GRATITUDES


En el Corán, Surat VIII 57-60, se lee… “Las peores bestias, ante Dios, son los ingratos, pues ellos no creen; (…) Dios no ama a los traidores”. Ya el Dante se lamentaba de la ingratitud en el exilio. En su Epístola XII, dirigida a su amigo Feruccio de Manetti Donati, el autor de la Comedia se lamenta de las indignas condiciones que las autoridades florentinas exigían a los desterrados para regresar a Florencia. ¿Es ésta la graciosa revocación con que es llamado a su patria Dante Alighieri, que ha sufrido exilio durante casi tres lustros? ¿Esto ha merecido su inocencia a todos manifiesta? ¿Esto el trabajo continuo y el estudio? (…) ¡Lejos esté de un hombre que predica la justicia que, habiendo padecido injurias, pague de su dinero a quienes le injuriaron como si fuesen [ciudadanos] beneméritos! (…) No es éste padre mío, el camino de vuelta a la patria (…) Jamás entraré en Florencia.(…) seguro estoy de que no ha de faltarme el pan”.


La ingratitud golpea el corazón de todos; en algunos, aquellos de sensibilidad adusta, la herida se escara en poco tiempo; en otros, esas llagas permanecen imborrables a través de los años, como una ortiga amarga que de vez en cuando hinca nuestra memoria con su hiel ponzoñosa. No he sido ajeno a estos golpes, he recibido muchos y de gran calibre, pero, a pesar de ello, nunca he cerrado la mano a quien me la ha solicitado.


Quiero expresar mi gratitud a tres personas que han hecho posible la creación de este blog, libro de la modernidad que me permite llegar a un gran número de lectores que se resisten a vivir en las sombras de la ignorancia, esa asesina de mentes libres que durante mil años esterilizó el pensamiento del hombre medieval. “Nada hay más espantoso que una ignorancia activa”, sentencia Goethe.


Mi agradecimiento a Tatiana Vega Valencia, que tuvo la paciencia y la tenacidad, propia de su juventud, para batallar durante tres arduos años entre manuscritos, apuntes, fichas y estantes abarrotados de libros para poder consolidar en la computadora, parte del trabajo intelectual que me ha ocupado por más de cuarenta años; ella también es la responsable de un gran número de fotografías que conforman este blog.


A Sergio Villanueva Valdivia, inquieto, creativo y generoso como una mano extendida hacia el cielo, quien fue el gestor de este blog, fue él quien me impulsó (tan reacio yo) a entrar al mundo de la informática (así podrás llegar a un gran número de lectores) me dijo una tarde de esas en que la amistad se reviste de fraternidad y cariño inefable.


Por último, a Milagros Mora, quien hasta hoy, cual empecinado Sancho quijotesco, me acompaña en esta cruzada cultural con la que sueño día a día. Sus frecuentes desvelos y trasnochadas hacen posible que semana a semana se incrementen las páginas de este blog. Sus palabras de aliento, su amistad inmarcesible y, hasta sus frecuentes regañinas, levantan mi ánimo cuando me siento oprimido por este mundo de modernidad asfixiante, por este acontecer tan ajeno al de mi niñez tan llena de aventuras y ficciones que en mi mente introdujeron hombres como Salgari, Dumas, Verne o Dickens y otros tantos creadores de historias, verosímiles o inverosímiles, que hasta hoy perduran en mi vida.


Wolfsschanze, marzo 27 del 2011.


Guillermo Delgado.

domingo, 7 de noviembre de 2010

LIBRO CASILLERO DEL DIABLO


EL TORITO DE PUCARÁ

 “El hombre del Ande se hizo fuerte, en su trinchera de puna y cielo, con la leyenda que fue su pan y su lumbre en los días amargos”

“Cusco  Mágico” Alfonsina Barrionuevo.


Aún  el sol no terminaba de esconderse en el horizonte cuando el salvaje, bravío y corpulento toro de testuz imponente hizo su aparición arremetiendo como un dios enfurecido sobre todo lo que encontraba a su paso.

Los habitantes de la puna lo miraban extasiados sin poder ocultar la admiración que sentían por esa bestia de espíritu rebelde que, traída por los conquistadores, fue ganándose poco a poco, día a día, el respeto de aquellos hombres del altiplano cuyas manos encallecidas por el arado, vieron en aquel animal de astas ingentes, un ser que tenía la rebeldía tan inherente a su raza indómita. 

