GRATITUDES


En el Corán, Surat VIII 57-60, se lee… “Las peores bestias, ante Dios, son los ingratos, pues ellos no creen; (…) Dios no ama a los traidores”. Ya el Dante se lamentaba de la ingratitud en el exilio. En su Epístola XII, dirigida a su amigo Feruccio de Manetti Donati, el autor de la Comedia se lamenta de las indignas condiciones que las autoridades florentinas exigían a los desterrados para regresar a Florencia. ¿Es ésta la graciosa revocación con que es llamado a su patria Dante Alighieri, que ha sufrido exilio durante casi tres lustros? ¿Esto ha merecido su inocencia a todos manifiesta? ¿Esto el trabajo continuo y el estudio? (…) ¡Lejos esté de un hombre que predica la justicia que, habiendo padecido injurias, pague de su dinero a quienes le injuriaron como si fuesen [ciudadanos] beneméritos! (…) No es éste padre mío, el camino de vuelta a la patria (…) Jamás entraré en Florencia.(…) seguro estoy de que no ha de faltarme el pan”.


La ingratitud golpea el corazón de todos; en algunos, aquellos de sensibilidad adusta, la herida se escara en poco tiempo; en otros, esas llagas permanecen imborrables a través de los años, como una ortiga amarga que de vez en cuando hinca nuestra memoria con su hiel ponzoñosa. No he sido ajeno a estos golpes, he recibido muchos y de gran calibre, pero, a pesar de ello, nunca he cerrado la mano a quien me la ha solicitado.


Quiero expresar mi gratitud a tres personas que han hecho posible la creación de este blog, libro de la modernidad que me permite llegar a un gran número de lectores que se resisten a vivir en las sombras de la ignorancia, esa asesina de mentes libres que durante mil años esterilizó el pensamiento del hombre medieval. “Nada hay más espantoso que una ignorancia activa”, sentencia Goethe.


Mi agradecimiento a Tatiana Vega Valencia, que tuvo la paciencia y la tenacidad, propia de su juventud, para batallar durante tres arduos años entre manuscritos, apuntes, fichas y estantes abarrotados de libros para poder consolidar en la computadora, parte del trabajo intelectual que me ha ocupado por más de cuarenta años; ella también es la responsable de un gran número de fotografías que conforman este blog.


A Sergio Villanueva Valdivia, inquieto, creativo y generoso como una mano extendida hacia el cielo, quien fue el gestor de este blog, fue él quien me impulsó (tan reacio yo) a entrar al mundo de la informática (así podrás llegar a un gran número de lectores) me dijo una tarde de esas en que la amistad se reviste de fraternidad y cariño inefable.


Por último, a Milagros Mora, quien hasta hoy, cual empecinado Sancho quijotesco, me acompaña en esta cruzada cultural con la que sueño día a día. Sus frecuentes desvelos y trasnochadas hacen posible que semana a semana se incrementen las páginas de este blog. Sus palabras de aliento, su amistad inmarcesible y, hasta sus frecuentes regañinas, levantan mi ánimo cuando me siento oprimido por este mundo de modernidad asfixiante, por este acontecer tan ajeno al de mi niñez tan llena de aventuras y ficciones que en mi mente introdujeron hombres como Salgari, Dumas, Verne o Dickens y otros tantos creadores de historias, verosímiles o inverosímiles, que hasta hoy perduran en mi vida.


Wolfsschanze, marzo 27 del 2011.


Guillermo Delgado.

lunes, 8 de noviembre de 2010

LIBRO PIGMALIÓN




LA BOLSA DE ORO DE DON TELMO

Iba un hombre montado en su borrico llevando sobre las ancas del animal a su pequeño hijo:

-   Ya me cansé de andar en borrico, padre; tengo hambre y sueño.

El hombre acicateó al borrico para que apurara la marcha, pues, ya el sol se ponía y faltaba un buen trecho para llegar al pueblo más cercano. Conocía de sobra la impaciencia del muchacho, así que, como hacía siempre, detuvo el animal y se ubicó con el niño bajo un naranjo dispuesto a contrale un cuento. El niño se acomodó en el regazo de su padre y entonces aquél le dijo:

Cierto día, iba un padre con su hijo montados en un borrico, llegados a un recordó del camino, el niño diviso una bolsa a un lado del sendero.

-   Padre, dijo, mira eso parece que alguien perdió la bolsa.

El niño descendió de borrico y se dio con la sorpresa de que en la bolsa había una cantidad de monedas de oro. Alguien debe haberla perdido, dijo el hombre, la llevaremos con nosotros hasta que encontremos a su dueño. Luego de contar las monedas, las cuales eran ochenta, subieron al borrico y prosiguieron su camino. Una hora después llegaron a un pueblo y buscaron albergue en una posada.

-   ¿No sabe si alguien ha perdido algo en estos días?, preguntó el padre al posadero.

El hombre dijo que don Telmo, un viejo prestamista, había perdido una bolsa, dice que estaba llena de monedas de oro, pero yo no le creo nada a ese viejo tacaño.

-   Primero comeremos algo y después devolveremos esa bolsa, dijo el padre.

-   ¿Y por qué no nos lo quedamos? Nosotros lo hemos encontrado, dijo el niño.


El padre contestó que no, que la gente honesta no se quedaba con las pertenencias de otro. El niño quedó refunfuñando.

-   Debe tener hambre, dijo el posadero. Para usted hay chuletas de cerdo y ensalada de pepinos y alcaparras de cilantro; para el niño, ternera con puré de patatas y una buena tarta de nueces.
Comieron opíparamente y, para asentar la comida, tomaron la bolsa y fueron en busca de ese descuidado señor Telmo. Les abrió la puerta un anciano recoquín y bigotudo, con una lustrosa calva en forma de huevo.

-   ¡Ah!, dijo el viejo mezquino después de escuchar al padre, así que sólo hay ochenta monedas, no, pues, sepa usted señor que eran noventa. Veo que usted ya se cobró la recompensa de diez monedas que había ofrecido. Bien enterado debe estar. No pudo esperar, como hubiera hecho cualquier persona decente, a que yo se las diera y se las tomó. ¡Ahora lárguese, sinvergüenza!

El portazo casi deja sin nariz al pobre hombre. El niño miraba a su padre desconcertado. No entendía como un hombre que por su honradez devolvía un dinero a quien lo había perdido era tratado de esa manera. Algunos aldeanos se habían reunido en torno a la casa del prestamista atraídos por esa apetitosa bolsa que muchos de ellos hubieran preferido quedársela. Esto no se queda así, dijo el padre:

-   Honradez y honor son hermanos gemelos, si uno es herido el otro acude en su ayuda; en este caso han sido dañados los dos pero en este pecho hay valor suficiente para socorrer a ambos.

De regreso a la posada, el hombre daba vueltas y vueltas por la habitación; de tanto en tanto profería frases contra el viejo prestamista, su indignación la había tornado eufórico. Vamos, le dijo al niño. Buscaron al posadero.

-   ¿Dónde queda la casa del juez?, preguntó el hombre exaltado.

-   En la otra calle, al final, es una casa verde con tejado marrón, la encontrará fácilmente por el enorme castaño que hay en la entrada… pero a esta hora…
El posadero se quedó con la palabra en la boca. El juez lo recibió en pijamas, el gorro en forma de cucurucho que llevaba en la cabeza hizo sonreír al niño. Llevaba una palmatoria con una vela encendida.

-   ¿A qué se debe esta visita a hora tan inusual mi estimado Señor? Preguntó el juez, intrigado.

El hombre se deshizo en disculpas y, luego de explicar su caso con lujo de detalles, recibió la promesa del magistrado de que al día siguiente, en la corte, recibiría las disculpas del caso. Al otro día, muy temprano, el juez, el prestamista, el hombre y su hijo y un gran número de curiosos, se reunieron en el Salón de Justicia.

-   Escuchemos primero la versión de este hombre que dice haber entregado la bolsa con las monedas de oro tal como las encontró, dijo el juez martillando la mesa con el mazo.

El hombre contó su versión, tal como había sucedido, sin agregar ni quitar nada, el niño asentía con la cabeza a cada momento como avalando lo que padre decía; por el contrario, el prestamista negaba con la cabeza y miraba al público como buscando apoyo. Como todos conocían su fama de tacaño y ambicioso, levantaban los puños o hacían higas con ambas manos en señal de mofa. El juez tuvo que llamarlos al orden amenazando con desalojarlos de la sala. Luego, a una orden del juez, el prestamista dio su declaración, todo un discurso grandilocuente buscando impresionar al juez y a los concurrentes a la sala. Toda una perorata llena de  infundios, mentiras y calumnias. Insisto, Señoría en que fueron noventa monedas de oro las que cayeron de mi carruaje aquel infortunado día, y no ochenta como afirma este sujeto, concluyó con gran ceremonia el viejo Telmo.

La sala permaneció en silencio durante unos minutos que para el niño fueron una eternidad, para el hombre una angustia y para el prestamista una pausa que se tomaba el juez antes de darle la razón.

Después de rascarse la cabeza, el mentón y carraspear reiteradamente, dijo el Juez con solemne voz: Ambos testimonios son veraces, no dudo de lo que estos señores dicen y no encuentro contradicción alguna en sus declaraciones. Todos se miraron intrigados, pues, daban por sentado que había un mentiroso en esa sala y querían que su cabeza rodara a como dé lugar.

-   Mi querido Señor, dijo el Juez al prestamista, tiene usted razón, pero no la tiene. Es cierto que usted perdió una bolsa con monedas, pero también es cierto que el Señor encontró una de ochenta, por lo tanto ésta no es la bolsa que perdió.

El Juez tomó la bolsa y se la entregó al hombre que se la podía quedar; éste se quedó asombrado, el niño feliz y al viejo Telmo parecía que la cabeza de huevo le iba a estallar.

-   Usted no se preocupe, dijo el Juez al prestamista, ya aparecerá su bolsa, tenga fe, hombres honestos como este señor hay muchos por la tierra buscando bolsas para devolver. Señores, caso cerrado.

Cuando el padre terminó de contar la historia, ya el hijo se hallaba más relajado como para continuar en camino. Montados sobre el borrico iban el padre y su hijo, llegados a un recodo del camino, el niño divisó una bolsa a un lado del sendero. El niño bajo del borrico y corrió hacia la bolsa.  Está llena de monedas de oro, las contamos papá. El padre lo miró con una sonrisa de complicidad. No hay necesidad, hijo, apurémonos que nos esperan unas chuletas de cerdo, una ensalada, una ternera,…

-   Y una bolsa con monedas de oro, dijo el niño sonriente.

Wolfeschanze, abril del 2000.




 

DE SAPOS, RANAS Y RATONES

¡Oh dioses! Grande es la hazaña que van a contemplar mis ojos.
Homero.
La batiacomiomaquía.

Para Gustavo y Violeta Valcárcel, desde la misma ribera.


I

Vagando por un bosque iba un gato, cuando vio que una comadreja que luchaba por extraer de un tronco hueco a un pequeño sapo el cual inflaba sus carrillos buscando alejar al animal que ponía en peligro su vida.  Al ver al gato que se aproximaba amenazadoramente, la comadreja buscó refugio entre el denso boscaje.

-Puedes salir, la comadreja ya se marchó, dijo el gato.  El sapo, desconfiado y precavido, se mantuvo inmóvil lejos de alcance del felino.

