE NOE




Para Rosario Murriel González,

desde siempre.




UN PLATO DE LENTEJAS


Cerca de una campiña había un hermoso lago donde todas las mañanas una hermosa muchacha iba con dos cubos a extraer agua para llevar a su casa.

-      Te demoras mucho, eres una ociosa, seguro que la pasas mirándote den las aguas o jugando con alguna ardilla, decía la madrastra de la dulce muchacha.

Este sermón se había convertido en los últimos tiempos en el pan de cada día.

Desde que su madre había muerto, su padre, hombre bondadoso, pero de carácter débil, se había sentido muy triste y solo por lo que no titubeó ni un instante cuando decidió casarse nuevamente, aunque sin sospechas los malos momentos que la nueva esposa le haría pasar a su amada hija.

Hámnet, que así se llamaba la muchacha, jamás dejó entrever los sufrimientos a los que la sometía aquella cruel mujer.

-      Hoy día no saldrás hasta que no hayas contado las lentejas. Ten presente que cada plato no debe tener más de doscientos granos.

Y la desdichada niña debía así contar el contenido de ocho platos. Con el pequeño saco de las menestras sobre la mesa, la pequeña Hámnet estaba condenada a pasarse la tarde contando aquellos granos mientras todos los niños y niñas de los alrededores estarían divirtiéndose en sus juegos.

Pero como todo en la vida no puede ser tristeza y amarguras, la situación de la muchacha cambió de un día para otro.

Cierta tarde, en que la madrastra asomó la cabeza en la cocina con su acostumbrado costalillo de lentejas, una paloma de cabeza blanca y alas grises asomó su pico por la ventana. Con curiosidad, la paloma vio llorar a la niña, y fue entonces cuando agitó sus alas y posándose en la mesa comenzó a picotear los cabellos de Hámnet.

-      ¡Oh!, Exclamó la niña sorprendida.

-      No te asustes, soy sólo una paloma.

-      Sí, ya lo sé dijo la niña volviendo a sus llantos.

-      ¡Vamos!, No llores más, nosotras te ayudaremos.

-      ¿Nosotras?, Dijo sorprendida la niña. Pero si sólo estás tú, conmigo.

Fue entonces cuando la paloma comenzó a zurear.

En un instante, un sinnúmero de palomas de cabeza blanca y alas grises se introdujeron en la cocina tomando cada una un grano de lenteja, los cuales dejaron caer de sus picos en un cubo que se hallaba junto a la cocina. Luego de varios minutos las palomas desaparecieron por donde ingresaron.

-      Bien, ahí tienes tus mil seiscientos granos, ya puedes irte a jugar.

La niña, que no podía contener la emoción, agradeció a la tierna paloma y fue en busca de la madrastra con el cubo en la mano.

La malvada mujer no podía creer lo que sus oídos escuchaban, ni lo que sus ojos veían. Sabía que la muchacha era incapaz de mentir. Muy a su pesar, tuvo que darle permiso a la hijastra para que saliera a jugar. Encolerizada, lanzó el cubo contra el suelo y las lentejas se dispersaron por toda la habitación.

-      Mañana encontraré la forma de retenerla en casa, se dijo a sí misma.

El otro día llegó algo nublado, cargado de nubes negras y grises, pero al mediodía, el sol parecía haber ganado la batalla, pues se le veía resplandecer a todo lo ancho y largo del firmamento, y con él asomó la alegría en los rostros de los niños.

Como todos los días, los pequeños se lanzaban prestos a sus cándidos juegos. Trepaban a los árboles, comían por el prado, saltaban las cercas e iban persiguiendo a las mariposas hasta caer exhaustos.

-      Qué espera para ponerte a contar las lentejas, aquí tienes el costalillo. Hoy también contarás mil granos de azúcar antes de salir a jugar, así que deberás darte prisa. Y no te olvides, un plato de lentejas no puede tener más de doscientos granos.

La pobre muchacha nuevamente se puso a llorar ya que le parecía imposible contar los granos de azúcar. Pero como la bondad atrae siempre a la bondad, no tardaron en aparecer las palomas, quienes ahora venían acompañadas de un contingente de hormiguitas que en un dos por tres pusiéronse a cargar un granito de azúcar cada una.

Ya a los pocos minutos, palomas y hormigas habían terminado de contar lentejas y azúcar.