Agobiados por el daño que sus férreas pezuñas causaban a sus cultivos, los indios decidieron capturarlo y encerrarlo en una laguna.  Así, privado de su libertad, el toro diabólico se sumergió entre las aguas cuyas orillas le impedían abandonar su acuosa prisión.

Pero cuando llegaron las lluvias, el desborde de la laguna liberó al oprimido animal que multiplicando su rabia descendió de la meseta con los ojos llenos de odio y con una fuerza destructora que los indios en diáspora tuvieron que echar mano de toda su destreza para no ser embestidos por aquella tromba endemoniada. 

Pasado el horror, los hombres vieron estupefactos el desastre que el toro había dejado a su paso.  Nada había podido salvarse: sembríos, casas, establos, granjas y hasta pequeños hornos donde cada mañana cocinaban las indias la harina y la cecina, habían cedido a la bravura del enemigo. Aquella noche, reunidos alrededor de una fogata los hombres bebían silenciosamente.  Dos días y dos noches bastaron para que una veintena de indios, ebrios de cañazo y pólvora, tomaran la decisión de acabar con la fiera.  Sus rostros, quemados por el frío del altiplano, no podían ocultar el resentimiento y la tristeza que sentían.  En el fondo de sus corazones se negaban a tan ruda empresa, pues sentían que debían enfrentarse  a un ser cuya rebeldía y fuerza lo hacían parte de ellos.  Pero la decisión había sido tomada y no había forma de dar marcha atrás. 

La víctima fue emboscada en un recodo y llevada a viva fuerza hacia el lago donde había permanecido recluido.   Allí fue obligado a doblar las patas y, con la cabeza y los cuernos sumergidos en el agua, el toro permaneció luchando por su vida hasta que el aire fue faltando en sus pulmones.  Fue entonces que el cuerpo del toro cayó pausadamente sobre las tranquilas aguas perdiéndose para siempre.

Los indios en procesión regresaron en silencio a sus casas.  A la mañana siguiente, el pan fue remplazado en el horno por unas pequeñas figuras de barro en forma de toro que las manos de cada uno de los indios que participaron de la muerte del animal habían elaborado con impecable destreza.

Una fuerza de hondo contenido terrígeno había guiado durante la oscuridad de la noche las formas del sacrificado.  Astas, testuz, pezuñas, las fuertes patas, el imponente cuello y hasta la inquieta cola, habían sido  moldeados divinamente.  Un pequeño orificio permitía a los indios llenar el  cuerpo del animal con una chicha bravía y vivificante que transportaban hasta el campo para ser bebida con fruición y orgullo.  Aquel líquido dulce y embriagante despertaba las energías dormidas tan necesarias para tan sacrificada como ardua labor.

Desde aquellos días, el indio incorporó aquel símbolo barroso a sus ritos religiosos como un símbolo ceremonial.  Una vez más, dos mundos extraños siglos atrás, se fusionaban en aquel objeto tan fino ornado con cintas y ramos de flores que era visto con alegría y complacencia en cuantiosos carnavales como en el de Santiago de Pupuja, donde las cholas jugaban a amarrar cariños al amparo de la fiesta.


CASILLERO DEL DIABLO

Habíamos viajado todo el día y mi criado José estaba tan cansado como yo, pero no tanto como las cuatro mulas que habían lastrado no sólo con nosotros a cuestas, sino con las cuantiosas baratijas con que traficábamos por todo el centro de los andes chilenos hasta la desembocadura del Maipú, cerca al puerto de San Antonio.

-  Debemos descansar, le dije a José quien a manera de asentimiento escrutó mi cansancio desde el fondo de sus ojos grises.

Ya en una sucia y maloliente posada al lado del camino, José arrastró a las bestias hacia un pequeño establo donde el suave aromar del pienso las atrajo mansamente. Mientras tanto yo buscaba un lugar cómodo donde pasar la noche. Comimos la comida frugal que el posadero nos alcanzó y pedí una garrafa de vino tinto para relajar los músculos y apaciguar el cansancio.
-  Una jarra de vino coronada de hojas, mi querido José, y en tus sueños habrá ninfas que recogerán la miel de tus suspiros.

Parco en palabras, el criado se sonrió.

-                     No tráeme un Casillero del Diablo que esta noche invito yo.