-No tengas miedo, no te haré daño, tan sólo voy de pasada, busco un lugar donde vivir, pues, me han arrojado de mi hogar y ahora no tengo donde ir.

Algo en las palabras del minino hicieron reflexionar al sapo, quien de dos saltos salió de su escondite.

-Te veo muy apenado y si algo puedo hacer por ti, te agradeceré me lo digas.  Si no hubiera sido por tu ayuda, ahora estaría en el estómago de esa comadreja, dijo el sapo.

-Qué podrías hacer tú por el contrario el mal que me embarga, sapito, si yo con estas garras no he podido acabar con Roequeso y sus compinches.
-¡Roequeso!, y quién es ese que tanto daño te ha causado, peguntó el sapo.

-Un ratón, contesto el felino.

-¡Un ratón, pero acaso un gato no es más fuerte que un ratón, preguntó el sapo!

-Así es, dijo el gato, pero él tiene muchos ratones que lo obedecen y juntos invadieron la casa donde yo vivía hasta lograr apoderarse de ella.

Es por ello que mi amo, un anciano comerciante, decidió arrojarme por inútil.

-¿Y tú no tienes amigos que te ayuden?, preguntó el sapo.

-No los gatos somos muy solitarios y ariscos.

-Vaya problema en el que te encuentras, dijo el sapo mientras reflexionaba sobre que hacer.

II

Llegada la noche, el sapo y el gato ya se habían hecho amigos.

Bocagrande, que así se llamaba el sapo, buscó un lugar cómodo cerca al estanque donde habitaba para que el felino pudiera descansar.  Al otro día, muy temprano, el gato fue despertado por el croar de un gran número de ranas que asomaban sus bocas desdentadas de entre las mansas aguas.

Ágiles y buenos nadadores los batracios jugueteaban entre los juncos largos y punzantes que crecían cerca al blando césped de la ribera.

-Ven, felino dijo Bocagrande, iremos a buscar a Croafuerte, es una rana muy sabia y nos dirá lo que debemos hacer para eliminar a esos molestos ratones que han traído tristeza a tu corazón.

Acompañados por dos ranas, Adoracieno y Fangosa, Bocagrande y el gato atravesaron un terreno boscoso cubierto de cañas, juncos y abundantes hojas de malva.  A los pocos minutos unos estruendosos sonidos remecían las ramas más delgadas y las hojas más tenues de los árboles: era el croar de un gran número de ranas anunciando la llegada de unos intrusos a los linderos de Croafuerte.

Los recién llegados fueron recibidos por un enorme sapo que se hacía llamar BocadeGlobo.  Su piel era áspera y seca, su cuerpo rechoncho y lleno de verrugas y los ojos saltones a cada lado de su robusta cabeza, llamaron la atención del gato quien recibió una inspección ocular minuciosa por parte de BocadeGlobo.

El sapo les informó que debían esperar la noche para ver a la reina Croafuerte pues, ésta se hallaba descansando.

Vive oculta entre las piedras durante el día y sólo sale por la noche a devorar gran cantidad de insectos, gusanos y moluscos, concluyó BocadeGlobo.

Habituado a dormir durante el día. El felino no pudo pegar los ojos ante aquel interminable coro de ranas que no cesaba de croar.  Al entrar la tarde, e invadido por el cansancio, el gato se quedó dormido a la ribera de un estanque.

III

La luna, aquella noche despejada de nubes, lucía más bellas que nunca.

De todos los rincones del estero asomaron un gran número de ranas.  Hasta las ranas arborícolas descendieron de los árboles con las bolsas bucales infladas listas para croar.  El gato, tranquilo y cauteloso, parecía haberse acostumbrado a aquel coro de batracios que tan bien lo habían acogido.

Perseguida por numerosas ranas.  Croafuerte apareció de entre las hojas que cubrían gran parte del estanque.  Su cuerpo era largado y esbelto, cubierto por una piel lisa y resbaladiza.  De inmediato y luego de escuchar el asunto que BoacadeGlobo se traía entre patas, la reina Croafuerte hizo un recuento del perjuicio que los ratones en otro tiempo habían ocasionado a las ranas.

-Roer es el bien supremo de esos asquerosos animales, dijo la reina refiriéndose a los ratones. Son muy traicioneros pero tantos, por eso muchos de ellos terminaban sus días en ese ligneo armadijo que los humanos llaman ratonera.  Pero. Cuidado, pues, son muy rápidos y saben organizarse muy bien para cometer sus fechorías.
Por donde pasan toda queda raído y agujereado.  Siempre van en dos grupos.  Muchas lunas hacen que vinieron por estos lares a posesionarse de nuestros estanques, a pesar de ser animales de tierra.

Aquella pérfida incursión bastó para demostrar que la ambición de esos bichos no tiene límites y que siempre están dispuestos a todo para lograr sus viles metas.

-Tú sabiduría es admirable, Croafuerte, dijo Bocagrande bus ando en ese halago ganarse a la reina para su causa.

-Todo se lo debo a Homero, aquel poeta griego quien sabiamente contó el bélico tumulto que se armó entre ranas y ratones.  De sus labios brotó aquel espectáculo horrendo que ensangrentó las aguas de la laguna y sus riberas.  Hasta el cielo se tiño del ardiente rojo que brotó de los cuerpos mutilados de ranas y ratones. Y hay que decirlo, porque la ingratitud sería mala compañera para el destino d e las ranas en este mundo, que de no haber sido por la ayuda del gran Zeus, cuyo rayo vengador descendió del celestial Olimpo, los ratones habrían acabado con el ranal que habitaban nuestros ancestros, concluyó la rana con los ojos humedecidos por las lágrimas.

-Tengo entendido que fueron unos animales de marcha oblicua y provistos de fuertes pinzas quienes socorrieron a las ranas dijo Adoracieno, quien escuchaba con atención la narración de Croafuerte.

-Así es, dijo la reina, eran unos acorazados de fuertes carapachos convocas guarnecidas de mandíbulas potentes con las cuales cortaron colas, pies y manos de ratones por doquier.  Se llamaban cangrejos y a ellos las ranas deben agradecer lo mismo que al poderoso Zeus.

La reina comenzó a croar pidiendo que sirvieran algunos bocadillos para agasajar a los visitantes.  El gato se abstuvo de probar aquellos majares cuya base era todo tipo de insectos, incluyendo algunos pececillos y lagartijas Bocagrande, Fangosa y Adoracieno comieron sin ningún empacho.

Toda la noche se la pasaron los batracios y el gato planificando la manera de poner fin a la incursión de los roedores en la casa donde vivía el minino.  Llegada el alba, toda conversación había concluido.  El plan estaba listo y era sumamente efectivo.

Ni un roedor quedaría con vida.  El gato se lamió los bigotes de contento, pues, de solo pensar que Roequeso y Robatodo, Labraagujeros, Aserradera, Ratóngordo y todos esos bandidos de cola larga tenían sus horas contadas, lo hizo pensar que tan  largo viaje había  rendido sus frutos.  Luego de comer unos pescados dorados que había logrado atrapar en un riachuelo, el felino se echó a descansar, pues, el viaje de regreso sería agotador y había que guardar fuerza para enfrenar a sus ponzoñosos enemigos.

En sus sueños resonaron las últimas palabras que había dicho Croafuerte: Hacemos esta guerra nuestra, porque si bien los hombres han cambiado, los enemigos siguen siendo los mismos.

IV

Mientras tanto, por el lado de los ratones, estos se habían apoderado de gran parte de la casa la cual, libre del gato, se había convertido en tierra de todo aquel que tuviera bigotes, cola larga y dientes fuertes par roer, papel, madera, queso, pan, semillas, trigo, todo, todo pasaba por los dientes filudos de los ratones, cuyo apetito voraz no tenía parangón.

El anciano estaba como loco, pues, las trampas no surtían efecto ya que los ratones habían encontrado un medio de evadirlas, lanzando amasijos en el lugar preciso donde el viejo colocaba la carnada.  Una vez accionada e inutilizada la trapa, Cometrigo, Bigotes y Orejagrande, se encargan de juntar la carnada en una bolsa que luego transportaban hasta sus escondrijos.

Una mañana, el Sumorratuno llamó a Roequeso y le dijo que era urgente tomar medidas más drásticas para arrojar al viejo de la casa, pues, pronto vendrían otros ratones y se haría necesario copar el segundo piso para albérgalos y que mientras el anciano permaneciera en dicho ambiente eso se haría muy difícil.

Roequeso encargó a Dienteroído y Taladrapisos roer las escaleras que conducían a la segunda planta para que el inoportuno anciano no pudiera trasladarse de una planta a otra.

-Les doy esta importante comisión, pues, confío plenamente en vuestros poderosos incisivos, les dijo Roequeso.
A partir de ese día los peldaños fueron perdiendo consistencia, poniendo en serio riesgo la vida del anciano comerciante.  Pero yo por esos días el felino y sus amigos los batracios habían regresado y el plan de contraataque del gato estaba listo para comenzar.

Conocedores de que el anciano acostumbraba diariamente navegar sobre la laguna, fueron Juncalero y Ranaflaca los encargado s de presentarse con el fin de atraer la atención de los ratones.  Fue tal el alboroto que armaron Juncalero y Ranaflaca que los roedores no tardaron en asomar sus hocicos por puertas y ventanas.

-¿Qué quieren? Dijo la voz chillona de Ratóngordo.

-Queremos quejarnos, pues, somos víctimas del hombre que habita en esta casa, que con su bote y sus remos perturba la tranquilidad de nuestras tardes.

-¡Bah! Y eso a nosotros que nos importa, hipó la voz de Oliscón, ya nosotros tenemos nuestros problemas con él como para que nos preocupemos de los vuestros.  Así que será mejor que se larguen antes de que nosotros los echemos.

-Que pena que no dispongamos de buenos dientes como para roer la embarcación del viejo y echarlo a pique  para que se ahogue, dijo Ranaflaca.

-Sí, tienes corazón amigo dijo el sapo Juncalero, de ser así nuestro plan no fallaría, pero en fin, será mejor que nos marchemos pues, pronto oscurecerá.

Cuando ya los batracios se habían internado en el bosque, un grupo de ratones encabezados por Sumoratuno les dio alcance.
               
-Unos momentos amigos, dijo el líder de los ratones, dice Oliscón que tienen un plan para deshacerte del anciano que tanto lo inoportuna.

V

Entrada la tarde un grupo de ratones entre los que se encontraban Taladrapisos, Aserradero, Colilarga, Bigote y Roequeso, llegaron hasta la laguna donde el bote del viejo se hallaba varado.  Allí los esperaban, según lo acordado el día anterior, una comitiva de ranas y sapos encabezados por BocadeGlobo.
-Bueno, amigos dijo Roequeso, según ustedes tienen un plan para acabar con ese viejo inoportuno, pues bien estamos dispuestos a unir nuestras fuerzas con la de ustedes para solucionar un problema queso aqueja a ambos por igual.  Queremos que sepan que los ratones somos ciento por ciento efectivos, somos animales muy organizados y unidos, prueba de ello es que no hace mucho tiempo, logramos arrojar de la casa nuestro enemigo ancestral el gato.  Ese fue nuestro primer paso hacia la conquista de la casa, el segundo y definitivo golpe se lo hemos de dar al viejo.

-Pero veo que no han podido con él, interrumpió Hinchaboca.

Colalarga lo miró con desprecio y Taladrapisos trató de darle una mordida pero la oportuna intervención de Roequeso fue crucial.

