GRATITUDES


En el Corán, Surat VIII 57-60, se lee… “Las peores bestias, ante Dios, son los ingratos, pues ellos no creen; (…) Dios no ama a los traidores”. Ya el Dante se lamentaba de la ingratitud en el exilio. En su Epístola XII, dirigida a su amigo Feruccio de Manetti Donati, el autor de la Comedia se lamenta de las indignas condiciones que las autoridades florentinas exigían a los desterrados para regresar a Florencia. ¿Es ésta la graciosa revocación con que es llamado a su patria Dante Alighieri, que ha sufrido exilio durante casi tres lustros? ¿Esto ha merecido su inocencia a todos manifiesta? ¿Esto el trabajo continuo y el estudio? (…) ¡Lejos esté de un hombre que predica la justicia que, habiendo padecido injurias, pague de su dinero a quienes le injuriaron como si fuesen [ciudadanos] beneméritos! (…) No es éste padre mío, el camino de vuelta a la patria (…) Jamás entraré en Florencia.(…) seguro estoy de que no ha de faltarme el pan”.


La ingratitud golpea el corazón de todos; en algunos, aquellos de sensibilidad adusta, la herida se escara en poco tiempo; en otros, esas llagas permanecen imborrables a través de los años, como una ortiga amarga que de vez en cuando hinca nuestra memoria con su hiel ponzoñosa. No he sido ajeno a estos golpes, he recibido muchos y de gran calibre, pero, a pesar de ello, nunca he cerrado la mano a quien me la ha solicitado.


Quiero expresar mi gratitud a tres personas que han hecho posible la creación de este blog, libro de la modernidad que me permite llegar a un gran número de lectores que se resisten a vivir en las sombras de la ignorancia, esa asesina de mentes libres que durante mil años esterilizó el pensamiento del hombre medieval. “Nada hay más espantoso que una ignorancia activa”, sentencia Goethe.


Mi agradecimiento a Tatiana Vega Valencia, que tuvo la paciencia y la tenacidad, propia de su juventud, para batallar durante tres arduos años entre manuscritos, apuntes, fichas y estantes abarrotados de libros para poder consolidar en la computadora, parte del trabajo intelectual que me ha ocupado por más de cuarenta años; ella también es la responsable de un gran número de fotografías que conforman este blog.


A Sergio Villanueva Valdivia, inquieto, creativo y generoso como una mano extendida hacia el cielo, quien fue el gestor de este blog, fue él quien me impulsó (tan reacio yo) a entrar al mundo de la informática (así podrás llegar a un gran número de lectores) me dijo una tarde de esas en que la amistad se reviste de fraternidad y cariño inefable.


Por último, a Milagros Mora, quien hasta hoy, cual empecinado Sancho quijotesco, me acompaña en esta cruzada cultural con la que sueño día a día. Sus frecuentes desvelos y trasnochadas hacen posible que semana a semana se incrementen las páginas de este blog. Sus palabras de aliento, su amistad inmarcesible y, hasta sus frecuentes regañinas, levantan mi ánimo cuando me siento oprimido por este mundo de modernidad asfixiante, por este acontecer tan ajeno al de mi niñez tan llena de aventuras y ficciones que en mi mente introdujeron hombres como Salgari, Dumas, Verne o Dickens y otros tantos creadores de historias, verosímiles o inverosímiles, que hasta hoy perduran en mi vida.


Wolfsschanze, marzo 27 del 2011.


Guillermo Delgado.

sábado, 13 de noviembre de 2010

LIBRO LA ROSA Y LA SOMBRA





METAMORFOSIS

“Entre tanto, estaba contento el medio hombre y medio animal con su pupilo de divino linaje y se gozaba del honor que se sumaba a su tarea”
OVIDIO
METAMORFOSIS
LIBRO II (VV. 634 - 635)


Un hombre que había asistido a una feria, se entusiasmó con unos payasos que hacían malabares y gracias; no dejen de venir a nuestra función de esta noche, dijo uno de ellos, este es un pueblo lejano y son pocas las veces que podrán disfrutar de un espectáculo así. No faltaré, pensó el hombre. Esa noche fue uno de los primeros en llegar, y aún así, hubo de hacer una larga fila para conseguir una entrada. Disfrutó de los payasos, de los magos, de los saltimbanquis, que se disputaban los aplausos de los adultos y la grita de los niños. Antes de culminar la función, el maestro de ceremonias, un hombre gordo y calvo que lucía un gran mostacho cenizo, anunció la presentación de Jonás y su puma. Un hombre delgado, casi huesudo, apareció en el centro del escenario llevando un bello puma, al cual tenía atado por el cuello con un vistoso collar. El domador y el animal opacaron a todos los artistas que habían aparecido antes. Con razón los guardaron para el final, ese animal es fabuloso, pensó el hombre lleno de admiración.

***

El espectáculo del puma se repitió durante varias noches y el hombre no se perdió una sola función; la fiera lo había hipnotizado. El día de la última presentación el hombre se presentó en el camerino del domador. Soy un comerciante muy rico, le dijo, quiero comprar ese puma. El domador lo miró asombrado. Los cuantiosos billetes que el hombre blandía en la mano lo convencieron. Venga esta noche aquí mismo y cerraremos el trato. Pero eso sí, no olvide que es una fiera, dijo el domador.

Cuando los feriantes abandonaron el pueblo por la noche, el comerciante se hallaba sentado en la sala de su casa contemplando al puma que se revolcaba como un inocente gato sobre una alfombra. El tiempo pasó y el joven puma se convirtió en un robusto felino de gran peso.

- Creo que deberías deshacerte de ese animal, amigo, le dijo un vecino al comerciante. Es peligroso, no olvides que es un animal salvaje.

El comerciante no hizo caso a las advertencias del vecino, son sólo palabras brotadas de la envidia, se dijo, de seguro que si lo tuviera en su casa. No pensaría así.

***

Una noche el hombre regresó a su casa en estado de ebriedad. El puma estaba durmiendo y no le gustó nada que lo despertaran. El hombre lo vio desperezarse y ronronear como un gran gato doméstico. Se sirvió un trago y se sentó a observarlo. Miraba aquel pelaje corto, tupido y de color amarillento que lo había cautivado desde la primera vez que lo vio; miraba aquel cuerpo sólido capaz de tumbar un anta; miraba aquellas patas gruesas provistas de garras fuertes y vigorosas.