Sin muchas pretensiones en poco tiempo habíamos dado cuenta de cuatro botellas de ese néctar maravilloso que aquel viejo llamaba Casillero del Diablo, quién sabe como invocando a qué fantasmas diabólicos que parecían atormentarlo en sus borracheras.

-  Qué nombre más raro para un vino, dije como tratando de romper la monotonía de su mutismo.

-   Si no fuera por don Andrés Hurtado de Munayco, el Marqués Concha y Toro no llamaríamos a este vino de ese modo.

El viejo permaneció en silencio hasta la cuarta botella, luego de la cual, mostrando una boca desdentada, dijo acercando su cabeza hacia nosotros y bajando la voz.
-   Los celos del Marqués para con su mujer eran como los del mismo Diablo.

Minutos después, el viejo se marchó dejándonos a José y a mí con la semilla de la curiosidad en nuestra mente turbada por aquel rojo vino.

***

Al otro día, decididos a continuar nuestro viaje, mi criado y yo habíamos preparado nuestra partida desde muy temprano. No bien habíamos andado un pequeño trecho cuando de entre unos matorrales apareció, intempestivamente, la figura del viejo. Dijo llamarse Matías Segundo y que tenía una pequeña cabaña kilómetros adelante.

-   Allí podrán pasar la noche y mañana podrán seguir camino. Soy buen cocinero y estoy seguro que mi comida les quitará el mal sabor de la bazofia que comieron anoche. A mí la mañana me llama para otras cosas, pero nos veremos más tarde. 

Y sin más preámbulos el viejo siguió su camino.

José y yo nos miramos extrañados por tanta amabilidad y podría jurar que en ese momento lo invadió un presentimiento de miedo y curiosidad, el mismo que penetraba en mi pensamiento al recordar las últimas palabras del viejo: “Los celos del Marqués para con su mujer eran como los del mismo Diablo”. Olvidados un poco de aquel inesperado encuentro, seguimos viaje.

El día nos fue bueno, pues, vendimos gran parte de nuestra mercadería. La tarde, ya cubierta de un celaje púrpura nos tomó desprevenidos.

-   Por aquí no creo que haya lugar donde pasar la noche, señor, dijo José girando la cabeza de un lado a otro.

Y era cierto. Nos habíamos alejado del último pueblo, llevados quizá por el entusiasmo de las ventas y parecíamos perdidos en un paraje solitario.

-   Allá se ve una luz, quizás encontremos un lugar  para quedarnos. Las mulas están cansadas y necesitan alimento, ya se muestran inquietas, dijo mi criado algo preocupado.
-   Pues, andando, esto se está poniendo oscuro y resulta peligroso, dije sin pensarlo dos veces.

***

-   Esto ya parece cosa del demonio, señor, mire nomás quien está en la entrada de esa cabaña.

Algo de razón parecía haber en las palabras de José. Matías Segundo, lámpara en mano, nos dio la bienvenida.

-  Estaba preocupado creí que se habían perdido. Por la noche son común los pumas por esa zona, pero pasen, aquí el viento comienza a arreciar a esta hora, dijo Matías.

Ya dentro de la cabaña y a la luz tenue del lamparín que colgaba del techo noté que aquel viejo tendría más de setenta años.

-   Cumpliré ochenta y siete el once de marzo, dijo Matías Segundo.

Quede boquiabierto.  Cómo diablos sabían lo que yo pensaba aquel viejo anacoreta. Comimos copiosamente, pues, lo que el viejo había preparado como esperando nuestra llegada era un manjar nada despreciable.

-  Ahora unos cuantos Casilleros del Diablo para entonar la comida, dijo Matías Segundo depositando sobre la mesa cuatro botellas de aquel vino tan misterioso como él.

A las pocas horas habíamos dado cuenta de aquel líquido rojizo que a la leve luz de la habitación lucía  más brillante aún. Cuando el viejo Matías abría la quinta botella creí oportuno, picado por la curiosidad de la noche anterior, averiguar algo sobre aquel vino y aquel Marqués que según mis lucubraciones tenían alguna relación. Pero una vez más, como leyendo mis pensamientos, Matías Segundo se me adelantó.

-   Buen hombre el Marqués, de no haber sido por aquella bella mujer, los celos jamás hubieran entrado en su corazón hasta arrastrarlo a la locura.
José y yo quedamos mudos, como si ambos buscáramos que aquellas palabras brotadas de aquella boca sin dientes no interrumpieran su relato.