-No seas estúpido le dijo Roequeso a Taladrapisos en voz muy baja, no ves que sin estas tontas no podremos deshacernos del viejo.  Descánsame esos diente, muchacho, ya tendrás la oportunidad de clavarlos en las canillas de esas ranas.

Roequeso retomó el hilo del asunto.
-Hemos raído su cama, destruido la escalera, y una serie de incursiones más, pero hasta ahora todo ha sido inútil.  Ese viejo es muy testarudo, dijo el ratón bastante contrariado.

-No se preocupen, dijo BocadeGlobo, nosotros también nos hemos ido de bruces en todos nuestros intentos por hundir esta embarcación, pero bueno, escuchen cuál es nuestro plan.

Las diez orejas ratoniles pusiéronse en alerta.

El plan consiste en roer la embarcación cuando el viejo se encuentre en medio de la laguna y ese trabajo lo harán ustedes, dijo Fangosa.

Los ratones cruzaron miradas desconcertadas.

-Y cómo diablos lograremos roer el bote, acaso olvidan que nosotros no somos animales acuáticos, dijo Bigote.

-Eso no será problema, nosotros los llevaremos sobre nuestras espaldas a través del agua y permaneceremos cerca al bote todo el tiempo que sea necesario para que ustedes puedan hacer su trabajo.
Los ratones seguían desconcertados.

-Ven, amigo, le dijo Juncalero a Colilarga, súbete sobre mí, agárrate de mí lo más fuerte que puedas y te demostraré lo fácil que resulta todo.

-Y tú, díjole Adoracieno a Aserradero, ven también para que veas qué placentero será el viaje.

Ambos ratones se negaron a cumplir los requerimientos de los batracios, pero una furibunda mirada de Roequeso bastó para que ambos treparan sobre las ranas en un santiamén.  Luego de dar varias vueltas a la laguna, los ratones se mostraron encontrados con la demostración.

-Trato hecho, amigos, dijo Roequeso muy sonriente.  Mañana por la tarde traeremos un equipo de roedores así que vayan preparando sus espaldas.

Una vez que los ratones se hubieran marchado, Croafuerte y su séquito salieron de entre los juncos acompañados por el felino.  El plan de venganza estaba en marcha y nada podría detener el fin de los roedores. ,  Los ratones habían mordido el anzuelo.

VI

La noche anterior al día convenido, los ratones celebraron consejo.
Actuarían en dos grupos debido a que la madera con que estaba construido el bote del anciano era muy fuerte y difícil de roer.  El primer grupo estaría conformado por Cometrigo, Bigotes, Ratóngordo, Robatodo, Taladrapisos y Oliscón. El segundo, por Colilarga, Orejagrande, Dienteraído, Labraagujeros y Aserradero.

Roequeso comandaría al primer grupo, Dientefuerte al segundo.  El Sumorratuno permanecería en un lugar estratégico cerca de la orilla, de allí dirigiría la operación de hundimiento.  Al día siguiente el viejo comerciante llegó puntual a la cita.  Subió al bote y comenzó a remar.  Ya en el centro de la laguna, dejó los campos y se puso a fumar su pipa, mientras sus ojos acerados contemplaban al cielo límpido de nubes.

Ranas y sapos se colocaron en sus puestos cerca de la ribera.  Los dos grupos, con fácil salto, subieron sobre los lomos de los batracios quienes comenzaron a nadar con suma presteza.

Con gran regocijo los roedores observaban cómo la imagen de Sumoratuno se iba empequeñeciendo a medida que se alejaban de la orilla y se adentraban en la laguna.  Cuando la distancia en que se hallaban las ranas con su pesada carga fue considerada la adecuada, se escuchó un canto gutural.  Era el canto del Croafuerte que parecía provenir d siglos atrás.  De inmediato, los batracios se sumergieron buscando instintivamente el fondo fangoso de la laguna.

Los ratones, sorprendidos, quedaron de espaldas sobre el agua lanzando hipos de angustia.  Los roedores chillaban y chirriaban  buscando algún madero o junco a que aferrarse, pero todo resultaba inútil.  Sólo Ratóngordo y Oliscón permanecían aferrados al cuello de las ranas amenazando asfixiarlas, pero luego de un breve tiempo tuvieron que soltarse y emerger buscando el aire que necesitaban.
Cuando Sumorratuna cayó en la cuenta de que todo no había sido más que una trampa, trató de huir, pero el gato lo tomó desprevenido del cogote.

Las fauces del felino se cerraron lo necesario como para mantener con vida al roedor quien, con profunda congoja, veía a su legión de soldados sucumbir en las aguas tranquilas de aquella laguna donde siglos antes sus ancestros habían estado a punto de acabar con el reino de los batracios.

VII

Cuando el viejo regresó a la casa, ya muy entrada la tarde, encontró al gato que jugaba con un  ya agónico Sumorratuno.  De una mirada somera, el anciano se percató de que no había ratones por ninguna parte.

No cabía otra explicación, había sido el gato el gestor de aquella hazaña.  El anciano, arrepentido, tomó al minino y lo acicaló durante un buen rato.  En pocos días la casa volvió a ser lo que había sido antes: un mar de paz y tranquilidad.

VIII

Una noche estrellada en que la luna se mostraba en todo su esplendor, el gato se asomó a la ventana y escuchó el lejano croar de las ranas.  El viejo dormía plácidamente como en los viejos tiempos.  El croar incesante de aquellos pacíficos animales que lo habían ayudado invadió sus recuerdos.

Dos lágrimas de agradecimiento humedecieron la cara del gato mientras recordaba las palabras de Croafuerte: ¡Oh Dioses! Grande es la hazaña que van a contemplar mis ojos.

Wolfeschanze, 2001.




EL LENGUAJE DE LAS UVAS


“Para Jesús Cabel, incansable difusor de la literatura infantil, con cariño y admiración.


Un hombre muy rico tenía una mujer hermosísima a quien consideraba su mayor riqueza.  Celoso en extremo, el hombre acostumbraba a seguirla a todos lados, llegando incluso a dormir como un perro faldero en la puerta de la alcoba donde ella dormía.

-  Así, si alguien pretende acercarse, se encontrará conmigo y le daré su merecido, solía decir el celoso marido.

El hombre no tardó en sospechar que la mujer lo engañaba con otro hombre, pues, cada vez que comían en el patio de su casa, el cual daba a la calle, la bella mujer pedía a las criadas que le  trajeran tres platos: uno que contenía uvas negras, otro lleno de uvas verdes y un tercero con pasas. El hecho de ir comiéndolas intercaladamente lo llevó a sospechar que en ese ritual había un mensaje que de seguro era descifrado por algún amante furtivo. Luego de consultar a una adivina, ésta le dijo que por una gran suma de dinero se lo diría.

-  Las uvas verdes indican que tu mujer se reunirá con un hombre de día; pero si la reunión se lleva a cabo de noche, tomará uvas negras.

-  ¿Y qué significado tienen las pasas?, preguntó el hombre preocupado e intrigado.

-  Eso indica la hora de la cita, contestó la adivina.

Después de pagar a la adivina, el hombre se marchó a su casa encolerizado y dispuesto a dar muerte a la adúltera. Pero luego cambió de opinión y decidió seguir a la mujer y sorprenderla in fraganti.

Al día siguiente mientras comían en el patio, la mujer mandó pedir sus acostumbradas uvas, las cuales, dicho sea de paso, eran las delicias del marido.

Este hecho lo puso más eufórico. La mujer tomó una uva negra y diez pasas, las cuales engulló con fruición. El celoso marido tomó rápida nota del mensaje, “De noche a las diez” se dijo. “Ahí estaré y arreglaré cuentas con los dos”.

Como era de esperar, el hombre no pegó un ojo durante varias horas hasta que sintió levantarse a la mujer con mucha cautela, como para no despertarlo. Luego de seguirla por varias calles, la vio entrar en una casa que a los pocos minutos se vio iluminada con una vela. El hombre extrajo un cuchillo del delantal que llevaba puesto y esperó unos minutos a que los amantes estuvieran cómodos.

Cuando el marido forzó la puerta encontró a la mujer hablando con un anciano que tenía tres cestos; uno lleno con uvas verdes, otro con uvas negras y el tercero con pasas.

-  No, no me mate por favor, si quiere, llévese la fruta, pero no me haga daño se lo suplico.

El marido quedó estupefacto, pues, pensaba encontrar a su bella mujer con otro hombre. No tardó la esposa del celoso en darse cuenta de lo sucedido.
-  Así que pensabas que te estaba engañando. Tienes la mente sucia.

Luego de las explicaciones del caso, el hombre se enteró que la mujer compraba uvas y pasas de contrabando, “Ah ya entiendo, cuatro verdes, eran cuatro kilos, tres negras, tres kilos, seis pasas, seis kilos”, dijo el marido muy sonriente.

Al poco tiempo la mujer se enamoró de otro hombre y usó, gracias a los celos de su marido, aquel lenguaje de uvas y pasas.

-  ¡Qué idea más original se te ha ocurrido, querida!, le decía el amante a la mujer.

El marido dejó los celos de lado y vivió feliz con su ración de uvas.



LOS SUEÑOS DE LAS BRUJAS


“Hay sabios que sostienen que se debe dejar que el pueblo tenga supersticiones, como a los niños les dejan los andadores, porque en todos los tiempos fue aficionado a los prodigios, a los que dicen la buenaventura, a las peregrinaciones y a los charlatanes.”
Voltaire “Diccionario Filosófico”


Dicen que cuando el rey Arturo no podía conciliar el sueño como consecuencia de las largas y agotadoras jornadas, mandaba llamar a Yorick, su bufón, para que le contara alguna historia.

- Que esta narración sea larga, pues, no creo que pueda dormirme con esos breves cuentos cacharreros a los que me tienes acostumbrado, dijo el rey.

Vivía en un país extraño un rey muy aficionado a la bebida y a las mujeres de vida mundana comenzó a contar el bufón, de ahí que la reina pasara gran parte de su tiempo conversando con todas las brujas de los alrededores buscando una cura para tan disipado marido.  Enterado de las intenciones de su mujer, el rey se las arregló para alejarla del reino durante un tiempo, el tiempo prudente como para llevar a cabo su plan.

El soberano encargó a sus hombres de confianza que desperdigaran la noticia de que estaba sumamente preocupado por su salud y, que por ello, convocaban a las brujas para que lo pusieran al tanto de su destino.

Las joyas que el rey pondrá en vuestras manos como recompensa os hará muy ricas”, decían los pregoneros en todos los pueblos y villorrios del reino. Como era de esperar, las brujas acudieron en tropel, pero el chambelán del rey se encargó de seleccionar sólo a las que visitaban a la reina.

A esas arpías las quiero frente a mí para escuchar sus sandeces”, había dicho el soberano.

Estas mujeres gozaban de gran popularidad entre la gente por sus dones brujescos.  Ahorcaban gallinas negras en sus ritos satánicos y hacían todo tipo de piruetas con alguna cabra loca para demostrar la grandeza de su poder.

La primera en presentarse ante el rey fue una mujer vieja y fea llamada Abigail:

Un sapo verrugoso
croa en la luna llena,
y un lobo melindroso
se sumerge en las aguas
de un mar tempestuoso.

Si Abigail trató de impresionar al rey con sus conjuros no lo logró.  El monarca al ver aquel rostro sucio, feo y picado por la viruela, creyó tener una idea de cómo debían ser los sapos verrugosos.

-   Aquí estoy majestad, trayéndole mi ciencia.