- Podrás tumbar un alce o comerte un venado, amiguito, pero no podrás vencer a un feroz toro, dijo el comerciante, quien puesto de cuclillas y con los índices a los lados de la frente, comenzó a bufar como un toro y a provocar al puma.

El animal aún conservaba la molestia que le provocó el ser despertado, por lo que se mantuvo ajeno a la provocación. El hombre empezó a hincarlo con los dedos en el lomo, en el cuello, en las patas. El tufo a licor que el hombre despedía comenzó a fastidiar al animal quien profería gruñidos leves, como los susurros de un mar que comienza a encabritarse.

El hombre eufórico bufaba con mayor intensidad. El animal lo miró como quien atisba el horizonte y recordó el sueño en que se hallaba inmerso cuando fue despertado, y entonces se vio corriendo por una pradera, perseguido por unos disparos, con una pata sangrante y rengueando; vio a sus crías mortalmente heridas y a la hembra con los ojos abiertos y vacíos de toda esperanza tumbada al lado de ellos y siguió corriendo hasta alcanzar un árbol adonde trepó buscando calmar ese corazón agitado que parecía estallar bajo el fuerte sol del mediodía. Sintió los cascos de un caballo que se acercaba y sus orejas se erizaron en alerta extrema. Entonces vio un rostro sudoroso, era un jinete que apuntaba su arma contra él. El puma se puso de pie y miró aquel toro que venía hacia él y cuyo rostro no era el del animal que decía ser y saltó con la rabia de las crías muertas y la furia de los ojos vacíos de esperanza.
Todavía al amanecer, una mancha de sangre seguía creciendo sobre la alfombra.

Casteld’ieri, agosto del 2005.




NIÑA LUZ

Porque eres la mujer más bella, porque eres reina mía, porque eres mi princesa, dejo que inagotable me anegue el llanto, dejo que la tormenta de la pasión me arrastre.
MORQOTÚLLAY

Contaba el octogenario Acuruca, cacique de Andahualillas, comunidad andina que se encuentra en la provincia de Quispicanchi al sur del Cusco, que su abuelo, el curaca Asuñawi; le contaba de niño muchas historias acerca de aparecidos, duendes, fantasmas, árboles embrujados y cerros encantados, todos esos cuentos pequeño Acuruca no los he inventado yo, los he escuchado de boca de los indios andando a través de caminos y pueblos desconocidos. Ascendí cuestas arriando borricos cargados de chucherías que vendía para ganarme el sustento. Cuando recuerdo esos años de andarín, cuántos recuerdos afloran llenándome la memoria, decía al nieto el curaca Asuñawi. La que más recuerdo, porque era la que más me gustaba y era la que más le hacía repetir a mi abuelo, era la que contaba la enemistad de los cerros de Valle Tambo, esos que estaban al lado de la laguna grande.

-         Pero Acuruca, dijo Nemesio Arapa, si al lado de la laguna grande no hay ningún cerro, sólo una extensa dehesa donde antes se alzaban sobre promontorios pequeñas cosas que el viento, el sol y la escasez de lluvias mandaron al olvido.

El viejo tomó un trago de chicha y, cogiendo unas hojas de coca de una bolsa que llevaba atada al cinturón de la  saya, se las llevó a la boca. Unos pocos dientes sarrosos, enverdecidos, comenzaron a triturar las hojas hasta hacer un bollo. Ni tú ni yo habíamos abierto los ojos Nemesio, cuando los cerros comenzaron a pelear como fieras por Niña Luz, esa estrellita que se escapaba de sus guardianes allá en el cielo para visitar a Apu Corioco y a Apu Cocha, dijo el viejo y volvió a llenar su boca de chicha y hojas de coca.

Muchos niños y jóvenes habían hecho una ronda alrededor del viejo Acurruca, atraídos por aquella historia de cerros que había despertado curiosidad. El viejo se acomodó en una vieja silla de paja, miró el cielo que ya comenzaba a oscurecer y a mostrar sus primeras luces y dijo con solemnidad: Hace mucho tiempo, muy atrás, dos cerros de casi similar altura, tenían cada uno su belleza. Ambos estaban a la orilla de la laguna grande, por eso tenían buena hierba, buenos arbustos, grandes árboles y muchos pájaros que contaban todo el bendito día. Era el paraíso del Taita Inti. Sus cumbres se veían a muchas leguas de distancias, eran apus fuertes, imponentes, poderosos. Vivían uno al lado del otro.

Hablaban poco entre ellos, se podría decir que no eran amigos, pero habían aprendido a convivir. Pero un día una estrella pequeña bajó del cielo y se internó en el bosquecillo que crecía en las faldas de Apu Corioco. He venido porque estoy aburrida de jugar con mis amigas allá en el cielo. Además, debo confesar, soy una estrella niña muy curiosa, dijo la estrellita.

- ¿Y cuál es tu nombre?,  preguntó sonriente Apu Corioco.

- ¿Nombre?, no tengo ninguno. Mi taita Inti, el sol, ni mi madre Mama Killa, la luna, se han preocupado por darme uno, dijo la estrellita.
Ya sé, te llamarás Niña Luz. ¿Qué te parece?, dijo el cerro. ¿Niña Luz? Me gusta ese nombre, dijo la estrellita y se puso a brincar como un carnerito por entre los árboles y los pequeños riachuelos.

Una noche Apu Corioco preguntó a la estrellita: ¿Y tus padres saben que bajas a pasearte por aquí? No, contestó Niña Luz, no lo saben. Si lo supieran me castigarían. El cerro trató de aconsejarla, pero ya la estrellita se había perdido entre el denso boscaje. Niña Luz bajaba a la tierra cada vez que podía escapar de la vigilancia paterna. Disfrutaba de los árboles frondosos, de las flores perfumadas, de los frutos de los pequeños huertos, de las sombras que al declinar la tarde crecían junto a los arbustos o vallas de moras, de la tierra olorosa, dulce y roja. El Apu Cocha, que durante semanas había observado con reserva el fortalecimiento de la amistad entre Niña Luz y Apu Corioco, dijo una vez a la estrellita, aprovechando que el otro cerro dormía.