-  Fue hace muchos años. Yo era un niño tierno todavía y vivía en una de las cabañas que rodeaban la parte trasera de la casa del Marqués, muy cerca al traspatio que daba a las plantaciones. Mi padre era uno de los tantos viñaderos encargados de cuidar los viñedos, pero estoy seguro que era el único en el que don Andrés confiaba.

Un insecto alado chocó en su loco vuelo contra el lamparín y cayó sobre la mesa interrumpiendo al viejo. Matías Segundo pasó la mano por sobre la mesa y se deshizo del bicho. Luego prosiguió, no sin antes beber un buen trago de vino como buscando remover aquellos recuerdos remotos.

-  Enviudó muy joven, como años antes lo había hecho mi padre, quizá por eso confío ciegamente en él. Desde ese día dejo de ser él mismo. Se volvió melancólico y callado. Una noche lo vimos regresar de los viñedos ebrios y eso extrañó a todos porque a pesar de producir el mejor vino del lugar nunca en su vida había bebido. Se encerraba todo el día en su casa y no salía sino hasta llegar la noche y sólo para dirigirse a las viñas donde horas después aparecía, siempre borracho y hablando cosas extrañas que nadie entendía.

-                     Sólo en los últimos tiempos de su existencia dejó que mi padre lo llevara hasta su casa. Yo los veía por la pequeña ventana de la cabaña. Mi padre regresaba minutos después y sin decir nada se echaba en su camastro. Estoy seguro que sabía que yo estaba despierto y que fingía dormir porque nunca me dijo nada.

El viejo cortó su relato y fue en busca de lo que creí sería la última botella; ya habíamos dado cuenta de seis y los ojos de José reflejaban un ligero sopor. Matías Segundo prendió un cigarro, me alcanzó uno y lo acepté de buena gana;  José con un gesto se negó.

-   Que si era bella doña Amalia, eso bien lo sabían los señores que asistían a las fiestas que el Marqués solía dar, sobre todo cuando la cosecha había sido buena. Pero siempre las reuniones terminaban mal, los celos del Marqués por doña Amalia eran tan evidentes que todos comenzaban a sentirse incómodos y se marchaban.

- Así, con el tiempo, se fue quedando sin amigos y las fiestas escaseaban hasta el día aquel en que don Andrés decidió: “no más fiestas, Clodomiro, nunca más quiero a esas sabandijas espiando a mi mujer”, dijo el Marqués a su criado. El viejo hizo una pausa para beber un sorbo.

-   Matías Segundo Turro se llamaba mi padre y así me llamo yo, señor; dijo Matías y lanzó una estruendosa carcajada. Desde ese día doña Amalia no asomaba la cabeza ni por la ventana. Los malpensados murmuraban: “Seguramente ese ricachón ya la ha matado”.

-                     A mi padre le disgustaban esos comentarios, pero como era de carácter y temperamento paciente se los guardaba. Todos estos años me han llevado al convencimiento de que mi padre sentía un gran cariño por el Marqués y que su trastorno le dolió mucho, aunque nunca me lo comentó. Hasta conmigo era muy reservado.

El viejo bostezó varias veces seguidas y comprendí de inmediato su cansancio. Ni él ni yo nos habíamos dado cuenta que José se había dormido con la cabeza hacia un lado.
-   Bueno, será mejor ir a dormir señalando las botellas agregó,  ya esos diablitos están haciendo sus efectos.

Un malestar, no producto de esos “diablitos”, me embargo. Debíamos partir con José al otro día y mi curiosidad por saber sobre la historia del Marqués había sobrepasado los límites de la discreción y la cortesía. Dejando los buenos modales de lado, me preparé a interrogar al viejo sobre aquella enigmática historia de celos, marqueses y viñedos.

-   No se preocupe, mañana por la noche continuaremos, pueden quedarse los días que quieran, comida no falta y vino sobra.

Ya acomodado en mi litera y con los ronquidos de José que parecían perderse en aquella fría noche, seguía pensando en cómo hacía aquel viejo loco para anticiparse a mis palabras y conocer mi pensamiento. Unos ingrávidos rayos de luna me hundieron en un profundo sueño.

***

Al otro día José se levantó con gran disgusto sin poder sobrellevar su resaca. Trató de justificarse diciéndome no sé qué cosas, pero lo corté de inmediato. Mi mente estaba sumida en otros pensamientos:  se nos habían terminado los productos para venta, lo cual implicaba marchar de inmediato, pero por otra parte, el fantasma del Marqués a través de aquella interminable narración del viejo Matías me tenía intrigado hasta en los sueños. Tenía que tomar una decisión y esta tenía que ser rápida.