El soberano como toda respuesta, estiró el brazo.  La mujer tomó esa mano áspera y fuerte y quedó de inmediato maravillada por los anillos de oro engastados con piedras preciosas que los adornaba.

-  He tenido un sueño, dijo abriendo los ojos con asombro.  En tu mano veo agua, mi señor.

El rey la miró como quien mira una cucaracha antes de pisarla.

-  Así que ves agua no, mucha agua seguro
La bruja bajando la mirada asintió con humildad.

-Pues bien ahora verás más que la que has visto en toda tu vida.
Dicho esto, el rey ordenó que la metieran de cabeza en un tonel de agua.

-Y tapen bien el tonel, no vaya a ser que se escape.

Luego llegó Noemí, una mujer muy charlatana que no cesaba de mover las manos mientras hablaba.  Sus ojos celestes, su sórdida mirada y sus cabellos argentinos, no hicieron impacto alguno en el rey, quien se mostraba seguro de sí mismo.

Noemí dijo haber tenido un sueño y, como si estuviera en trance, gritó:

¡Ella está ensuciando mi nombre
en el pueblo! ¡Anda diciendo
mentiras de mí!  ¡Es una mujer
fría y llorona, y tú te sometes
a ella!  Deja que te convierta.

El rey se dio cuenta que la bruja se estaba refiriendo a Casia, una joven mujer con la cual  pasaba algunas noches a espaldas de la reina en una cabaña que Casia tenía al pie del lago.

La reina debe haberle contado algo”, pensó el monarca.
Luego Noemí tomó la mano del rey y le dijo:

-En tu mano veo...  veo...  veo fuego, y quedó en silencio esperando su recompensa.

El rey carraspeó ligeramente y  luego dijo:

-Así que ves fuego, no.

-Sí mi señor, dijo la bruja solemnemente doblando la cerviz.

-Bien, muy bien.  Ahora tú también sentirás las llamas tan cerca que podrás percibir el olor de tu cuerpo cuando se calcine en ellas.
De inmediato el monarca mandó hacer una hoguera en donde sólo quedaron un cráneo pelado y un poco de cenizas que el viento vespertino se encargó de esparcir.
La última en ingresar a los aposentos del rey fue Hécate, una bruja joven y hermosa, quien llevaba un collar con cuentas de alabastro.

Se paró frente al rey y sin medir palabra alguna, la arpía comenzó a gritar:

Giremos en torno de la ancha  caldera,
y cuaje  los filtros la roja lumbrera.
Oculto alacrán que en las peñas sombrías
sudaste veneno los treinta y un días.
Sé tú quien se cueza de todos primero
al fuego del bodrio que dora el caldero.

El rey no parecía impresionado, por lo que Hécate continuó en lo suyo.

-Veo, veo, veo, veo, veo... 

-¿Qué ves?, preguntó el rey mostrando gran interés

-Veo, tierra, mucha tierra.

Mucha, estás segura, dijo el rey.

-Que me entierren viva si miento, contestó la bruja con firmeza.
El rey  lanzó una sonora carcajada que sacó a la bruja de sus casillas.

-Ahora tú verás mucho más, tanta que no podrás ni abrir los ojos.

La bruja, por orden del soberano, fue enterrada viva.

Tanta cháchara abrió el apetito del rey quien antes de irse a tomar una siesta, decidió comer algo de fruta.

-Majestad, hay una bruja más que espera ser recibida.

El rey titubeó un momento, pero luego, algo fastidiado, ordenó que la hicieran pasar.

-Bueno, sigamos con la tontería.

La bruja, una muchachita delgada y de rostro angelical, tomó las manos del rey y acariciando sus dedos con delicadeza recitó:

El uno trueca en diez,
con la mayor sencillez
restas el dos y el tres luego
y ya vas ganando el juego
sumas el cuatro al instante:
das un brinco
y divides lo restante
por el cinco;
el seis en un repiquete
queda convertido en siete
pero va el ocho delante
y trocando el nueve en uno,
queda el diez hecho ninguno
y ésta es la peregrina
cábala de la Madre Celestina.

Aquellos versos agradaron al rey quien se mostró complacido.  El rey tomó una manzana de una bandeja de plata y la frotó en su toga.

-¿Cómo te llamas muchacha?

-Angélica, mi señor
-¿Y qué ves en mis manos?

La muchacha abrió los ojos y quedó aterrada.  El mordisco que el rey iba a dar a la manzana quedó en suspenso.

-Dime, muchacha del demonio, qué ves, inquirió el rey amenazadoramente.

-¿Gusanos?  Esto ya es el colmo, dijo el rey, una de tus amigas ve agua, otra ve fuego, otra ve tierra y ahora tú ves gusanos.  Esto sí que es divertido.

El rey creyó que  había llegado el momento de poner fin a aquella insólita jornada.

A estas brujas se les da hilo y quieren el carrete”, pensó.  El monarca ya se disponía a dar la orden para que Angélica fuera colgada del primer manzano que  se encontrara pero, al dar un mordisco a su manzana, quedó petrificado al ver que un gusano contorneaba su cuerpo buscando liberarlo de aquella opresión.

Vaya! Esto sí que tiene sentido, dijo el soberano ante el asombro de su comitiva que se hallaba presente.

Córcholis! Gritó.  Ese vaticinio significa que se agusanarán mis manzanas, mis perales, mis nogales, todo lo que poseo.  Aquí en mi mano está la prueba, concluyó el rey mostrando a todos la manzana agusanada.

El monarca dispuso que se tomaran las medidas preventivas para combatir la plaga de gusanos.  La bruja Angélica abandonó el castillo llevándose unas monedas en vez de las joyas que la harían muy rica.

-¡Bah!  Qué importa, bien sabía que este miserable me daría sólo unos mendrugos, total, para cuatro estupideces que le he metido en la cabezota, bien pagada estoy.

***

Tiempo después regresó la reina y todo volvió a su ritmo normal: ella a sus brujas y el rey a sus borracheras y  a las escapadas a la cabaña de su amante.  Una noche en que el monarca y Casia disfrutaban de una noche de luna, el rey sumamente embriagado, dejó caer un cabo de vela que de inmediato encendió unas cortinas.

Propagado el fuego, ninguno de los dos pudo evitar que las llamas las envolvieran.  En desesperación el rey se lanzó por la ventana cayendo en el lago.  De la cabaña y de Casia no quedó nada.

Con su caída el rey evitó morir quemado, pero las quemaduras no lo libraron de la muerte.  El día de los funerales, casas y ventanas estuvieron adornadas con escudos y banderas flotantes en señal de duelo.

Arcos agrietados, torreones y almenas derruidas y cubiertas de hierba, eran los mudos testigos del paso del féretro del rey a su última morada.  El discurso de la reina fue breve, dejando entrever que no lamentaba la muerte del difunto.  Así lo atestiguaba el epitafio que mandó colocar sobre la tumba.

Ave habituada a anidar
en nido ajeno, el rey
ha muerto lejos de su lecho.
No gastemos vanas lágrimas
que en nada ha de cambiar
lo que está hecho,
y demos paso a los gusanos
para darse un gusto.

Después que el último puñado de tierra cubrió los restos del rey, muchos comprendieron que los sueños de las brujas habían sido acertados.

Fuego, agua, tierra y gusanos se habían unido en un siniestro aquelarre para enviar al rey a mejor vida.

***
Los ronquidos del rey Arturo sacaron a Yorick de su ensueño.  La habitación estaba invadida de una tenue luz.  A duras penas el bufón vio que junto a la cama del soberano había una roja manzana.  La tomó, le dio un mordisco, la sintió suave y blanda.

Dio una mirada al rey y se marchó.  El rey Arturo soñó aquella noche con la tierra fértil de sus dominios, con el agua de las lluvias que regaban sus campos, con el fuego que devoraba su corazón por el amor que le profesaba a la reina, y con los gusanos de la manzana que no pudo comer y que había dejado sobre la mesa de noche.

Wolfeschanze, agosto 28 de 2001.





PIGMALIÓN

Cuando quieras conspirar, conspirar con las estatuas.
German Lequerica.

I

Cuando lo encontraron, tumbado sobre unos montículos de desechos, estaba tan ebrio que balbuceaba frases incoherentes. Es Pigmalión, dijo un viejo que en otro tiempo había sido su ayudante en el taller de La Trastienda. ¿El escultor?, quiere hacerme creer que este borracho es quien esculpió la Donna, dijo contrariado un rico comerciante de joyas que pasaba por ahí. Pigmalión fue llevado hasta su tienda. Allí, entre trozos de mármoles, piquetas, cuezos y fratas, fue colocado en la  litera desvencijada donde había maldormido los últimos cinco años. La casera le colocó un apósito para controlarle lo que parecía ser un proceso febril que lo traía maltrecho. Este hombre está casi muerto, dijo el facultativo que, a petición de una muchacha que atendía al escultor en ciertas ocasiones, había sido llamado al lecho del enfermo. Un rumor de voces como mariposas que revoloteaban en el aire enrarecido y denso de La Trastienda llegaban a oídos del desvalido, quien, con los ojos medio cerrados, hubiera querido contradecir las palabras de la casera,  quien no ha amado no encuentra razón para vivir, este hombre tiene el corazón más duro que esos bloques de mármol en que ha trabajado tantos años, dijo la mujer con cierto reproche. ¡Qué sabe ella!,  pensó Pigmalión. Es mi alma la que se halla herida y enferma.

Sobre una palmatoria la muchacha colocó una vela y la casera colgó un crucifijo al pie de la litera. Ya me están velando como si los gusanos estuvieran dando cuenta de mí, pensó Pigmalión, quien aún permanecía con los ojos abiertos, con la mirada enclavada en el techo de escayola que él mismo había construido para que la luz que entraba por los tragaluces diera más luminosidad al ambiente. Pensó con nostalgia en su pasada juventud y en su etapa de aprendizaje a órdenes de mediocres arquitectos y escultores medianejos; sentía por ellos sólo un profundo desprecio. Había pulido miradores en las azoteas de algunos edificios, había recorrido un cúmulo de casas donde, revueltos con lo moderno y antiguo, se empinaban con mal gusto partenones enanos, imitaciones de templos griegos, villas romanas entre mastranzos y mastuerzos, cuyos cornisamentos eran sostenidos por columnatas roídas por la lluvia y el viento. Había transitado por caminos de lajas, galerías, avenidas; había reparado acantos, volutas, cariátides y hermas desorejadas; había diseñado capiteles, buhardas, caballetes, péndolas, jabalcones y hasta en varias oportunidades y casi con resistencia, arriates y parterres, para beneplácito de familias adineradas. Pero a pesar de todo, al cabo de un tiempo, sería esta experiencia con sus altos y bajos, con sus labores, a veces monótonas y sin sentido, frutos del capricho de algún creso ricachón o una estirada damisela de sociedad, de esas de peluca rojirubia y postiza, la que le daría la destreza y la firmeza en el uso del martillo y el cincel, la sapiencia táctil para saber que un mármol tenía la solidez y la pureza que se necesita para emprender una obra magna, la entereza carácter para imponer sus decisiones, para aceptar o no  un trabajo así tuviera frente a sí una buena paga. El facultativo se marchó, no sin antes aconsejar a la casera, de que fuera encargando un ataúd, pues, este pobre infeliz no verá el amanecer, se lo aseguro, Señora, he visto tantos casos como éste que no creo equivocarme. La casera soltó unos lagrimones que secó con su delantal. Nadie se había percatado que Pigmalión era consciente de todo lo que se hacía y se decía a su alrededor. Tomó las palabras del médico como una burla más de las que había recibido en su vida. Una voz que salía de lo más profundo de su conciencia parecía gritarle un recordatorio, ahora que se encontraba tan indefenso. De ti se mofaron, Pigmalión, los niños que como tú asistieron a la escuela pública, de ti hicieron burlas las niñas, a costa de tus piernas estevadas y de la corvadura anómala de tu columna vertebral; de ti nacieron los ayes con que respondía tu cuerpo a los azotes que tu padre te inflingía por tus malas calificaciones sin preguntarse porqué no te gustaba la escuela; de ti nacieron las lágrimas con que consolabas a tu madre por los deslices nocturnos de tu padre; de ti, después de todo, nacería esa necesidad de beber cuando descubriste que el recuerdo del amor era otra de las formas que tenía el querer, más entrañable, más sublime, más sufrible.  Cámbiale la venda de la frente, dijo la casera a la muchacha que atendía a Pigmalión en ciertas ocasiones. Para entretenerse, las mujeres tomaron unas telas que la casera había comprado de ocasión e idearon una serie de blusas, cofias y delantales buscando renovar sus raídas prendas. De vez en cuando dirigían una mirada al escultor para cómo marchaba su respiración que, de agitada, se había tornado más estable. Pigmalión dirigió una mirada a una esquina de la habitación en donde cúmulos de trozos de mármol le recordaron que días atrás allí había estado la estatua de una mujer hermosa que él había amado. Él, que siempre había repudiado a la mujer por considerarla liviana y débil, había cedido a la tentación de amar a una de ellas. Galatea, musitó y se quedó dormido.