- También puedes visitarme a mí, pequeña estrellita; yo también tengo árboles grávidos de frutos, flores multicolores donde muchos pájaros vienen a trinar desde muy temprano, y además, un hermoso riachuelo que baja de mis cumbres gracias a la lluvia que baña mi cima.

La estrellita aceptó complacida la invitación; alternaba sus visitas a los cerros, hoy uno, mañana el otro, pensó. Apu Corioco no vio con buenos ojos aquella situación, pensaba que la amistad con Apu Cocha lo alejaría de Niña Luz.

- Yo le puse ese nombre, dijo Apu Corioco, con voz retadora.

- Sí, es bonito, aunque no refleja toda la belleza de esa linda y encantadora estrellita, contestó Apu Cocha con sorna.

- Ella conmigo tiene lo que toda estrellita niña puede desear, así que mejor será que dejes de invitarla, dijo Apu Corioco en un tono más grave.

- Ella es libre de escoger el lugar que le plazca; esa estrellita niña no es tu propiedad, así que no me vengas con majaderías, contestó, bastante alterado, el otro cerro.

La discusión entre los apus se prolongó durante horas, días y semanas; la pobre estrellita ya no podía disfrutar ni de uno ni de otro bosque, pues, las peleas comenzaron a tornarse violentas.

- Yo vine a la tierra porque pensé que aquí disfrutaría de la alegría que irradian sus bosques, sus flores, de ese aire tan propio de esta tierra de cerros, cumbres y nevados, de ese viento impregnado de retamas y arrayanes que invade las campiñas; pero ahora qué veo… riachuelos que arrastran líquenes, ramas, hojas secas. Una vegetación salvaje llena de gusanos e insectos que devoran lo verde con brutalidad, una maleza salvaje que estrangula las plantas impidiendo que den sus flores; y todo debido al ambiente negativo que han generado. Por eso me voy, no quiero escuchar más discusiones, concluyó Niña Luz.

Y así como bajó por un sendero dibujado en el aire, así la estrellita tomó el mismo sendero y se marchó para siempre: Esa noche, Apu Cocha se sintió muy desgraciado y desesperanzado; el harawi que se puso a cantar reflejaba su aflicción.

¿La desventura, reina,
nos separa?
¿La adversidad, infanta,
nos aleja?

Si fueras una flor de chinchercoma,
hermosa mía,
En mi sien y en el vaso de mi corazón
te llevaría.

Pero eres un engaño, igual
que el espejo del agua.
Igual que el espejo del agua,
me ilusionas en vano.

¿Te vas, amada mía, sin que nuestro amor
haya durado un día?

Así triste, desolado, se durmió aquel gigante. En tanto Apu Corioco se hallaba contrariado, el dolor y la rabia lo acometían, lancinantes, turbando su pensamiento; enfurecido miró a su rival; este dormían plácidamente mientras la luna bañaba con su luz blanquecina su esbelta cumbre. Apu Corioco también cantó, pero no era un canto de amor ni de lamento, era un ayataqui lo que brotaba de sus entrañas, un canto con timbre fúnebre que derrotaba todo su pesar y su rabia, un canto cuyos versos iban dirigidos a Apu Cocha, culpable, según él, de la partida de Niña Luz.

Ladrón
como zorro, como tortuga,
cobarde.

Has robado mi estrella
mi estrella pequeñita,
Has robado a mi niña,
que se ha quedado solita.

Ruin, canalla, miserable,
duermes como si nada
a mi corazón hubieras hecho,
duerme nomás canalla,
que ya vendrá mi venganza.

No es valor pelear ocultando el cuerpo.
Descubre tu pecho, cobarde,
que cuando llegue el amanecer
veremos quién es mejor.

Cuando Apu Cocha despertó de su profundo sueño, percibió en el viento cierto aire enrarecido, un ambiente cargado de violencia. Un grito de guerra brotó de Apu Corioco quien sacudió su cabeza dándole un certero golpe a Apu Cocha, este, recuperado del impacto, respondió; entre cabezazos fuertes, desprendimientos de rocas y una asfixiante polvareda se dio una lucha de titanes. Los pájaros, los ciervos, las vizcachas, los zorros y cuanto animal viviente habitaban aquellos bosques huyeron despavoridos. La tierra estremecida se detuvo cuando un fuerte golpe de Apu Corioco descabezo a Apu Cocha. Soy el más fuerte, gritó el vencedor, orgulloso. Pero Apu Corioco notó que algo brillaba sobre los restos del vencido.  Pero si es oro, dijo asombrado. De inmediato, a través del viento, hizo saber a los hombres de su descubrimiento. Que le abran las entrañas para sacarle el oro, que poco a poco lo desgarren para que no quede nada de Apu Cocha, esa será mi venganza, dijo Apu Corioco lleno de soberbia. Y así fue como, los hombres, provistos de palas, picos y asadores, sacaron oro en cantidades asombrosas; en pocas semanas, de Apu Cocha no quedó nada.  Su cuerpo, tenoso y rocoso, otrora majestuoso cerro, había desaparecido por acción de la ambición del hombre por aquel metal amarillo.

***

Pasado el tiempo; mientras amanecía y aún Apu Corioco dormía, un gran número de hombres cavaban en sus faldas. Si ese cerro tenía mucho oro, este que es más grande debe tener mucho más, decían los hombres mientras removían tierra y roca con gran afán. Apu Corioco miró el lugar donde antes había estado Apu Cocha y sintió que su tumba en poco tiempo luciría igual.

El viejo Curuca acabó su relato. Su boca sedienta apuró un trago de chicha. Nemesio Arapa asintió con la cabeza. Ahora sabía porque aquellos dos cerros majestuosos eran sólo parte de una historia que hombres como Curuca se encargaban de transmitir a los hombres venideros.

Wolfsschanze, marzo – abril 4/ 2009.