-      Esta muchacha debe tener un pacto con el demonio, porque de otra manera no me explico cómo puede terminar tan pronto. Pero ya me vengaré, pues, mañana pensaré en una labor que no podrá realizar, terminó diciendo la madrastra bastante molesta.

La mujer tuvo que pensar mucho para encontrar la fórmula que retuviera a la muchacha en la casa, y como el mal a veces logra algunas ventajas, esta vez la madrastra se sintió triunfadora.

-      Hoy contará las lentejas y el azúcar, dijo en tono burlón, la mujer, mientras colocaba las dos pequeñas talegas sobre la mesa.

Y luego agregó:

-      También irás al huerto y sacarás todas las hojas marchitas de cada uno de los nogales que hay en él, luego podrá ir a divertirte con tus amigos.

Después de escuchar a su madrastra, Hámnet pensó que ahora sí no tendría forma de escapar de las garras de aquella mala mujer. Y otra vez sus lágrimas bañaron sus mejillas y sus ojos enrojecieron por el llanto.

-      No llores, dijo la paloma de cabeza blanca y alas grises, no es bueno que los niños llores. Los niños deben reír todo el tiempo.

-      Y también jugar, dijeron algunas hormiguitas.

-      ¿Y cómo podré jugar si ahora también debo deshojar los nogales?, dijo sollozante la pequeña Hámnet.

-      Nosotras te ayudaremos, dijeron al unísono, palomas y hormigas.

-      Ni con la ayuda de ustedes podría terminarlo. ¿Saben cuándo árboles son?

-      Tienes razón, dijo la paloma a las hormigas, son más de cien árboles los que hay a lo largo del huerto.

Cuando ya la tristeza se había apoderado del ambiente, una suave voz se dejó escuchar:

-      No te preocupes pequeñita, yo me encargaré de ese trabajo.

Era el viento, que atraído por aquellos sollozos, se había avecinado hasta la casa de la niña para colaborar con ella tal como lo habían hecho las palomas y las hormigas.

El viento sopló fuerte durante un buen rato, desprendiendo con su furia todas aquellas hojas débiles y marchitas. La madrastra, al ver todo aquel gigantesco trabajo terminado en poco tiempo, tomó sus valijas y se marchó a toda prisa, pues, la embargaba el miedo de que su hijastra tuviera poderes mágicos y que los usara contra ella.

Desde ese día, Hámnet se ocupó de las labores de la casa con tanto esmero que su padre no extrañó para nada a la perversa mujer.

Wartburg, octubre de 1996.




                                       
UNA OVEJA, UN CARNERO  Y VEINTE MONEDAS DE ORO


Iba un ciego montado sobre un burro y amarrado a éste llevaba una oveja y un carnero, en cuyos pescuezos había colocado unos cencerros que alertarían en caso de que algún amigo de lo ajeno pretendiera robárselos.

Al pasar por un mercado, un comerciante de telas vio pasar al invidente jalando sus animales y, dándose cuenta de que se le presentaba una buena oportunidad para apropiarse de la oveja y del carnero, encargó a un hombrecito calvo que pasaba, que le cuidara el negocio mientras iba a atender un asunto importante. Es así como el comerciante fue tras el ciego, ingeniándoselas para desatar los cencerros y amarrárselos a la cola del burro, lo mismo hizo con las cuerdas en que estaban amarrados.

El hombrecito calvo que cuidaba el negocio de aquel ladrón oportunista había estado siguiendo todos los pormenores, por lo que decidió aprovechar él también, la situación, y terminó llevándose las telas.

Cuando el comerciante llegó, grande fue su sorpresa al notar que a él también lo habían timado.

-      Bueno, se dijo a sí mismo. De todas maneras salgo ganando, pues vendiendo esta oveja y este carnero podré comprar las telas que he perdido y todavía me quedará algún dinero. Pero tendré cuidado y mejor los venderé en otra ciudad.

Ya en camino, el comerciante llegó a un puente donde se topó con un niño que lloraba amargamente mientras aprisionaba entre sus manos una brillante moneda. El comerciante, atraído por aquel brillo que sólo podía ser el del oro, preguntó al muchacho.

-      ¿Por qué lloras, pequeño, qué te ha sucedido?

-      ¡Ay! Señor, por desobediente mi padre me castigará. He tomado veinte monedas iguales a ésta y he arrojado diecinueve de ellas ahí, dijo el niño señalando un pequeño pozo.

Yo pensé que arrojando estas monedas se cumplirían todos mis deseos, pero veo que no es así.