II

Ya a los treinta y cinco años Pigmalión disfrutaba de ingresos que le permitían vivir holgadamente; había comprado La Trastienda donde instaló un taller bien acondicionado, allí almacenaba, en un patio trasero, los bloques de mármol que encargaba a un marmolista de las canteras de Carrara: los había blancos, negruzcos, rosados, amarillentos, azulados, grisáceos, veteados, verdosos y jaspeados, todos clasificados según la facilidad de su pulimento o por el alto o bajo grado de impureza. Se había vuelto un experto en mármoles y por ello su clientela había ido en aumento. Siempre se caracterizó por ser un hombre audaz, de ahí que cuando el conde Blotte, ya achacoso, octogenario y viviendo de otroras hazañas ecuestres le encargó esculpir un caballo con el cual quería adornar el jardín principal de su nuevo palacete,  Pigmalión aceptó el invite sin remilgo alguno. Cuando comenzó a hacer los planos y diseños del caballo descubrió que la tarea no sería nada fácil, que animal más complicado, pensó. Todas las mañanas iba a los mercados, plazas o ferias y, sentado en algún lugar estratégico, observaba cuanto caballo pasaba por ahí. Estudió los movimientos, cuando halaban carruajes, cuando iban montados, cuando arrastraban con sumo esfuerzo las carretas de las verduras y legumbres que iban a los emporios de abasto. No hubo penco, jamelgo, corcel, jaco, alazán o matalón que pasara inadvertido a su ojo avizor. Tomaba notas en pequeños papeles de estraza, los cuales cortaba cuidando que fueran del mismo tamaño y que colocaba con sumo cuidado en el bolsillo de su guardapolvo. Dibujaba las cabezas enjaezadas, las largas y vistosas crines, los belfos, los remos, las orejas, la grupa, el doblez del corvejón, el movimiento de la cola y el maslo, nada, pensaba, debe dejarse de lado, yo le demostraré a ese conde ricachón que poco me importa su dinero, y que Pigmalión no es ningún escultor de poca monta.

****

Pigmalión era poco de conversar, pero cuando estaba con varios tragos bajo el gaznate, podía hablar durante varias horas y, sobre todo, ser muy corrosivo, las frases más vitriólicas afloraban de sus labios cuando alguien lo provocaba. Cierta vez un joven pintor dijo que la pintura era un arte más sublime que la escultura. “Muérdete la lengua, sucia, arpía”, le contestó Pigmalión. Una estatua se ofrece por todos lados a la mirada, en cambio tus pinturas en todo momento presentan el mismo rastro palpitante, pero siempre del mismo lado. El muchacho quedó consternado y se marchó sin proferir palabra alguna. Su palabra bullía, cuando se veía atacado, como la lava en el fondo del cráter de un volcán. Cuanto más negra era la sombra de las agresiones de los enemigos, más brillantes eran las luces de su entendimiento para combatirlos. Cuando estaba pasado de tragos en compañía de Gomuccio, solía dispararse en críticas hacia las mujeres; nadie sabía de su acérrima misoginia.

-    Ya estas cerca de los cincuenta, Pigmalión, no crees que es hora que dejes tus perjuicios y pienses en una compañera, la vejez suele traernos ciertos achaques y necesitamos a alguien cerca que nos asista, dijo Gomuccio, buscando convencer al amigo a quien tanto quería y respetaba.

Pigmalión apuró otro vaso de vino y masculló algo que Gomuccio no percibió. La gente se casa con la idea de que será para siempre, amigo mío, como impulsados a cumplir con una ley que impone la procreación; pero cuando tienen sobre sí los deberes conyugales se sienten abrumados y van perdiendo poco a poco la atracción y el entusiasmo ¿Y qué les queda? Pues, nada. Después de un encuentro sexual cada uno vuelve a su soledad, repudiando el ardor que los impulsó el uno hacia el otro y que los vuelve a comprometer en una relación conyugal que han empezado a  detestar. Sus soledades son como dos líneas paralelas condenadas a nunca juntarse.

Gomuccio pidió unas salchichas ahumadas, es bueno ponerle algo al estómago cuando se bebe, no crees, Pigmalión. El escultor no contestó, se hallaba sumergido en sus pensamientos, mi soledad es mi religión, pensaba para sí mismo. Yo no necesito de otro para alcanzar la felicidad, se que anida en mí mismo, pero me aterra el pensar si tendré la inteligencia y la perseverancia para alcanzarla.

-    Come algo, vamos, no seas testarudo, dijo Gomuccio.

Pigmalión miró el plato de peltre, unas salchichas nadaban en un fondo grasiento, apartó el plato y bebió un sorbo de vino. Mira a ese infeliz; le dijo a Gomuccio. Uno de sus más enconados críticos, Giácomo de Luppi, entró en la taberna, dos jovenzuelos lo seguían como perros al amo. Ese canalla no ha clavado ni una escarpia en su casa y no pierde oportunidad para difamarme.
-    Será mejor que nos vayamos, dijo Gomuccio tratando de evitar un encuentro virulento entre Luppi y Pigmalión.

Pigmalión, como nunca, se dejó llevar.

***

Al ver a su amigo tendido, inconsciente, envejecido prematuramente por el alcohol, Gomuccio se sintió abatido. La casera le limpiaba el sudor del rostro con una gasa, la cual mojaba en un aguamanil que de vez en cuando llenaba de agua hervida que extraía de una marmita.

-   ¿Desde cuándo está así?, interrogó Gomuccio.

-   Desde hace tres días, sólo musita unas palabras y después vuelve a dormir, con la muchacha nos turnamos para atenderlo, es buena chica, muy honorable, dijo la casera.


Gomuccio observó a la muchacha que atendía a Pigmalión en ciertas ocasiones. Era bastante joven, tenía ojos azules, piel rosada salpicada por algunas pecas, cabello rubio ondulado y unas manos tan blancas que parecían de mármol. Gomuccio se acercó al enfermo y las mujeres se retiraron a un rincón a seguir con sus labores. Gomuccio vio las manos de su amigo, azuladas y huesudas, como las de un cadáver, pensó. Miró el rincón donde el montón de trozos de mármol le hizo recordar la estatua de la bella mujer que Pigmalión había creado y, de la cual, parecía que el escultor se había enamorado. ¿Sería cierto lo que se rumoreaba de que la escultura había cobrado vida y que ese había sido el motivo por el cual se había vuelto “loco”?, pensó Gomuccio. Si fuera así, me siento culpable de ello, musitó al oído del enfermo.

-   Vamos, bebe otro trago, Gomuccio, hoy es un buen día, me siento muy contento; tú eres el causante de ello, gritó Pigmalión pidiendo otra garrafa de vino.

Estaban en la taberna. Te acuerdas, Gomuccio, que me dijiste que si tanto hablaba de las mujeres, porque mejor no esculpía una, a ver si así lograba crear un ser perfecto, pues, te aseguro que ya lo he logrado, y vaya que si es perfecta, todo un ángel venido del mismo cielo.

Gomuccio río. No creía en lo que decía Pigmalión, y atribuía sus palabras a una de sus bromas. Que lejos estaba Gomuccio de la verdad. Aquel hombre que siempre había dicho que sólo le bastaba su arte de vivir, había esculpido en secreto una estatua a la cual consagró todo su genio.

 O bien no pudo desechar de su mente tan fácilmente como de su vida aquello que desaprobaba, o bien se dedicó a formar una mujer perfecta para demostrar a los hombres las deficiencias de aquellas con la cuales debían conformarse. Sea lo que sea, trabajó en su estatua día y noche, afanosamente, y creo, al fin, la más exquisita obra de arte. Sería sólo para mí, dijo cuando la terminó, no dejare nunca que nadie la vea. Cada mañana, al despertar, acercaba un sillón a la escultura y permanecía observándola, extasiado. Te llamarás Galatea, dijo, porque quien hasta ahora no ha sido capaz de imaginar una belleza como la tuya, ha debido tener un solo ojo, como el cíclope Polifemo que amó a aquella muchacha llamada Galatea. Y con ese hombre la invocaba en sus sueños, y con ese nombre imaginaba acrósticos que escribía en pequeños papeles que luego rompía lleno de rubor, como un niño descubierto en una travesura inocente y trivial, y con ese nombre inmortalizaría a una de las obras de arte más grande de su tiempo, y con ese nombre, balbuciente y maravillado cerraría los ojos a ese mundo que tanto había despreciado desde niño.

Una mañana, Pigmalión, colocado frente a la estatua, cómodamente en su sillón bebiendo una tisana, observó la figura detenidamente. Es maravillosa, dijo, pero no estoy satisfecho. Es tan blanca como las hojas de alheña, más alta que el quejigo, más brillante que el cristal, pero sé que puedo hacerla más hermosa. Y así fue, pues, Pigmalión continuó modelándola y bajo las destrezas de sus manos la escultura fue ganando cada día más belleza. El rostro terminó siendo el de una verdadera doncella, tan vivaz, que cualquiera que la hubiese visto hubiera pensado que estaba viva y que si no se lo impidiese su pudor, se movería. Los días que siguieron al último golpe sobre el mármol, fueron de plena contemplación. Estos no han sido golpes abruptos, dijo una mañana mientras tomaba el martillo, ni demoledores, como esos que nos llenan de sobresaltos como una roca que desde la cima de una montaña cae estruendosamente. No, estos han sido golpes hechos con amor para crearte a ti, amada mía.

Estas últimas palabras lo sobresaltaron, la había llamado amada con tanta intimidad que sintió horror, él, que había despreciado a las mujeres desde siempre, ahora se sentía enamorado. Salió presuroso de La Trastienda, necesitaba un trago para calmar su excitación.