   LA ROSA Y LA SOMBRA

Vivía un joven ciego en una casa donde sufría el maltrato y la indiferencia de quienes lo rodeaba, pues, lo consideraban un ser inútil.
-         Triste vida la mía, decía el ciego.
Los pajarillos que se posaban en el alféizar de la ventana de su habitación despertaban en el muchacho una dulce sensación de alegría, pero esta dicha, no duraba mucho, pues las pequeñas aves, al primer ruido que percibían en la casa, emprendían vuelo, temerosas quizá de ser atrapadas.
Más de una mañana en que el sol calentaba la habitación, el ciego se acercó a la ventana para sentir el vientecillo fresco que ya jugueteaba en el jardín. Grande fue sorpresa al percibir un ligero, suave y contagiante aroma. ¿Pero qué era aquello tan placentero al olfato? se preguntó el muchacho.
Con la ayuda de un bastón y aprovechado que todos en la casa habían salido, el invidente se dirigió al jardín y, guiado por su desarrollado olfato, llegó hasta una planta que resultó ser un rosal. Sus frágiles manos palpaban las delgadas ramas, cuando una vocecilla le dijo:
-         Cuidado con las espinas, pues te pueden dañar la piel y hacerte sangrar.
El muchacho quedóse sorprendido. De inmediato pensó que alguien se hallaba en el jardín y temió ser castigado, pues le estaba prohibido salir de la casa. Quiso huir, pero la vocecilla lo detuvo:
-         No tengas miedo, soy sólo yo,
Era una pequeña y linda rosa cuyos pétalos color encarnado le daban prestancia al rosal.
-         Yo no sabía que las flores hablaran, dijo el ciego sorprendido cuando la flor se hubo identificado.
Sí, hablamos, pero sólo entre nosotras y algunas veces con los pájaros que vienen a buscar nuestro polen, contestó la rosa alegremente.
Desde ese día la rosa y el cieguito se hicieron grandes amigos y, como el rosal estaba cerca de la ventana, el muchacho no tuvo necesidad de abandonar la habitación para hablar con ella. Un día en que la rosa vio a su amigo algo triste le preguntó:
-         ¿Qué te sucede amiguito?, ¿Qué tristeza golpea así tu rostro?
El ciego respondió:
-         Yo soy como ustedes las rosas, porque quienes habitan esta casa son como las espinas, no hacen más que dañarme.

-         Te equivocas, dijo la rosa. A nosotras nos protegen las espinas, nos cuidan para que aquellos que traten de arrancarnos no puedan hacerlo y se lleven un pinchazo.

Lo cierto es que con la amistad de la rosa la vida del ciego cambió totalmente y así, los días amargos de otros tiempos, fueron desapareciendo.
Una mañana el ciego abrió su ventana y grande fue su asombro cuando al olisquear el aire no sintió el aroma que todas las mañanas expelía su amiga. Dando trompicones y sin importarle que lo castigaran, llego hasta el jardín, donde un gemido lastimero que escapaba de un rincón llamó su atención.
La rosa yacía sobre un montículo de hierba seca, con sus pétalos temblorosos, ya algo chamuscados por el sol. Una mano malvada la había cortado con la intención de llevársela, pero al ver otras rosas más vistosas, la había desechado y arrojado en aquel lugar donde se amontonaba lo inservible, aquello que debía ser arrojado a la basura.
Los días que siguieron a la desaparición de la rosa fueron de los más tristes y trágicos en la vida del muchacho. Cierta mañana el ciego fue encontrado sobre su cama, con el rostro pálido, pero con una mirada cuya serenidad contrastaba con su estado. Había muerto. Todos lloraron, pero era demasiado tarde para ello. Cuando lo enterraron nadie se percató que debajo de la camisa, sobre su pecho, al lado del corazón, una pequeña y linda rosa de color encarnado abría sus pétalos como buscando abrazar a aquel amigo con el que ahora partía a la eternidad.





ITUARA


I
Cuando la madre de Ituara alumbró a su hijo, pidió a Osuna que le diera algún brebaje para evitar el dolor del parto. El brujo le alcanzó un mejunje de ayahuasca mezclado con amarón yagé para que la mujer no sintiera ninguna molestia, ningún malestar, ninguna incomodidad.

-      Este brebaje te hará insensible a cualquier dolor, dijo Osuna mientras el cuerpo de la mujer se iba poniendo rígido y los globos de los ojos se blanqueaban.

Un grito gutural como el graznido de un cuervo salió de su boca espumosa. El brujo tomó unas hojas de china y panga y la abanicó mientras salmodiaba.

-      Márchate víbora, vete de aquí, boa.

Los años pasaron y la madre de Ituara descubrió que su hijo era ajeno no sólo al dolor físico sino que mostraba indiferencia ante el sufrimiento de los demás. Un día en que Ituara perseguía a unos monos provistos de una cerbatana, cayó del árbol de donde estos se encontraban. La caída le quebró una pierna. Un huesero se la entablillo con madera de izapí. Ituara, que en ese entonces tenía seis años no mostró ningún indicio de dolor, ningún rictus de sufrimiento, ninguna mueca de incomodidad. Cuando cazaba torcazas, montetes y pequeños pecaríes, les daba muerte con gran sadismo: a las aves les arrancaba el pescuezo estando vivas; a los pecaríes les abría el pecho con un chafle que llevaba siempre consigo, los gruñidos de los pequeños mamíferos crispaban los nervios de los niños que observaban la escena horrorizados.

-      Ituara no tiene corazón, tiene una roca que late en su pecho sin emoción alguna, dijo su madre a Zaida, la muchacha que la ayudaba en la limpieza y el orden del palafito en que vivía con Ituara.

Ituara cumplió veinte años y, a diferencia de los jóvenes de su edad que ya tenían pareja, él evitaba todo contacto con mujer alguna a excepción de su madre, con quien siempre se mostraba frío y calculador. Ni las muchachas más bellas de la comunidad despiertan interés alguno en él, se comentaba.

-      Sí, hubo una muchacha, dijo Iyari, la madre de Ituara.

Zaida la escuchó con atención.

-      Tengo la visión de ese encuentro y guardo en mi corazón el eco de esas voces.

La inquieta Zaida abrió los ojos como un sapo y se acomodó en su petate.
-      Ituara vagaba por la selva cuando encontró a una joven muy tierna y hermosa, con donaire y gran apostura, dijo Iyari.

Mientras Iyari narraba, Zaida recordó la primera vez que vio la selva. Su padre, un comerciante en pieles, se instaló con ella y su madre en un bohío cercano a un río.