-  Te vas a comprar los abastos mientras yo permanezco aquí esperándote. No te llevará más de una semana de camino (era el tiempo que yo había calculado para que Matías Segundo terminara su historia).

Conociendo el buen talante de José di por hecho que no me preguntaría el porqué del cambio de planes. Así sucedió y José partió arreando las mulas sin mediar palabra alguna. Matías salió pocos minutos después que mi criado partió: “Regresaré entrada la tarde, en la cabaña tiene todo lo que pueda necesitar”. Lo vi alejarse hasta hacerse un punto en el horizonte. Dormí casi todo el día.

***

-   Señor, señor.

Desperté un poco azorado. El rostro del viejo Matías, sonriente desde aquella boca desdentada, me volvió a la realidad.

-   Vaya que si esos diablillos son tremendos, no señor.

Ya la luz del día se había difuminado. La noche estaba cayendo lentamente y tenía un apetito feroz.

-   Ya preparé la comida, debe estar hambriento. Preferí ya no pensar en la aptitud que Matías Segundo tenía para adivinar los pensamientos de otro.

***

Como un ritual sagrado que cumplía todas las noches el viejo Matías Segundo bajó hasta la pequeña bodega que tenía cerca al granero y regresó a los pocos minutos con tres botellas de vino.

De más está decir que provenían del mismo infierno que las otras que habíamos bebido la noche anterior. Mientras sacudía la leve capa de polvo que las cubría, Matías me miró fijamente. Sus ojos, acaramelados y dulces como la miel, me observaban con cierta malicia y sarcasmo, como esperando que yo le dijera o le insinuara algo sobre el Marqués, como incitándolo a continuar con su relato.

-  Una noche, mientras yo dormía, sentí un ruido extraño. Me levanté y noté que mi padre no estaba en su litera. Asomé la cabeza por la ventana y lo vi dirigiéndose a los viñedos por la misma ruta que el Marqués acostumbraba tomar en sus salidas nocturnas.

El sendero hacia las viñas estaba claro. La luna llena aquella noche era una bola de algodón brillante. La curiosidad en los niños es algo natural, ¿No cree usted, señor? No supe qué contestar. Sentía que mi rostro enrojecía más por la alusión a mi curiosidad por saber la historia del Marqués que por el vino bebido. Recién habíamos dado cuenta de media botella.

-   Sí, creo que sí, dije sonriendo.

Matías Segundo apuró un trago y exhaló un suspiro de complacencia.

-   Algo bueno debe tener el infierno para que este vino lleve el nombre del gran jefe, dijo el viejo.

Luego prosiguió:

-   Yo era muy sigiloso para andar entre los viñedos como para que alguien notara mi presencia, un puma bajando de las montañas para caer sobre su presa.

Mi padre no se percató que lo espiaba a de la misma manera como él lo hacía con el Marqués. Lo mío era por curiosidad de niño, pero sé que mi padre no estaba allí por la misma razón que yo. En él, era preocupación por lo que al Marqués le estaba sucediendo.

Había adelgazado mucho, su barba estaba crecida al igual que sus cabellos, tenía el aspecto de un loco. Casi no comía y sus ojos estaban enrojecidos. Tenía las ojeras de un mapache. El vino lo estaba matando, señor, dijo el viejo abriendo los ojos como un sapo sacando la cabeza del agua.

Matías se levantó de la silla bruscamente, provocándome un sobresalto. Me miró con esos ojos de chinchilla; en ellos había satisfacción, parecía jugar conmigo. Mi curiosidad era su mejor aliado.  Tomó un pequeño vaso, lo llenó de agua y lo vació sobre su cabeza. Luego sacudió su melena cana y alborotada.

Llenó un vaso hasta el borde, lo tomó de una envión.  Se volvió a sentar, prendió un cigarro, me alcanzó uno y prosiguió:

-  El Marqués se hallaba arrodillado frente a un viñedo donde los racimos de uva fulguraban como esas lucecitas que se ven brillar allá en los árboles navideños de las grandes ciudades. Las uvas exudaban unas gotitas amarillentas que el Marqués recogía con sus dedos temblorosos.  Luego, y esto dudo que me lo vaya usted a creer señor, se escuchó una voz de mujer que era como el zumbido de una abeja. Retrocedí unos pasos, alarmado, pero mi curiosidad era grande, inmensa como la noche y sus estrellas y decidí quedarme.