III

El médico volvió a los cinco días a verlo. La casera, preocupada porque le era casi imposible darle alimento alguno, mandó a la muchacha que atendía a Pigmalión en ciertas ocasiones a buscarlo.

-   No come, doctor, está más flaco que un gusano, si ya hasta huele a muerto, dijo la mujer.

 El médico le lanzó una mirada reprobatoria. La mujer sólo atinó a arreglarse la cofia como si ese fuera el motivo de tan dura mirada. El médico le examinó los ojos, la boca, el pecho, a cada examen seguía un movimiento de cabeza, claro síntoma de que las cosas iban por mal camino. El médico tomó un libro que estaba en la mesa de noche, era el que había llevado para leerle algo al enfermo. Siempre fue un buen lector, dijo la muchacha que atendía a Pigmalión en ciertas ocasiones. Mire usted cuántos libros, agregó señalando unos estantes. El médico bebió con las mujeres un caldo de carne y comió unos panecillos recién horneados. Pigmalión, desde su lecho, escuchaba las conversaciones sin poder realizar movimiento alguno, sentía que todo su cuerpo estaba inmovilizado, sólo su pensamiento, sin descanso, seguía activo. Pensó en la escultura destruida. Con la mismas manos que te forje, por amor te destruí, pensó desesperado. Recordó cómo frecuentemente acercaba sus manos a la estatua para comprobar si no era de carne y hueso, recordó como la besaba con la ilusión de que le correspondería, recordó el temor que sentía de sólo pensar que cuando la apretaba fuertemente pudiera quedar sobre aquel cuerpo níveo algún signo cardenalicio, recordó los piropos que con cierto rubor le dirigía, recordó los regalos que día a día le hacía, collares de ámbar, ajorcas de oro con incrustaciones de piedras preciosas, conchas de alabastro, flores, pelotas coloreadas y recordó también los anillos colocados en los dedos, los zarcillos en los pabellones de las orejas, los sombreros de plumas, los vestidos de seda y los collares de perlas en su cuello de cisne.

***

Habían pasado muchas horas desde que había salido de La Trastienda con ese tierno amada mía que aún resonaba en su cabeza. Había comido uno que otro bocadillo, estaba sumamente ebrio. Casi a tumbos abandonó la taberna y llegó a La Trastienda, con dificultad abrió la puerta, encendió una vela de sebo y quedó estupefacto. Frente a él, la escultura de Galatea había cambiado de posición, ya no se mostraba erguida, retadora, en esa posición que sólo las diosas griegas mostraban con soberbia, ahora se hallaba inclinada, con el brazo derecho extendido tratando de tomar un collar de ámbar que se había desprendido de su cuello. Pasó toda la noche en vela, tumbado en la poltrona, observándola detenidamente, la melopea se le había disipado con la impresión. Había una razón para vivir, musitó, mi arte, pero llegaste tú y perturbaste mi vida. Lo que pensó que había sucedido en su imaginación producto de la embriaguez, se confirmó en los días posteriores en que, sin una gota de vino en el cuerpo, la escultura seguía cambiando de posición, cada vez más coqueta, seductora, provocativa, como invitándolo a la locura. Una noche mientras dormía, soñó que había llegado a la fiesta de Venus donde ofrendó algunas novillas, ya frente al altar de la diosa, hizo su petición, “Dioses, si podéis conceder todas las cosas, deseo que Galatea sea mi esposa”. Un ruido lo hizo despertar con sobresalto, encendió la vela y vio a la estatua sentada en la poltrona, mirándolo, luego se escuchó una voz tenue, casi un susurro. No he venido a traerte la felicidad, sino el dolor. De rodillas, Pigmalión besó las manos de la estatua, las sintió tibias, luego besó su boca y también palpo su pecho donde algo latía en su interior. Atónito, ríe como un loco, teme engañarse, una y otras vez el enamorado escultor vuelve a tocar el cuerpo de su deseo. Así fueron transcurriendo los días, él en la cantina, regresando sólo en las noches para ver como la estatua había mudado el lugar, ora echada en la cama, ora erguida frente a una ventana mirando el cielo, ora arrodillada como rezando a algún dios invisible. Todo se volvió una tragicomedia entre Galatea y Pigmalión, en vano la casera y la muchacha que acudía en ciertas ocasiones trataron de entrar a La Trastienda, el escultor se había amurallado. Qué he de hacer, Galatea, para romper tu profundo silencio, dijo Pigmalión ya con las fuerzas abandonadas a su destino. Una tarde besó sus labios seductores, acariciaba sus manos, su rostro, pero seguía siendo una forma fría e inerte. El que calla parece que consiente, pensó. Dónde estaba se preguntaba el escultor esa tibieza de los primeros días, ese latido que brotaba de lo más hondo de su pecho. La tomaba entre sus brazos, la vestía con magníficos brocados, probándole uno después de otro, pasando de un traje de colores delicados a otros brillantes, pero no hallaba respuesta, Nunca llegará, el callar, Galatea, adonde el amor expresado en palabras puede llegar, le dijo casi desesperado. Le empezó a comprar regalos, pajarillos, flores vistosas, lágrimas de ámbar incrustadas en alhajas de plata, pero nada. Si bien callas y con tu silencio no confiesas tu amor, cierto es también que no lo niegas, dijo Pigmalión, ya algo encolerizado.

Llegada la noche la arropaba cuidadosamente, pues, las  éstas se mostraban muy frías. Luego pasaba las horas mirando por la ventana la caída de la lluvia, como adoraba los inviernos, amada estación que cubres el cielo de oscura sombra y turbio velo, musitó, mientras su mano, huesuda y mortecina, sentía las agujitas acuosas. Pensó también en el hórrido verano que tanto detestaba y en todas las molestias que a su ánimo ocasionaba. Se sentía tan infeliz, tan viejo, tan destruido. Nunca sentí miedo a envejecer y a morir como ahora. ¡Oh! Vejez, que condenas al hombre a la inutilidad, a vivir como un paria, pensó. Cansado, se tumbó en la cama y trató de no pensar en la estatua. La miró una vez más, tiene tu silencio la inefable voz de un hombre que muere a cada instante al pie de tu maldad hecha belleza, dijo, y se quedó dormido.

****

La noche se volvió lluviosa, un aguacero acompañado de truenos, rayos y relámpagos se apoderó de las tinieblas. Pigmalión se movía inquieto en su lecho, las pesadillas lo invadían y musitaba palabras incoherentes. De pronto una sombra comenzó a moverse entre la tenue oscuridad de la habitación iluminada a ratos por los relámpagos. Era Galatea que se acercó donde dormía el escultor, sus manos, ahora pálidas como unas garras escayoladas tomaron el cuello de Pigmalión y los dedos comenzaron a contraerse, produciéndole una desesperante asfixia. Sus ojos desquiciados lograron ver una piqueta, la tomó y golpeó la estatua con furia. Esta aflojó los dedos y el escultor, algo repuesto, logró romperle un brazo; todo fue tan rápido, quedo tumbado en el piso con una crisis nerviosa que lo hacía llorar y reír a la vez, Pigmalión vio desmoronarse aquel ornamento que, aún destruido, despertaba en él sentimientos encontrados. Despavorido huyó del lugar y no paró hasta la taberna donde se embriagó hasta que fue encontrado sobre unos montículos de desechos, balbuceando frases incoherentes.

IV

Gomuccio dejó sus quehaceres cuando se le avisó que Pigmalión había empeorado. El médico dice que ya está en las últimas, dijo la muchacha que atendía a Pigmalión en ciertas ocasiones. Cuando Gomuccio entró en La Trastienda había gran cantidad de gente esperando; un anciano marmolista decía que Pigmalión le debía dinero por un bloque de mármol que nunca pagó, dos comerciantes en pinturas quienes, mal informados y enterados que Pigmalión se hallaba muy enfermo, habían llegado desde Venecia para ver si compraban cuadros de ocasión, una mujer con un niño de teta en brazos quien juraba y rejuraba que el escultor era el padre de ese niño y, que si este moría, tanto ella como el niño tenían todo el derecho de cobrar la herencia al no haber otros parientes. El médico ordenó desalojar La Trastienda. Todos tienen derecho a disfrutar de un último momento en paz, dijo. Gomuccio ayudó a la casera a preparar la tisana y un nuevo apósito para el moribundo, quien murmuraba algunas palabras, como quien se despide o lucha con sus fantasmas en sus instantes postreros. Tu silencio parece una dulce confesión, dijo el escultor. Luego balbuceó el nombre de Galatea y expiró.

LADRONA DE GALLINAS

I

Acosadas  y cazadas  sin piedad por los granjeros, víctimas de sus fechorías, un grupo de zorras se reunieron para analizar la difícil situación que estaban viviendo.  La zorra más veterana, que era la que había propuesto la reunión, dijo con ceremoniosa voz:

-Amigas zorras, debemos pensar en nuestro futuro, pues, si la caza de zorras sigue como sigue, dentro de poco no habrá una zorra viva y sólo seremos un recuerdo ingrato para las gallinas.

Todas escuchaban con singular atención, como tratando de encontrar una tabla de salvación en aquel mar tempestuosos que las envolvía.

-Por eso, amigas zorras, prosiguió la vieja zorra, he pensado que en vez de que estemos asaltando los gallineros aledaños como vulgares ladrones, propongo, pues, construir nuestro propio gallinero.

Todas las zorras presentes se miraron desconcertadas sin poder creer lo que sus largas orejas escuchaban.  Antes de que la incertidumbre siguiera apoderándose de las zorras, la veterana orejuda continuó:

-Así que a partir de hoy, toda gallina que robemos, le respetaremos la vida y la encerraremos en el gallinero que construiremos.  Traeremos también algunos gallos para que hagan lo suyo y así, en poco tiempo, disfrutaremos de huevos y suculentas gallinas las cuales nos comeremos poco a poco, cuidando lógicamente de no poner en peligro la desaparición de la especie.

Los rostros de desconcierto fueron desapareciendo para dar paso a unas sonrisas pícaras y a unas lenguas que relamían hocicos y bigotes.

-Todo está muy bien, dijo una zorra listada, pero se puede saber de qué viviremos mientras las gallinas se reproducen.

Golpeándose la cabeza con una pata, demostrando que tenía respuesta para todo, la vieja zorra dijo:

-Ya había pensado en eso y la respuesta no creo que sea de vuestro agrado, pero ningún sacrificio será excesivo si de mantener nuestras vidas a salvo se trata.  Comeremos vegetales, es algo que abunda en el bosque, también hay frutas...

-Un momento gritó una zorra de enorme cola, ¿dónde se ha visto una zorra comiendo vegetales?, eso es una locura

-¿Y dónde se ha visto una zorra con un plomo en el pellejo comiendo gallinas? Replicó de inmediato la zorra veterana.

Optando por lo que consideraron lo más sensato, las zorras construyeron un enorme gallinero en lo más recóndito del bosque, para evitar que algún cazador pedido diera con aquello que tanto sacrificio les estaba costando.  Las incursiones nocturnas a los gallineros, cuidadosamente planificadas, comenzaron a dar sus frutos cuando el alambrado que mantenía en cautiverio a las gallinas se fue llenando de gallinas de toda especie.

Se nombraron comisiones especiales de vigilancia para evitar que alguna de las orejudas se comiera la presa capturada camino al corral.  Más de una docena de gallos también fueron incorporados para que cumplieran su papel en la producción.