Allí mercadeaba en peletería, bisutería y todo tipo de menjunjes preparados con ayahuasca, barbasco, incira y otras plantas con características afrodisíacas, alucinógenas o medicinales. Un día el padre conoció a una joven brasileña de grandes ojos verdes y cuerpo escultural. A los pocos meses desapareció. La madre, abandonada a su suerte con una niña de corta edad, tuvo que aprender diferentes menesteres para mantener a la hija. Mientras la mujer trabajaba, Zaida paseaba por la selva como un animalito salvaje. Allí se dio cuenta que cuando llovía constantemente los arroyos sobrecargados inundaban los caminos haciéndolos intransitables, dejándolos cubiertos de un espeso cieno fertilizante; allí descubrió que las lianas crecían incontrolablemente entre los árboles y que las ramas gruesas estaban cubiertas de enredaderas silvestres que se descolgaban desde lo alto formando copiosas matas; también en esa selva se extasiaba viendo al sol del atardecer perderse detrás de una densa arboleda y, en la tiniebla que comenzaba a formarse, enjambres de inquietos monos se acurrucaban en el tronco torcido de un ahue semejando unas bambalinas tocadas por un tenue viento.

-      La aparición de la muchacha lo turbó de improviso, dijo Iyari sacando a Zaida de sus pensamientos.

La muchacha miró a la madre de Ituara, parecía como si su mente estuviera en otro lugar, en otro tiempo.

-      Al ver que la muchacha llevaba sobre la cabeza una corona de flores, Ituara quiso congraciarse con ella y fue en busca de flores, prosiguió Iyari. A un lado de un recuesto había mucha vegetación con abundantes enredaderas de flores blancas y rojizas que bajaban la cuesta como una catarata verdusca. Con mano temblorosa cogió de ese paisaje florígeo un manojo de florecillas y corrió en busca  de la muchacha.

Iyari calló un momento. Tomó su cachimba, la llenó de tabaco picado y lo encendió. Dio varias chupadas y luego dijo:

-      Cuando regresó Ituara, la muchacha ya no estaba, había desaparecido como desaparece el tunche. En vano mi hijo regresó muchas tardes al lugar donde la vio, ni rastros de la muchacha. A veces pienso que es una alucinación puesta ahí por Añá para enloquecer a Ituara. El diablo siempre seduce a los jóvenes utilizando bellas muchachas.

Zaida se hallaba embelesada, pensando que porqué Añá no le traía a ella un joven apuesto. “A mí no se me escaparía”, pensó la muchacha.

-      Desde ese día mi hijo se puso más huraño y más solitario.



II

Sentado en la ribera de un río, Ituara preparaba unas flechas envenenando las puntas con curare. Los gritos de auxilio de un niño que era arrastrado por la fuerte corriente rompió el silencio. La madre, desesperada, corría por la ribera opuesta; un grupo de pobladores la seguía sin poder hacer nada por salvarlo. El niño desapareció entre un amasijo de hojas de palmera, ramas de huimba y pequeños troncos añosos.
-      Es el más diestro nadador que se conoce y no hizo nada por salvar al niño. Ituara mala espina, Ituara traerá desolación y amarguras a todos nosotros, dijo Ayuru, el cacique que impartía la autoridad en la comunidad.
Consultado por Ayuru, Osuna contestó:

-      Puede ser que Ituara sea así  por culpa de la madre. Ella no quiso dolor durante el parto, el hijo debe haber sido tocado por el brebaje que le di a la mujer.

Alguien moría, Ituara no mostraba pena alguna; unas hormigas gigantes mataron a cuatro niños que jugaban cerca del hormiguero, todos en la tribu lloraban y mostraban los rostros desfigurados por el dolor, Ituara miraba indolente como los niños eran sepultados.

En las pendencias con otras tribus invasoras él luchaba ferozmente contra el enemigo que osaba meterse con él. En uno de esos enfrentamientos el hijo del cacique, el osado y arrojado Yapeca, fue perseguido en tropel por un grupo de agresores. Un niño que jugaba cerca del lugar avizoró el peligro y, tratando de salvarse, se internó en lo más denso del bosque y se introdujo en el hueco de un tronco. Allí, con la respiración contenida, vio pasar a Yapeca y sus captores.

Quien parecía liderar al grupo lucía un altivo penacho de plumas de guacamayo y blandía amenazante una repulsiva pica. Se mostraba sumamente agresivo. La aparición imprevista de Ituara los hizo retroceder. Cuando Ituara se fue acercando a los agresores el hijo del cacique forcejeó buscando liberarse. Ituara miró la escena con indiferencia y se marchó. Yapeca fue acuchillado y descuartizado son piedad. Una colonia de hormigas carnívoras se encargarían de los restos. El niño del tronco hueco se había agazapado entre la vegetación arrastrándose como un caimán hacia el lugar de donde llegaba el rumor de la refriega. De regreso a la aldea narraría los sucedido; muchos, incluyendo a su padre, recibirían la noticia entre sollozos.

-      Muchos hombres se negaban a ser capturados con vida, contaría el niño del tronco muchos años después a otros jóvenes aborígenes, pues, sabían que serían sometidos a una cruel y deshonrosa esclavitud, por ello tomaban la cuerda que llevaban a manera de cíngulo, trepaban a alguno de los arboles más copudos y se colgaban de la rama más alta y resistente. En épocas de guerras, continuó, era común encontrar numerosos hoyos, en cuyo suelo se había colocado agudas estacas cubiertas de flores y hierbas.

Quien caía en esas trampas quedaba enterrado y clavado en las duras puntas de los pernales. Después de la batalla los sobrevivientes se reagrupaban entre las brumas del atardecer y cuando entraban en la aldea cada quien iba descubriendo a sus familiares caídos.



III

El cacique juró vengarse. Cinco hombres darían un escarmiento a Ituara.

-      Les daré oro y ganado, azótenlo hasta que la carne se desprenda de los huesos. Quiero oírlo gemir y llorar como un niño, quiero verlo retorcerse como una boa mordida por un tigre.