El comerciante, al escuchar esto, se frotó las manos pensando que una oportunidad así nunca más se le volvería a presentar.

-      ¿Quieres decir pequeñito, que allí en ese pozo hay diecinueve monedas iguales a ésta?.

-      Sí, señor, contestó el niño quien aún seguía llorando.

-      Mira niño, has tenido suerte al encontrarte conmigo, pues, yo las sacaré y te las daré para que las pongas en el lugar de donde las tomaste y así tu padre no se dará cuenta de lo sucedido y no te castigará.

Y para deshacerse del niño, el mal hombre agregó.

-      Pero tendrás que hacerme un favor mientras yo me meto en el pozo a sacar tus monedas. Más adelante hay un mercado donde tengo un negocio de telas, hasta allí ha de llegar un señor a quien debo entregar esta oveja y este carnero, así que serás tú quien se las entregue.

El niño se fue saltando de alegría mientras el sinvergüenza quedó riendo.

-      Qué inocentes y tontos son los niños. Con esta fortuna me compraré un rebaño entero ¡Ji, Ji, Ji! Y ahora, manos a la obra.

El comerciante se quitó rápidamente la ropa y se metió en el pozo.

Horas más tarde, mientras el hombre trataba de explicar a las autoridades el por qué había sido encontrado desnudo corriendo por las calles, en una cueva lejana, un ciego, un hombrecito calvo y un niño, se repartían unas telas y unas ropas productos de la ganancia del día.

Wartburg, octubre de 1996.





LOS DOS LADRONES Y EL JILGUERO



Quizá nunca en nuestra vida nos hemos detenido a meditar sobre el valor de la libertad, la dulce sensación de ser libre, de saber que podemos andar libremente. Pero parece irónico decir que sólo cuando la dejamos ir nos damos cuenta de cuan valioso es aquello que hemos perdido.

Contentos por el botín obtenido, dos ladrones llegaron a un arroyuelo, donde decidieron disfrutar de las delicias de aquella frondosa vegetación que les ofrecía el bosque.

-      ¡Ah!, Dijo el más malvado. Esto sí que es darse la buena vida. Buena comida, aire fresco, agua límpida y lo mejor de todo, no tener que trabajar. Sí señor, no hay como esta vida.

El otro ladrón, que era muy joven, dijo:

-      Tú crees que a esto se le llama vida. Estar huyendo de la policía como huye la liebre cuando siente al zorro; comer del bien ajeno y a toda prisa sin degustar los alimentos que ingerimos por estar en constante alerta. Dormir en cualquier lugar, muchas veces entre el saltar de las ratas y los insectos rastreros que caminan sobre uno, no gracias, si a esto llamas buena vida querido amigo significa que tu árbol torcido sólo espera ser leña.

El otro lo miraba con recelo, mientras por las comisuras de sus labios un hilillo de grasa le chorreaba perdiéndose entre los pelos de su crecida barba.

-      Ya cállate, ave de mal agüero y come un trozo de esta gallina que está deliciosa. Mira que debemos buscar un lugar donde pasar la noche, pues, esos sabuesos deben estar pisándonos los talones.

Terminando de comer, los ladrones se echaron sobre la hierba con el fin de descansar un poco antes de proseguir su marcha. El más joven quedóse despierto contemplando a un pequeño jilguero que saltaba de una rama a otra, dejando escapar un canto agradable y melodioso. Por momentos, su pico se hundía entre el pardo plumaje de su dorso, contratando con su blanquirrojo rostro. Extasiado en su contemplación, el joven ladrón recordaba que ya desde niño su más grande ilusión era haber nacido en el cuerpo de un pájaro. Pasaba horas contemplando a aquellas pequeñas aves de tan variados colores, de tan mágicos cantos, de tan misteriosos nombres, de tan extrañas costumbres. Había visto infinidad de pajarillos, pero había algo en este pequeño jilguero que no alcanzaba a comprender. Ese algo parecía brillar en todo él, en sus colores, en su canto, en sus plumas, en su pico, en sus patas, pero sobre todo en la luz que sus ojos irradiaban. En esos pensamientos y en aquel ensueño, el joven ladrón fue sorprendido por sus captores. Ya en la celda, el ladrón viejo no podía ocultar su disgusto por encontrarse ahí, y no cesaba de culpar al muchacho por no haber estado alerta mientras él dormía, facilitando así la captura.