El último plumífero en llegar, era un gallo Carmelo con una enorme cresta rojiza.  La zorra veterana lo tomó del pescuezo y, cuando el gallo estaba a la espera de la dentellada que le arrancaría el morillo, la zorra le dio un beso y le dijo:

-Bien gallito, anda y dile a tus amigos que ya pueden comenzar a divertirse.  De acá a un tiempo queremos ver muchos pollitos revoloteando por aquí y por allá para que coman mucho y se conviertan en gallinas y gallos tan fuertes y robustos como tú.

Mientras el gallo desconcertado por lo que sucedía fue puesto en el gallinero, cientos de ojos de zorras miraban por la alambrada sin poder creer que tuvieran ante ellas bocado tan apetitoso.  En un ir y venir de soles y lunas, las aves, reacias al comienzo a aparearse, dejaron que la naturaleza siguiera su curso y en poco tiempo tuvo que ampliarse el corral para dar cabida a tanto plumífero.

Mientras tanto las zorras habían adelgazado considerablemente dejando ver las costillas a ambos lados de sus famélicos cuerpos.   Por más que comían frutos, hojas y hasta hierba, el menú no era suficiente para satisfacer el apetito de quienes estaban habituadas a comer aves.

De vez en cuando un roedor variaba en algo la cena de las zorras, pero aquel paliativo no era suficiente para mantener el gallinero a raya de las zorras.  Y fue así como se produjo la primera incursión clandestina de las zorras en su propio corral.
-No crees que si tomamos una gallinita nadie se dará cuenta, dijo a otra zorra una muy flaca a causa de la abstinencia gallinácea.

-Qué bah, nadie lo notará, hay tantas que podríamos tomar una para cada una.

Por la noche, las dos orejonas se avecinaron hasta el corral y llamaron en voz baja a dos gallinas que descansaban junto al comedero.   Las aves, acostumbradas ya a tratar con sus ancestrales enemigas, se aproximaron a las visitantes convencidas que les traían una ración extra de maíz.

Luego de introducir en una bolsa, las ladronas se internaron en una cueva a disfrutar de su botín.  Ya las habían desplumado, cuando tronó la voz de la vieja zorra quien apareció en la entrada de la cueva flanqueada por otras enormes zorras que mostraban en sus caras el descontento por el robo.

-Llévenselas hasta que decidamos qué hacer con ellas, dijo la veterana zorra.

II

Cuando Toda la población de zorras comenzaba a desperezarse, las dos ladronas se hallaban colgadas del cepo, con las gallinas desplumadas tapándoles el hocico mientras un hilillo de baba caía al suelo, y con un letrero que les colgaba del pescuezo con la siguiente leyenda:  LADRONA DE GALLINAS.

-Con eso se le quitarán las ganas a todas aquellas que estén pensando asaltar el gallinero.  Es el colmo que una ladrona robe en su propia casa; dijo la vieja zorra.

III

A pesar de que se tomaron las medidas necesarias para evitar nuevos hurtos, las primeras en caer en tentación fueron las zorras que, en número de tres, estaban apostadas en sitios estratégicos para cuidar que ninguna orejuda se acercara.  Cuando las descubrieron, ya habían dado cuenta de una de las cuatro gallinas robadas, de ahí que al otro día, ya colgadas del cepo, hubiera tantas gallinas como hocicos dispuestos a ser taponeados.  Los letreros con sus leyendas colgaban de los pescuezos: LADRONA DE GALLINAS

IV

La vieja zorra le había tomado cierto cariño a una gallina de plumas grises, a quien contra toda norma establecida por las zorras daba doble ración de maíz, de ahí que fuera bautizada por las demás zorras como ”Bola de Plumas”.  Su sola presencia hacía que las tripas de las abstinentes zorras chocaran entre sí, produciendo un ruido tan desagradable que les recordaba que en otro tiempo, aunque con riesgo, habían disfrutado de esas carnes rosáceas que se escondían bajo esas plumas.

Cansados de frutos verdes, hojas y hierbajos las zorras se volvieron más ladronas que nunca y fueron poco a poco recuperando peso, aun cuando tuvieran que pasar dos días colgadas del cepo sosteniendo en el pescuezo aquel letrero con su leyenda humillante.  Pero un día se hizo un descubrimiento que cambiaría nuevamente la vida de aquellos orejudos animales.

-Se han dado cuenta que todas hemos enflaquecido poco a poco y que la única que se ha mostrado sin cambio alguno, ha sido la vieja zorra, dijo una zorra moteada.
La misma noche del descubrimiento un grupo de hambrientas zorras se agazaparon entre unos matorrales y sorprendieron a la vieja zorra comiéndose dos jugosas gallinas al lado de “Bola de Plumas” quien devoraba una gran porción de maíz.

-Está visto que esa gallina gorda no era más que su cómplice, dijeron las zorras que ahora formaban un compacto grupo encargado de evaluar y juzgar a la creadora del famoso gallinero.

-Claro, gritó otro grupo, ella llevaba con engaños a otras gallinas para que esta vieja bandida se las comiera.

Ambas compinches fueron colgadas del cepo con un letrero cada una: LADRONA DE GALLINAS colgaba sobre el pecho de la vieja zorra;  TRAIDORA A SU ESPECIE  sobre el pecho de la gallina

V

Cuatro días con sus noches duró el banquete que se dieron las zorras a costa de las gallinas del corral.  Cuando ya no había plumífero a quien clavarle el diente, las zorras se acordaron de “Bola de Plumas”, pero de la gorda gallina sólo quedaba el letrero colgado del cepo; al fin al cabo eran zorras y o se podía esperar honestidad entre ellas.

Aprovechando el alboroto del primer momento, una de las zorras se había deslizado hasta donde se encontraba la prisionera gallina y le había dado curso.  La vieja zorra, extenuada por cuatro días de suplicio fue bajada del cepo.  Tardaría varios días en recuperarse.

Wolfeschanze, 02 de enero del 2001.





EL POZO EMBRUJADO



Para Federico y Teresa Murriel
In memoriam


Vivía por esos años cerca de un lugar llamado Cocopoto, don Federico Murriel Dueñas, hombre trabajador y de pocas palabras. Desde antes que clareara el cielo ya el gringo, como se le conocía a don Federico, tomaba su pala y ponía pies en tierra hasta la hora en que el Amancio, su fiel capataz, venia a decirle que el almuerzo estaba listo. De voraz apetito, don Federico cubría un plato de papas, yucas, ollucos y habas sancochadas y se sentaba al pie del fogón pensando ya en la próxima siembra. Viudo desde muy joven, el gringo extrañaba los guisos que otrora le preparaba doña Teresa, su esposa. Algunas veces, cansado del arduo trabajo, tomaba su caballo y enfilaba por el sendero que lo llevaba hasta el pueblo.

Casma tenía en ese entonces una exigua población donde todos se conocían hasta por los nombres de pila.

- Ya es hora de que piense en una nueva gallina para su corral, don Federico, gallo solo y bien parecido termina en la olla, le decía don Roberto Céspedes Lomparte, dueño de un tambo llamado “Don Tito”.

Las siembras y las cosechas se sucedieron con gran generosidad y fue tanta la bonanza que hubo que a los casmeños les sobraba el dinero para organizar frecuentes fiestas donde abundaba el picante de cuy, el jaca - cashqui, pecau - caldo y las humitas de chochoca. Fue en una de esas reuniones donde don Federico Murriel vio a una larguirucha dama bien encopetada de nombre aristocrático.

- Doña Shirley Roccatagliatta, don Federico, le dijo Céspedes Lomparte guiñándole un ojo.

- Me dicen que vive usted solo en una gran hacienda, dijo la dama a quienes algunos llamaban la condesa

- Solo no, contestó don Federico, con mi hija, Chirrín.

Cuando la dama vio a la niña de siete años, se acercó a ella y tomándole el rostro, se lo apretó suavemente.

- Qué encanto de niña don Federico. No debiera usted dejarla sin el cariño de una madre. A mí me gustan tanto los niños, pero Dios no me ha dado un vientre fecundo. ¿Es una lástima, verdad?

Don Federico le alcanzó a la dama un pañuelo, pues, ésta gimoteó como un gato amenazando con soltar los mocos. Aquellas palabras de doña Shirley tuvieron su efecto mágico en el corazón del generoso don Federico Murriel, pues a los pocos meses ya doña Shirley descargaba con gran alboroto varios baúles donde, según ella, llevaba algunos trajes para fiesta. A pesar de no haber aro alguno de por medio, doña Shirley se aventuró con aquel cambio. Una de las condiciones que puso el hacendado era la de no volverse a casar. “Lo que Dios ata ni el diablo lo desata”, dice el dicho, y el gringo Murriel era al pie de la letra, como la Biblia.

- ¡Cuánto polvo hay por aquí! Habrá que hacer algunos cambios de inmediato, pues, yo no pienso vivir en una pocilga.

Don Federico, hombre tranquilo y paciente, la escuchó inmutable y sonriente. La que no mostró su conformidad fue la pequeña Chirrín, quien no veía en esa mujer nada más que a una vieja bruja dispuesta a transformar la apacible vida campesina que llevaban en un infierno de maldiciones e incomodidades.

- Desde ahora me llamarás madrastra, pequeño demonio, sino tendré que darte unos cuantos azotes para que aprendas quien manda aquí, dijo la condesa a la niña.

La pobre muchacha comprendió que aquellas amenazadoras palabras acompañadas de un tirón de pelos, era una advertencia que había que tomar en cuenta, de lo contrario, el futuro se presentaría muy sombrío.

* * *

Un problema de tierras y títulos llevó a don Federico a Lima. Como el entuerto tenía muchas aristas que limar y mucho pan que rebanar, el gringo escribió una larga misiva a doña Shirley en la que le comunicaba que no estaría de regreso en Cocopoto hasta terminada la estación. “Sé que sabrás cuidar a Chirrín con el cariño y el amor que siempre lo has hecho”, terminaba diciendo la carta. Doña Shirley se sintió a sus anchas y soltó sus demonios mostrando así su verdadera cara. La noticia congeló la sangre de la niña quien ahora se veía a merced de aquella mujer cuya inquina no tenía límites. Una de sus primeras disposiciones consistía en que la llamaran condesa, pues, según ella, su familia provenía de alcurnia y no iba a permitir que “Ningún serrano apestoso” la llamara señora.

- Y con respecto a ti, arrimada, ahora verás quién soy yo. A la primera que me hagas te rajo el trasero, le dijo doña Shirley a Chirrín.

Las cartas estaban jugadas. Las amenazas y las maldiciones retumbaban a toda hora. El cacicazgo tomaba más fuerza cuando se trataba de mandar a los peones y al personal de servicio. No tardó la niña en convertirse en la mandadera de la condesa, quien, una mañana en que se levantó con el demonio encima, mandó reunir a todos los que trabajaban “bajo su techo”.

- Desde hoy día se inclinarán cuando me saluden; y cuidado con no llamarme por mi título nobiliario.

Los peones se miraban sin entender ni jota, pero como las palabras sonaron amenazadoras, no les quedó más remedio que doblar los goznes cada vez que la estirada dama aparecía.

- Ahora verán estos cholos quién es la condesa de... bueno, condesa nada más, murmuraba doña Shirley cada vez que encontraba algún peón en su camino.

* * *

Una noche la condesa sintió que le ardía la garganta. Como no estaba la mucama que don Federico le había asignado para que la atendiera, despertó a la niña de un coscorrón.

- Toma un balde y tráeme agua del pozo, gritó.