Era la mismísima voz de doña Amalia Flores de Campodónico, la mujer del Marqués. Luego vi la imagen de ella y esto, señor, lo puedo jurar sobre la misma tumba de Matías Segundo Turro, mi padre, y si miento, que mi alma se queme en el mismo infierno.

La voz del viejo parecía venir de otro mundo. En ese momento su mente se había trasladado a otro tiempo. Era el niño Matías Segundo quien hablaba a través de aquel cuerpo obeso y de rostro arrugado como una pasa.

-  Allí estaba la mujer del Marqués, delgada y alta como un álamo. Su rostro sonreía con esa mixtura de ángel y niña que siempre la había caracterizado.  Ese era el rostro que yo recordaba hasta antes de que el Marqués le prohibiera salir de la casa.

Su cabello negro, corto y ordenado como lo había llevado en vida, lucía  dos ramos pequeños de uvas resplandecientes. Al poco rato doña Amalia tomó el camino que daba a la casa y don Andrés la siguió sin intentar, en ningún momento, detenerla. El viejo comenzó a reír estrepitosamente.

-   Parecíamos un pequeño ferrocarril. El Marqués detrás de doña Amalia, mi padre detrás del Marqués y yo detrás de todos ellos. Y el viejo volvió a estallar en un ataque de risa.  Permanecimos en silencio el tiempo que demoramos en apurar la cuarta botella. Cuando descorchó la quinta y después que hubo llenado los vasos, me dijo:

-   Yo no pude entrar a la casa porque me hubiera delatado, pero mi padre sí lo hizo.  Antes de morir me contó todo lo que ahora yo voy a contarle. Si se lo cuento es porque usted, señor, me cae bien y hace más de cincuenta años que nadie me simpatiza así.

Me sentí emocionado y Matías lo percibió. Me indicó el vaso y apuré un trago. Luego prosiguió:

-   A nadie le he contado lo que mi padre me confió la noche aquella en que murió.

Así que lo que va a escuchar es lo que le contaría mi padre si viviera. Doña Amalia se dirigió al sótano de la casa donde don Andrés guardaba los vinos. La puerta estaba cerrada y con una leve seña le indicó al Marqués que la abriera, luego entraron dejando la puerta entreabierta. Mi padre, a hurtadillas vio el camastro donde doña Amalia había permanecido durante los  últimos años de su vida. Sujeto a la pared había una especie de armella sobre la que colgaba una herrumbrosa...

-   Quiere decir... interrumpí.

-  Sí, señor, se me adelantó Matías, la había encadenado a la pared para que ningún ojo de hombre posara su mirada sobre su bello rostro. Allí la volvió a encadenar de nuevo, entre los casilleros donde guardaba las botellas de vino que reservaba para sus fiestas de antaño. Y allí mismo, invocando al mismo Diablo pronunció estas palabras:

“Dame la gracia, diablo maléfico, de que ningún hombre que no sea yo pueda verla nunca y el día que muera podrás llevarte mi alma, mi cuerpo, todo”.

Sus celos habían traspasado los límites de la realidad. Fue ahí donde comenzó a divulgar entre los peones aquella historia de que el mismo diablo se había instalado en el sótano de su casa y que todo aquel que pretendiera ingresar en ella perdería la voz y la visión.

Todos atribuyeron esa historia a las alucinaciones de un pobre borracho; pero no fue hasta el día  en que Clodomiro Bautista, llevado por la ambición de  apropiarse de una de las botellas que el Marqués guardaba en su sótano, se aventuró a entrar en esa habitación, que pudimos comprobar que lo dicho por el Marqués era cierto.

“Esas son invenciones del Marqués para ocultar las lindas botellitas de buen vino que debe tener ahí, pero a Clodomiro Bautista no se le engaña con cuentitos de diablos”. Fue lo ultimo que su mujer escuchó la noche aquella en que el desgraciado criado se aventuró a entrar en el sótano del Marqués haciendo caso omiso a la advertencia.

El pobre infeliz se quedó ciego y mudo hasta el día en que lo cubrieron de tierra. Hacía señas como queriendo contar lo que había visto pero nadie podía enctenderlo. Lo que nos causaba gracia a nosotros los niños de ese entonces era verlo como se llevaba los índices y se los colocaba a cada lado de la cabeza.