- No eres más que un pobre tonto, dijo y se echó a dormir sobre un sucio colchón. El más joven, tomado de los barrotes, miraba ensimismado una pequeña jaula donde había un pajarillo. Uno de los celadores que le daba de comer le dijo que era un jilguero y que lo tenía hace bastante tiempo. ¿Qué extraño?, Se preguntaba el joven ladrón. Era un jilguero, pero no lo era. Sus colores eran opacos, su canto más que un poema a la alegría y a la vida, parecía ser un canto fúnebre, un gemido, un lamento. Sí, un doloroso lamento. Se pasaba las horas inerte, sin siquiera muchas veces probar su alimento. Sus ojos sin vida, eran dos minúsculas bolitas cubiertas de tristeza. Tanta amargura lo había convertido en eso, en un ave disecada. Pero lo extraño era que aquellos ojos muertos sólo parecían mirlo a él, como queriendo decirle algo y no poder. Fue ese momento en que su pensamiento se iluminó y comprendió en un instante que tanto él como el jilguero eran dos condenados a morir y que sólo quedaba un camino por recorrer para tentar en otra vida una nueva oportunidad para ser feliz. Estiró su brazo y el jilguero inmutable se dejó coger. Entonces sus dedos se juntaron fuertemente, luego se echó sobre su lecho y cerró los ojos para siempre.

Wartburg, setiembre de 1996.




LA FIESTA DE LOS CORNÚPETAS



Habiendo nacido un pequeño rinoceronte, sus padres acordaron festejarlo a lo grande, por lo que decidieron organizar una fiesta. Pero grande fue la sorpresa que se llevaron muchos animales cuando al llegar a la puerta del recinto encontraron un gran letrero donde se indicaba clara y enfáticamente que la entrada sólo estaba permitida a los cornudos, es decir, a todos aquellos que llevaran sobre la cabeza un cuerno como mínimo.

De ahí que animales como el antílope, el ciervo, el alce, el toro y el búfalo no tuvieran impedimento alguno para entrar. Una vieja cabra y un rollizo carnero estaban bien plantados en la puerta cuidando que aquella disposición se cumpliera a cabalidad

Al elefante y al jabalí no se les permitió la entrada a pesar que insistieron sobre el hecho de que aquellas protuberancias que lucían eran cuernos y no colmillos.

-      A otro perro con ese hueso, les dijeron la cabra y el carnero. La jirafa tuvo que esperar a que se consiguiera una gran escalera para que la cabra verificara si esas protuberancias que tenía entre las orejas eran realmente pequeños cuernos.

Felizmente se comprobó la veracidad de aquellos cuernitos y la sangre no llegó al río. Pero como en todo acontecimiento nunca faltan los problemas, en esta reunión el encargado de ponerlos fue el conejo, quien provisto de dos cuernos de cartón trató de entrar en la reunión.

El astuto conejo logró engañar a la cabra y al carnero y fue entonces cuando se le vio bailar animadamente en compañía de la señora vaca.

Sus enormes orejas forradas con cartón le daban un aspecto imponente, de ahí que la esposa del toro se sintiera atraída por aquella rara y singular criatura que lucía una cornamenta casi del tamaño de su cuerpo.

Los celos del toro no se hicieron esperar, y con esto, el duelo quedó sellado en aquel momento. Pero el destino quiso que no se diera tan desigual pelea, pues, a causa de las volteretas y brincos que el conejo daba, comenzaron a despegarse sus falsos cuernos ante el asombro y desconcierto de los concurrentes.

Lo más curioso de todo fue que el conejo no se percató de lo que acontecía y siguió moviendo sus “cuernos” con el mismo entusiasmo con que movía sus patas.

Cuando el toro en cornúpeta, hizo parar la música y se plantó frente al conejo, éste se dio cuenta de lo sucedido y pensó que había llegado el momento de poner las patas en fuga. ¿Y qué mejor dirección que aquella que señalaban aquellas astas filudas?

Y así lo hizo. Hasta ahora ninguno de los presentes tiene una idea clara de lo sucedido. Algunos hablan de un unicornio, otros de un conetoro, otros que era un torejo, pero en lo que todos coinciden y nos les cabe ninguna duda, es en el hecho de que el ofendido toro logró rozar con la punta de sus cachos las blandas posaderas de aquel conejito rufián quien tuvo que esperar un buen tiempo para poder asentarlas.

Wartburg, diciembre de 1996.