Chirrín, somnolienta aún, se negó, aduciendo que su padre le tenía prohibido acercarse al pozo por ser peligroso para ella. Otro coscorrón y un jalón de pelos la convencieron. Ya fuera de la casa la niña tomó una cubeta de madera. La noche era clara, la luna brillaba como una luciérnaga. Una lagartija se le cruzó entre los pies y por el susto tropezó con una piedra. Ella dio en el suelo y el balde salió disparado dando de lleno en el pozo, causando gran estrépito. De inmediato, atraídos por el grito de la niña, los candiles de los peones comenzaron a encenderse y a los pocos segundos, se escuchó un barullo. La niña se hallaba contrariada, sin atinar a nada. Petrificada, escuchaba gritos que a cada momento se hacían más bulliciosos.

Los perros ladraban desaforadamente y la niña se asustó tanto al ver unas sombras que se movían de un lado para otro bajo aquella luz de luna que, aterrada, trepó al árbol que crecía junto al pozo.

- Alguien debe haber caído al pozo, gritó una anciana gimoteando.

Doña Shirley, desde la ventana de la casa, sentía que la manzana se le atragantaba en la garganta, horrorizada escuchaba los más truculentos comentarios.

- Se cayó y se hundió, nadie logra salir de ese pozo, debe estar maldito, dijo otro.

La manzana del pescuezo de la condesa se puso rígida, quiso gritar, pero no pudo. Su culpa fue más fuerte que su responsabilidad. Cuando todos se marcharon, a la mujer le temblaban las piernas, al punto que le era dificultoso tenerse en pie.

- Dios mío, soy una asesina, se dijo la mujer mientras unas lágrimas caían dentro del pozo.

Chirrín asomó la cabeza entre unas ramas y su rostro, debido a la claridad de la noche, se reflejo en las diáfanas aguas del pozo.

La condesa pegó un alarido y salió como un cohete rumbo a la casa. Toda la noche se la pasó en vela, no sin antes trancar puertas y ventanas o tapar cualquier resquicio por donde pudiera penetrar el fantasma de la entenada. La niña reía a mandíbula suelta al ver a la madrastra encerrarse para evitar el ingreso del “fantasma de la hijastra”

La muchacha permaneció en el árbol del nogal durante la noche y no fue hasta la mañana siguiente en que se le ocurrió que podía repetir su aparición en las aguas del pozo; pensó que era una buena forma de vengarse de los maltratos infringidos por la mujer. La luna llena, redonda como una pelota argentina, favoreció los planes de la niña. La condesa no salía de la casa, todo lo pedía a la mucama y observaba con curiosidad cómo la mujer extraía agua del pozo. Al ver que pasaban los días y que la pequeña Chirrín no aparecía, a la condesa no le cabía la menor duda que la niña se había ahogado. En tanto, la niña descendía en la madrugada y se hacía de cuanta fruta encontraba a mano por los huertos vecinos, luego volvía al árbol, cuya frondosidad era el mejor aliado para sus planes. Llevada por la curiosidad femenina la condesa, portando una lámpara de aceite, se avecinó al pozo. Se llenó de valor y asomo la cabeza. Allí estaba el rostro de la niña con un aspecto aterrador. La condesa pegó un alarido y cayó pesadamente. Se necesitaron varios ungüentos y paños con vinagre para reanimarla.

- Está tan aterrorizada que hasta se ha meado los calzones, dijo el médico que la atendió.

Cuando don Federico regresó a Cocopoto encontró todo en calma. Lo único que le llamó la atención fue un letrero con letra infantil que colgaba en el pozo: CUIDADO, POZO EMBRUJADO. No sintió la menor tristeza al saber que la condesa había tomado sus maletas y se había marchado. Tenía a su hija y el recuerdo de doña Teresa para llenar su soledad.





EL AUKI DE LLAMACHAKI


La rica geografía boliviana no sólo ofrece una majestuosa visión paisajista de montañas, nevados, volcanes, quebradas y ríos, sino que la imaginación ardiente de los hombres ha llenado esos lugares, muchas veces inhóspitos, de seres extraños como faunos, aukis, ninfas, endriagos, duendes, brujos y ondinas, engalanados todos ellos de la fantasía más sorprendente. Uno de estos lugares, vivienda de aukis y cóndores, es la montaña de Llamachaki, en cuyas rocas abundan las huellas petrificadas de pezuñas de llama; de ahí deriva el nombre de la montaña (pies de llamas).

Se cuenta que el inca Cápac Yupanqui, de quien se dice que fue el primer hijo del Sol que incursionó en pos de conquistas fuera de la región propiamente cusqueña, recorrió el Collao, bajando hasta Cochabamba y el Valle de Chayanta en la provincia de Charcas, lugar donde la sierra muestra su grandeza y el cielo azulado alumbra con espléndida claridad. La cordillera de Huayllas, cadena de montañas hermanadas, encierra tesoros y maravillas naturales que deben haber vislumbrado al inca Cápac Yupanqui quien, según cuenta la tradición, pernoctó una noche e las faldas de una de esas montañas.

Acompañado el inca de su numeroso séquito, se dice que los camélidos que llevaba consigo portaban valiosos tesoros, y que estos eran tan pesados que las pezuñas de las llamas quedaron grabadas sobre las rocas que pisaban, de ahí, insisto, el nombre con que los indios bautizaron a la montaña. La noche en mención, la única que permaneció en aquel lugar, el inca no pudo conciliar el sueño, pues, el resguardo del tesoro lo tenía preocupado. Casi a la medianoche, cuando todos dormían a pierna suelta como producto de la dura jornada, el inca sintió que unos guijarros rodaban de lo alto de la montaña hasta detenerse suavemente a sus pies. Decidido a investigar la causa de aquel hecho, anduvo un tramo montaña arriba. A poco de escalar, el inca quedó patitieso, pues, ante él tenía la figura espeluznante de un Auki. Sereno y dueño de sí mismo, el inca se deleitó con aquel pequeño ser de dientes grandes, uñas larguísimas, mofletudo, cabeza y pies enormes, que gesticulaba exageradamente y se mostraba inquieto. La primera reacción de Cápac Yupanqui, bajo aquel diáfano celaje estrellado, fue la de echar mano a una pequeña bolsa que tenía sujeta a su tocapo para extraer un puñado de hojas de coca las cuales ofreció al Auki. El Auki se acercó temeroso y cogió las pequeñas laminillas verdes las cuales miraba con desconcierto.

El inca se llevó otro puñado a la boca y comenzó a chacchar. El Auki lo imitó y a los pocos minutos su rostro daba muestras de alegría. El inca sintió una brisa de alivio recorrer su cuerpo, pues, al decir de los indios, la hoja chacchada representa dos cosas en el ánimo de quien la prueba: cuando dulce, buen éxito, triunfo, felicidad, alegría; cuando larga, peligros, desdichas, calamidades, pérdidas, muerte. Valiosa fue la ayuda que al inca le brindó la coca, pues, el Auki se mostró solícito y afectuoso. Luego de hacer llevar su valiosa carga a la cueva donde habitaba el pequeño engendro, Cápac Yupanqui le entregó varios costalillos con la hoja mágica.

Al otro día, muy temprano, el inca partía dejando tras de sí un paisaje de valles profundos y su tesoro bajo la protección del Auki. Lo cierto es que el inca no retornó por esos parajes y los días se fueron sucediendo unos a otros, largos e interminables. Cierto día llegó hasta la montaña un indio que era perseguido por una multitud de acreedores a quienes debía grandes sumas de dinero. Como sabía que tenía que permanecer un buen tiempo en las alturas de la montaña, el indio inició el ascenso a Llamachaki provisto de una buena ración de hojas de coca. El sonido peculiar que hace la boca al chacchar atrajo la atención y refrescó la memoria del Auki que habitaba en sus cumbres. El indio no estaba dispuesto a compartir su valiosa mercancía y el Auki estaba decidido a hacerse de unas hojas, pues, sólo conservaba en su cueva algunos sacos vacíos, recuerdos de otros tiempos. De improviso el misterioso hombrecillo apareció con una vasija de oro la cual cambio gustosamente por hojas de coca; luego hizo trueque con un cuchillo de oro y así estuvo toda la noche y gran parte del otro día hasta que al indio se le agotó la provisión de la hojita mágica.

El fugitivo se marchó agradecido, pues, con todo el oro que llevaba podría cancelar las deudas que lo agobiaban y todavía le quedaría lo suficiente para vivir con comodidad el resto de sus días. Pasaron los años y nadie volvió a pasar por ahí, salvo algunas carretas de mineros camino a las minas de Potosí, quienes en sus ratos de descanso gustaban contar historias de aparecidos. Una de ellas hablaba de un pequeño hombrecillo giboso, dientes grandes y uñas largas quien se acercaba a los viajeros ofreciendo objetos de oro a cambio de una ración de hojas de coca.

Wolfeschanze, octubre 24 del 2000.



LOS HOMBRES PECES

En tiempos pasados poblaban la tierra unos hombres descendientes de una raza de enanos quienes vivían en ciudades junto al mar, junto a los ríos, junto a los lagos.

Sólo se alimentaban de algas, caracoles, musgo y de todo aquello que les brindara la Luna, a quien reverenciaban todas las noches después de satisfacer su hambre y su sed. No temían a la luz, pero habituados como estaban a vivir en perpetua oscuridad, esta raza nactílope se refugiaba en sus moradas cuando el sol anunciaba su llegada y sólo cuando éste desaparecía en el horizonte, asomaban sus ojos inquietos y curiosos. Cuanto más embravecía el mar y mientras más furiosas se ponían las arenas por el viento que las azotaba, más se prolongaba la fiesta y los ritos en honor a la Luna. Sacrificaban enormes tortugas cuya carne era ingerida cruda y sanguinolenta por hombres, ancianos, mujeres y niños. Los más fuertes lanzaban las estrellas marinas hacia el cielo para que centellearan el firmamento.

Fueron tantas las que se lanzaron que fueron agrupándose, llegando a formas coquetas figuras en forma de toro, osa, coches, escorpiones y hasta de hombres iguales a ellos. Esto enfadó a la Luna quien se negó a salir nuevamente, obligando a los hombres a permanecer solitarios en sus moradas lacustres. Fue entonces que el sol tomó posesión del cielo opacando a las estrellas para luego obligar a los hombres que salieran de sus moradas y se hundieran en el mar en busca de la oscuridad que tanto anhelaban. Sus rayos candentes abrasaron los pulmones de aquellos hombres abandonados a su suerte por su Dios. En su lugar, el Sol, ahora Padre y Señor del Universo, poderoso hacedor de todo lo viviente y lo no viviente, colocó a cada lado de sus cabezas unos filamentos para que pudieran permanecer bajo el agua, sin poder asomar sus ojos fuera de ella. Sus cuerpos fueron cambiando de forma: sus vellos fueron reemplazados por unas membranas corneas, sus brazos por aletas y sus pies se transformaron en algo tan extraño que no podían entender. Sus ojos, ahora redondos, trataron de asomar a la superficie, a lo prohibido.

Y fue así como esa extraña especie descubrió con horror que ya no les era posible respirar fuera del agua.

No faltaron los osados que pretendieron enfrentarse al Sol: murieron en el intento. Poco a poco tuvieron que acostumbrarse a ser llamados peces, nombre para ellos desconocido.

De noche, sus tímidos ojos, se entretenían mirando a la Luna que había vuelto, pero que ahora los miraba con desprecio y rencor.

Wolfeschanze, octubre 3 del 2000.