El cacique presenció la escena escondido entre unos arbustos. Los hombres se turnaban con el látigo. Veinte azotes cada uno en la espalda desnuda. Abrazado a un tronco de lapacho, Ituara recibía los azotes como si fueran caricias. Su mirada, indiferente, recorría los parajes de la selva en dulce contemplación.

Los hombres se retiraron con los brazos agarrotados por el cansancio. A pesar de la espalda lacerada, Ituara no dio muestras de aflicción alguna. Antes de que las heridas de Ituara sanaran por completo los cinco hombres enviados por Ayuru conocieron el reino de las sombras. Uno se ahogó en un río; otro fue encontrado en una ciénaga con señales de haber sido torturado; un tercero murió a machetazos; un cuarto perdió la cabeza mientras huía de su perseguidor y un quinto, después de perder ambos ojos y la lengua, yacía colgado de los pies de un gigantesco renaco.

La muerte de Yapeca significó para su padre el fin de una vida tranquila que había alcanzado tras varios años de meditación y reflexión.

-      Desde la muerte de su madre, querido Osuna, traté siempre de que a Yapeca no le faltase el calor del amor y la comprensión. Todos los días camino hasta el río buscando consuelo a mi pena.

El brujo cerró los ojos y tuvo una visión. Vio al cacique penetrar a través de angostos senderos por esa selva misteriosa atiborrada de árboles, enredaderas y herbajes en la que reverberaba el sol como en un espejo ustorio; verdes helechos arborescentes crecían  como plaga envolviendo los troncos de acacias, izapíes y lapachos.

-      Sorda algarada llenaba el ámbito cuando vi una sombra al lado de un tabari, dijo Ayuru. La silueta se acercó a mí y recién pude reconocer el rostro de mi hijo. Mi cabeza ardía más que el madero encendido de una fogata. Sentí cansancio, me tumbé al lado de un tronco de tala y me quedé dormido y soñé que en el alba hendían el aire guacamayos y papagayos multicolores, los loros chillones y un pequeño grupo de tinguazús.

-      De tinguazús dices, preguntó el brujo con los ojos saltones.

La sola mención de esas aves de mal agüero crispó sus nervios.

-      Sí, el tinguazú, repitió el cacique.

Bebió un sorbo de yucuta y prosiguió:

-      Luego la visión en mi sueño se hizo más reposada. Me vi caminando por la falda de una colina rodeada de un lago de aguas azulinas donde flotaban bejucos y, sobre ellos, una legión de hormigas llevaban los restos de Yapeca. Ahora sé dónde terminaron sus restos después de ser descuartizado.

-      De alimento para las hormigas, dijo el brujo con voz consternada.

-      Sí, asintió Ayuru con voz triste.

Ayuru estaba tumbado en una hamaca de fibra de palmera. Cacique y brujo bebieron yucuta tibia, pues, la noche iba perdiendo el poco calor con que había llegado.

-      Hace pocos días sentí la voz de Yapeca. Echado en mi petate me movía de un lado a otro, poseído por una horrible pesadilla, dijo el cacique.

Osuna había prendido su cachumba y fumaba y bebía yucuta.

-      Una voz gutural y terrorífica repetía a mis oídos el nombre de naca – naca. Era él, Yapeca, quien gritaba ¡naca – naca! ¡naca – naca! ¡naca – naca!
-      Extraño sueño, dijo el brujo.

-      No fue un sueño, yo no estaba durmiendo, dijo Ayuru con voz grave.

El rostro del brujo se mostraba tenso; algo le decía que en los acontecimientos venideros el destino le estaba reservando un lugar especial. Ayuru llenó su cachumba de tabaco y la encendió. La mención de esa víbora pequeña y venenosa cuya mordedura condenaba a la víctima a una lenta y dolorosa agonía cubrió el ambiente de una bruma de tensión. El cacique miró al brujo con rostro grave.

-      Cuando Yapeca era un niño, dijo, yo lo llevaba de la mano por los pequeños senderos que atraviesan la selva. Un día nos encontramos con una naca – naca.

El brujo sintió un escalofrío; más que una sensación de frío fue un aviso que le venía de un mundo del cual siempre solía hablar y al que siempre invocaba en sus conjuros. Un mundo impenetrable para todo aquel que aún abría los ojos y vislumbraba un nuevo día.

-      Debes tener cuidado, le dije. Esta pequeña serpiente gusta esconderse entre las hojas podridas, su mordedura es mortal, más potente que el animal más venenoso que pueda existir. Lo que la hace más peligrosa es que es tan pequeña que nadie piensa en ella.

Hubo un silencio.

-      Nunca le he deseado el mal a nadie, tú me conoces, Osuna. Pero desde la muerte de Yapeca mi vida se ha transformado. Ituara destruirá nuestro pueblo como esos ríos tortuosos de aguas barrosas que arrastran todo a su paso cuando su caudal crece por la lluvia y se hace incontrolable.

El cacique se calló. Miró al brujo y le dijo secamente:

-      ¿Eres una lluvia, Osuna?

El brujo, turbado, camino hasta el ventanuco del bohío. Aún había claridad. Avistó esa naturaleza salvaje que con el paso del tiempo había derramado toda suerte de hermosuras. Vio un camaleón que despertaba preparándose para sus incursiones nocturnas que lo llevaban a deslizarse por las ramas tan en silencio como el arrastrar de un caracol. El mensaje del viejo cacique era claro, sólo bastaba la señal. Y la señal le llegaría esa noche.


IV

-      ¡Osuna!

El brujo dormía. Se agitó en el petate.

Se acercó a la puerta. Era Incino, un anciano que mercadeaba con paiches y zúngaros. Era un experto pescador. Cuantiosas veces el brujo lo había asistido en las diferentes embarcaciones que el viejo poseía. Dotado de un sentido extraordinario, Incino percibía como nadie las ondas y burbujas de vida que se agitaban en el fondo de las turbias aguas de los ríos. Sabía que pez andaba abajo, su especie, su tamaño, sus hábitos, su velocidad y profundidad. Todo eso percibía mientras sus brazos fuertes y manos diestras preparaban el hamo, la flecha o el arpón.