  

EL SAPO INOPORTUNO Y EL COCODRILO TUERTO



Habiendo perdido el cocodrilo uno de sus ojos, organizáronle una fiesta con la finalidad de levantarle el ánimo.

Conocedores de la indiscreción del sapo, todos los animales que asistieron se encargaron de recordarle a la rana que tomara las medidas preventivas para evitarle al agasajado cualquier malestar.

-      Te lo repito una vez más sapito, lo mejor es que no abras la boca para nada, no hay que nombrar la soga en casa del ahorcado, y tú tienes una bien ganada fama de indiscreto.

A disgusto, el sapo aceptó los consejos, pero aquella noche estuvo más inoportuno que nunca.

-      El ojo del amo engorda al caballo, díjole a la tortuga para que fuera más cauta en el cuidado de sus hijos.

En otro momento, aconsejó al hipopótamo para que le diera su merecido a un caimán que había herido a su hijo.

-      Dele su merecido, total, ojo por ojo y diente por diente.

Ya unas lágrimas dejaban entrever la tristeza que embargaba al pobre cocodrilo a quien a cada momento se le recordaba la pérdida de su ojo derecho.

Todas las miradas acusadoras se posaban en la figura del sapo, quien sólo atinaba a llevarse una pata a la boca en señal de mutis.

De repente, algo pareció trastornar a los asistentes y, como si una epidemia de sapo hubiera tocado la cabeza de todos los presentes, dijo el hipopótamo:

-      No se ponga triste amigo cocodrilo, total, ojos que no ven corazón que no siente.

La rana, increpándole al hipopótamo su actitud, dijo con atronadora voz:

-      Eso es lo que se llama ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

En vano trataba de consolar el caimán al cocodrilo, quien no dejaba de sollozar. La señora hipopótamo se sintió ofendida al ver que la rana le había levantado la voz al señor hipopótamo.

-      Un momento, renacuajo, tronó su voz.

Los ánimos se caldearon y la rana sacó a relucir sus méritos y cualidades que sobrepasaban los de cualquier rana o sapo allí presente.

-      Claro, no ve que en el país de los ciegos el tuerto es rey, le dijo el hipopótamo con sorna.

Fue así que aquella fiesta que debía ser motivo de algarabía para que el pobre cocodrilo que había perdido un ojo se pusiera alegre y recobrara el ánimo, se convirtió en un recordatorio de la desgracia ajena.

Sin que nadie lo advirtiera, el cocodrilo se alejó de aquel lugar, y ya en la orilla, díjole a una estrella que fulguraba en el horizonte.

-      Daría yo un ojo, porque a mi enemigo sacasen otro.

Al siguiente día, el cocodrilo ya no podía llorar porque había perdido el otro ojo. Pero se consolaba sabiendo que todos sus enemigos habían perdido uno.

Wartburg, diciembre de 1996.




EL HOMBRE AMBICIOSO



Se cuenta que un hombre no tenía en su cabeza otra idea que la de aumentar sus bienes. Todas las noches se desvelaba pensando en lo que haría al día siguiente y jamás, cuando comenzaba a hacer su labor, se sentía satisfecho con lo realizado.

- Te vas a enfermar como sigas viviendo de esa manera, le decía su mujer de vez en cuando, pero el hombre seguía haciendo todo lo contrario.

-      No disfrutas de lo que tienes por tener más, le decían sus hijos, pero él seguía empecinado en su único anhelo: tener cada día más de lo que ya tenía.

La codicia, el ansia y el recelo lo obsesionaron tanto que llegó el tiempo en que las horas de descanso se fueron acortando tanto que ya nadie lo veía en su lecho.
Un día el hombre no pudo levantarse, era tal su agotamiento que las fuerzas parecían haberlo abandonado. El médico indicó a la mujer y a los hijos que no había nada qué hacer.
En la madrugada, cuando todos en la casa dormían, se escuchó la voz del hombre como un apagado susurro.

El hombre había comprendido al fin que había equivocado su manera de vivir; que sus hijos habían dejado de ser niños por convertirse en hombres y que él no  lo había notado. ¿Cuánto tiempo había pasado sin que su mujer hubiera recibido una frase de cariño de parte de él?

-      Señor, ahora que he aprendido a vivir, prolongadme el tiempo.

El hombre vivió un buen número de años más, pero de diferente manera a como había vivido antes.

No disfrutó de la niñez de sus hijos, pero sí de la de sus nietos.

Wolfsschanze, Marzo 2001.