“Parece que de verdad ha visto al diablo”, decían unos. “No, son los cuernos que le ha puesto la mujer lo que lo ha vuelto estúpido”, decían otros.

Lo cierto es que nadie más se negó a acatar las advertencias del Marqués por temor a quedarse como el pobre Clodomiro. El viejo Matías vio que las cinco botellas depositadas sobre la mesa estaban vacías.

-   Voy por la última, dijo.

A los pocos minutos se arrellanó sobre la silla y dijo:

-   Cuando don Andrés Hurtado de Munayco no salió de la casa durante dos días, nadie quería entrar a la casa.

Mi padre ya había muerto años antes así que por el cariño y respeto que él había tenido para con el Marqués, me sentí en la obligación de ver si algo le había sucedido al bendito hombre. Lo encontré tirado en el salón grande, aquel que daba al sótano.

De hecho estaba muerto.  No sé por qué razón me aventuré a descender al sótano.

El camastro de doña Amalia estaba pegado a la pared de donde colgaba una cadena, tal como me lo indicó mi padre años antes, pero por ningún lado se veía a la esposa del Marqués. Después que lo enterramos aparecieron unos parientes lejanos que nadie conocía. Esas propiedades valían oro y eso bien que lo sabían. Pocos fueron los que se quedaron a trabajar para los nuevos patrones.

Venían con ideas nuevas que a mí no me gustaron, así que decidí marcharme. A veces pienso que lo que buscaba era huir de los recuerdos que esos lugares me traían. Una forma de enterrar mi pasado y creo que lo he logrado ahora que le he contado toda esta trágica historia. Cuando me iba, uno de los parientes del Marqués se me acercó y me preguntó que dentro de  las innovaciones que querían hacer estaba el de ponerle nombre al vino, pues, que yo recuerde don Andrés nunca se había preocupado por eso.

“Casillero del Diablo”, le contesté.  Luego me marché.  El viejo comenzó a reír nuevamente.
-  Fue un nombre que se me ocurrió por decir algo, pero nunca pensé que realmente se lo pusieran. Matías Segundo se levantó de la silla, bebió un trago y me dio un cordial “Hasta mañana, señor”.

José llegó como lo había previsto siete días después. Me despedí del viejo y partimos, José nunca preguntó en qué había terminado esa truculenta historia. Seguramente pensó que eran invenciones del viejo Matías.





BAJO LA ENCINA

“Dejo bastantes
cosas sin darme prisa a
concluirlas”.
Robert Frost.
Un niño se lamentaba frecuentemente porque todo lo que hacía le salía mal.

-      Estoy harto de esta situación, le dijo a su padre. Por más que me empeño en hacer las cosas bien, no acierto en nada.

El padre, preocupado, decidió observar a su hijo. Notó que el muchacho hacía muchas cosas al mismo tiempo y con mucha prisa, dejando a veces muchas de ellas inconclusas y otras muy mal hechas. Luego de un tiempo, llamó al muchacho y le dijo:

-      Ven, daremos un paseo, quiero que veas algo.

Cuando llegaron a un bosquecillo poblado de encinas, se detuvieron bajo uno de los árboles para protegerse del sol. Una bellota cayó a los pues del padre.

-      Mira, dijo el padre con el fruto entre los dedos, cuando la bellota cae del árbol espera un tiempo para abrirse, luego germina y posteriormente echa raíces. Pero, ahora cabe preguntarnos: ¿Cuánto queda por concluir todavía?

Un gorrión se posó junto a ellos y canturreó sonoramente.

-      Falta que el sol y la lluvia participen conjuntamente para que esta bellota se transforme en encina. Antes de una fecha determinada, pero con ayuda de ellos, crecerá hasta erguirse y esparcir su sombra, concluyó el padre.

-      Vaya, dijo el muchacho, pero será dentro de mucho tiempo.

-      Así es, hijo, en el tiempo que la sabia naturaleza lo determine. La vida nos presenta infinidad de cosas que no podemos apresurar, a pesar del esfuerzo y la velocidad que le pongamos. De ahí que nuestros planes y problemas deben madurar, como esta bellota, hasta su solución, sabiendo que interviene en ellas una fuerza superior a la nuestra.


Con el tiempo el niño dejó de lamentarse, pues, había aprendido la lección que el padre le había impuesto.