-      Si la presa es un paiche hay que ir alargando la soga, le dijo el viejo al brujo una tarde. Tienes que imaginar a tu victima agitándose en el fondo con ímpetus de gigante. Si quiere huir hay que perseguirlo, si retrocede debemos girar y seguirlo a su ritmo. Se debe tener mucha paciencia, la muerte a veces tarda, pero no falta a su cita, siempre está presente. Llega un momento en que la presa sabe que ya es inútil todo esfuerzo, pero se agitará con hercúlea fuerza en rápidos movimientos, hasta que desangrada y cansada se entregará. A veces el machete debe dar el golpe de gracia. Es ella o yo, Osuna, ella o yo.

-      ¿Qué sucede?, preguntó el brujo regresando de sus recuerdos.

-      Es Iyari, contestó Incino.

Era la señal que esperaba.

-      ¿Naca – naca?, interrogó

El viejo pescador se rascó el mentón.

-      Sí, respondió intrigado.

-      Ya voy, dijo el brujo resignado.

Incino se marchó pensativo.

El brujo se tumbó en el petate y encendió su cachimba. Recordó su primer encuentro con una naca – naca, todo por una travesura. Tenía siete años y se aventuró en la selva por pasajes desconocidos. Sus padres habían salido a cazar añujes, ese roedor de pelaje rustico y engañoso cuya carne suave sabrosa hace que la muerte lo aceche a toda hora.

-      No salgas, le dijo su padre mientras preparaba sus dardos y acomodaba su cerbatana.

-      No salgas, repitió su madre. Te muerden las serpientes y te devoran las tangaranas.

Tanto terror, lejos de intimidarlo, lo estimularon a salir. “Tanto peligro debe ofrecer un buen premio”, pensó. Y así salió esa mañana.

Estuvo tres días y tres noches perdido, deambulando como desesperado en el día y como un ciego aterrado en la densa oscuridad de la noche.

-      Hasta ahora no comprendo cómo salí ileso de ese extravío, le contó Osuna una noche a un chamán ashaninka.

De noche el andar se me hizo más terrible, debía tantear a ciegas el camino, mis pies eran mis ojos, no quería perderme en ese bosque denso donde suenan los vegetales, las plantas, el machimango de olores agradables; ahí me di cuenta que en la selva escuchas también a cualquier ser por pequeño que sea, el zurí y otro gusano que como este también se come porque es sabroso, el awiwa, hasta diez centímetros mide. También escuchas a ese mono volador que aterriza de árbol en árbol, el tokón. Todo escuchas, ashaninka, cuando estas atento, a la brava arambasa, al pájaro flautero, a ese mono nocturno que corta palos y ramas y los arroja desde lo alto de la oscuridad cuando presiente el peligro; también de noche escuchaba al tunche, me daba esperanza, contrario a lo que dicen, mi madre decía, “si un tunche silba es porque alguien ha muerto o va a morir en las cercanías de esa noche”. A pesar de mi cansancio logré dormir una noche, sólo una, profundo; soñé que estaba con la luna en el fondo de un lago. “Esa luna que vez allá  arriba en el cielo no soy yo, es el reflejo que la luz, que sale del fondo de la tierra, hace de mi”. Yo me quedé asombrado con esa revelación. La luna me guió a partir de ese momento y me sacó de ese laberinto verde. Cuando aparecí mi madre me reprendió severamente, “mira tú brazo”, me dijo, esta es picadura de vampiro. Yo no comprendía, yo no sentí ningún vampiro ni vi ninguno. “Ellos no hacen ruido, dijo mi padre,  ni sus alas ni su mordedura revelan su presencia, silencioso es. Su saliva adormece la parte que ha mordido y la sangre brota a su boca como un riachuelo pequeñito, sin que te perturbe nada”. Mi padre tenía razón, me sentí débil la última noche, ese debe haber sido el momento en que me mordió. A veces me temblaban las piernas, las arañas y las tarántulas se me subían, mis piernas se crispaban, ashaninka. Flaqueando volvía a caminar, buscando un arroyo para beber, mis labios estaban secos, los arroyos corren hacia los ríos como jabatos tras la madre, ashaninka. Y si encuentro un río encontraré ayuda, en los ríos siempre hay gente, me deje. Murmuraba para mis adentros, alguna canoa ha de haber, algún pescador, algún pescador, algún viajero, y así, animado, caminaba. Ya amanecía cuando me di cuenta que el agua me cubría los pies y que estaba penetrando en un pantano. Y ahí la vi a la naca – naca, delgada, negra, pequeña, mortífera.

Me paralicé al pensar en su veneno mortal. Pasó a mi lado, casi fregándose en mi pierna, como si jugara conmigo hizo un giro repentino y pasó entre mis piernas. Casi me desmayo de pensar que me mordería y que en pocos minutos terminaría muerto en esas aguas cenagosas.

-      No llores, hijo, ya paso, sé que no volverás a hacerlo, vamos, cálmate, no llores ya, dijo mi madre.

Osuna, el pequeño, durmió aquella noche abrazado a sus padres.


V

Osuna vio a Incino perderse entre los árboles. Quedó pensativo unos momentos.

Abrió un viejo orcón que estaba en un rincón de la choza. Extrajo unas planchetas triangulares de conchas y las colocó con sumo cuidado en su nariz agujereada; luego, dos aretes de plumas brillantes con relucientes élitros de insectos fueron puestos con destreza en sus grandes orejas. Se puso un taparrabos y cubrió su cuerpo denudo y curtido con un cotón multicolor. Introdujo en una bolsa algunos brebajes, polvos y pequeñas hojas y ramas. Salió de la choza cantar de niño. Tomó el sendero que sus pies habían recorrido durante tantos años. Se detuvo, miró su choza. Sabía que era la última vez que la vería. “Esta noche conoceré nuevos caminos”, se dijo.

Cuando Osuna entró en el bohío Iyari se retorcía sobre la estera como una pitón que ha capturado un pequeño caimán. Le examinó la pierna; dos pequeños agujeros rojizos, muy inflamados dejaban ver una sangre que comenzaba a ennegrecer. Dos agujeros más en el antebrazo, la naca – naca había tenido tiempo para una segunda embestida. El sueño de la mujer había sido profundo.

-      Es raro que muerda dos veces, dijo el brujo.

Un crisol estaba en la cabecera de la estera. Osuna lo olió. El olor del sanango era inconfundible. “Alguien la drogó y la naca – naca hizo lo suyo”.

Miró a Zaida con recelo, la muchacha estaba consternada, sabía que cuando la naca – naca atacaba ya no había nada que hacer, a lo más apaciguar el dolor. El brujo pidió a la muchacha que calentara agua para colocarle unos apósitos en las heridas que seguían inflamándose. Iyari abrió los ojos un momento y vio a Osuna. Lo tomó fuertemente del brazo.

-      Estuvo aquí, siempre odió a mi hijo, pero ya no hay nada que hacer.

Osuna la miró y en sus ojos vio a Añá.

-      Sé qué todo es inútil, brujo. Cuando ese bicho muerde ya nada puede detener nuestras partida. Pero sí que puedes darme algo que me arranque este dolor que me parte el cuerpo.

El brujo asintió. Iyari quedó inconsciente unos segundos y después comenzó a contorsionarse como si la estera la sacudiera. Osuna sacó unos pomos y mezcló en un crisol líquidos y polvos. En ese instante. Ayuru entró en la choza y se detuvo al pie de la estera donde yacía Iyari. El brujo movió la cabeza en señal de asentimiento ante la mirada interrogadora del cacique. Ayuru se retiró; sabía que no volvería a ver al brujo. Aprovechando un descuido de Zaida, Osuna dio de beber a Iyari un líquido viscoso, una bebida inocua que en nada calmaría su dolor, sólo así Ituara sentiría el sufrimiento que su madre sentía la tribu estaría inmune a él. Hubo que amarrar a Iyari a unas cuñas hundidas en la tierra; la agonía seria atroz. Mientras el brujo amarraba la mano izquierda de la mujer vio aparecer a la naca – naca. Sus anillos blancos, negros y rojos alternados la mostraba en toda su belleza. “La muerte separa al hombre de la vida tarde o temprano, porqué temer entonces. No seré débil ahora que sé que este enemigo puede vencerme. Ya he soñado bastante, ahora que venga la muerte, piedras no pondré en su camino. Abro las puertas a las sombras y las cierro a lo que es la vida”, musitó el brujo.

La mordida fue certera, como el ataque que da la pitón, el golpe directo de la cabeza empleando toda la fuerza y el peso del cuerpo. El brujo sacó de una talega un frasco y vertió una tisana color café claro en un pequeño tazón. Era ayahuasca. A los pocos minutos los gritos de dolor de Iyari se convirtieron en parte de los sonidos alucinatorios que Osuna empezaba a percibir por efecto del narcótico. Vio discurrir paisajes paradisiacos, mujeres bellísimas que corrían desnudas, monos que huían en desbandadas y animales monstruosos. Vio el rostro de sus padres, bien juntitos entre sí, casi besándose.

Vio su cuerpo caminar por todo el bohío mientras el permanecía inclinado al lado de Iyari. Vio varias naca – nacas salir de la boca de la mujer que se retorcía de dolor sobre la estera. Se vio dentro de una piragua en el centro de una laguna donde un grupo de lagartos de ojos inmensos devoraban a muchos hombres y mujeres que habían pasado por sus manos, hechizos y conjuros. Vio eso y muchas cosas más que, del mundo de lo fantástico, venían a él gracias  a los efectos de la liana del muerto. En un instante vio aparecer a Aña y al lado de él a Yapeca. El cuerpo del hijo cacique mostraba las huellas del machete con que fue cercenado, y su piel, irreconocible, lucía un sinfín de picaduras. “Debe ser de las hormigas”, pensó. El dolor de Iyari iba en aumento y el del brujo se iba disipando en ese viaje mágico y misterioso por donde lo llevaba la ayahuasca. Todavía tenía conciencia de que le quedaban algunos minutos de vida, los suficientes para saber que en esa pócima inocua que le había suministrado a la mujer estaban las ánimas que ya debían estar viajando por la selva para posesionarse del cuerpo de Ituara. Una lluvia torrencial comenzó a caer. Truenos, relámpagos y rayos hundían el celaje nocturno. Ituara, tambaleándose y quebrado por un dolor indescriptible que le flagelaba el cuerpo, luchaba por salir de su bohío.

Ayuru, escondido tras un árbol, lo observaba no había en su rostro sentimiento alguno. El martirio de Ituara pasaba por la mente de Osuna en imágenes en las que podía percibir a Añá circundando por un enjambre de arambasas, lanzándoles maldiciones en un lenguaje que sólo la acción de la ayahuasca hacia comprensible. Un grito portentoso emergió como un volcán de la boca de Iyari antes de morir. Quedó tiesa como un palo, despidiendo su cuerpo el perfume incisivo de las ramas de un machimango. El brujo abandonó la choza. Un grupo de niños y ancianos se cruzó con él. “Vienen a velar a la muerta”, susurró. Zaida lo vio alejarse por un estrecho camino que iba hacia el río. La lluvia era intensa y los rayos con su luz coruscante dábanle a las copas de los árboles un aspecto fantasmal. Cuando Osuna se hallaba cerca del río que pasaba cerca de la aldea, vio que a pocos metros se hallaba Ituara, paralizado, erecto como un árbol seco. De repente, sus brazos y piernas comenzaron a contonearse en una suerte de danza y su cuerpo todo fue adquiriendo la forma del isapí. “Que el rocío que brote de sus hojas calme el dolor de todo aquel que sufra”, dijo el brujo antes de caer al río y ser arrastrado por el fuerte torrente. El viejo cacique desde su bohío, tumbado en su petate, lo había visto todo. Vio al hombre que, ahora hecho árbol, daría a su pueblo el consuelo que en su otra vida no había podido dar. Vio al brujo perderse en las aguas desbandadas que guiadas por Añá y su enjambre de arambasas lo llevarían a un mundo donde culebras, víboras y serpientes invocarían jaculatorias por su descanso eterno. Vio a Yapeca a través de la lluvia que comenzaba a arreciar como un diluvio se miraron por última vez. El cacique permaneció inmóvil en ese bohío lastimoso que olía a ruda y a ramas de machimango y donde un abundante rocío brotado de hojas de izapí goteaba del techo refrescando el aire. Miró la noche por última vez. Un sueño profundo lo venció.

Wolfsschanze, setiembre – diciembre 2013.